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Segundo Aniversario Sacerdotal de Javier Can Trejo

Nota del 6 de junio de 2014.
 

4 de junio. (Por Carlos Fernández Canul).- "El corazón del sacerdocio consiste en ser amigo de Jesucristo, de este modo aprendemos a vivir, sufrir y actuar con él y por él...".

El templo de San Luis Obispo sirvió de marco para la celebración de solemne Eucaristía, con motivo del 2° Aniversario de Ordenación Sacerdotal de Javier Eloir Can  Trejo, originario de este lugar, y como agradecimiento a Dios, concelebró a las 7:00 p.m. con el párroco, Pbro. José Luis Canto Sosa.

 

 

En la Misa también participaron sus padres, hermanos; ministros, acólitos y numerosos fieles que fueron testigos del acontecimiento.

Cabe mencionar que este sacerdote fue ordenado en la Iglesia Catedral de Campeche, el 31 de mayo de 2012, de manos del Obispo de Campeche Mons. Ramón  Castro y Castro; cantó su Primera Misa en la ciudad de Calkiní, el 2 de junio de 2012. Actualmente, se desempeña como Responsable del Curso  de formación secundaria en Ciudad del Carmen, Campeche.

En su mensaje a la comunidad, Can Trejo mencionó:

Queridos hermanos y hermanas:

Acabamos de escuchar el Evangelio de San Juan, una oración que hace Jesús en la Última Cena. Esta oración rezada por Jesús antes de morir, a menudo se llama su Oración Sacerdotal, porque intercede con Dios a favor de los discípulos en el presente y el futuro. Una Oración del Señor, porque en esta oración Jesús abre su corazón.

El centro de la oración de Jesús es la súplica por la unidad de los discípulos. Tiene su principio y modelo en la unión entre el Padre y el Hijo y tiene su objetivo y finalidad apostólica: dar testimonio de Jesús y ayudar a creer. Se trata de una relación que engloba toda la personalidad del creyente, es una relación vital.

La relación y la unidad es el amor.

Sólo así se supera el riesgo de llegar a ser funcionario de la salvación y se puede experimentar el gozo de la presencia. Entonces Cristo puede continuar la revelación del padre a través de la palabra y de la vida de perfecta comunión de los creyentes.

La unidad es la expresión y la prueba más evidente del amor. Porque esta unidad por la que ruega Jesús sólo es posible cuando los miembros de la comunidad se aman de tal manera que cada uno se entrega a los demás sin límite. La unidad no se logra dando “cosas”, sino dándose uno mismo, entregando la propia persona. Cuánto necesita la sociedad contemporánea este testimonio. Cuánto necesitamos, en la Iglesia y en la sociedad, testigos de la belleza de la santidad, testigos del esplendor de la verdad, testigos de la alegría y libertad que nace de una relación viva con Cristo. Uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos hoy es cómo hablar de manera convincente de la sabiduría y del poder liberador de la Palabra de Dios a un mundo que, con demasiada frecuencia, considera el Evangelio como una constricción de la libertad humana, en lugar de la verdad que libera nuestra mente e ilumina nuestros esfuerzos para vivir correcta y sabiamente como individuos y como miembros de la sociedad.

Esta unidad de la comunidad ha de ser visible, puesto que Jesús la presenta como testimonio ante el mundo de la veracidad de su misión. El mundo creerá en Dios si lo experimenta en el amor de sus discípulos. Si falta el amor, Jesús aparecerá como un teórico de la utopía humana, como un filósofo más. Sólo si su proyecto de vida se encarna en una comunidad será creíble para los hombres, hartos de palabras bonitas.

 
 

La unidad también es fundamental en la vida sacerdotal:

Para ser realmente mediador entre Dios y el hombre. El sacerdote necesita una autorización, una institución divina, y sólo perteneciendo a las dos esferas –la de Dios y la del hombre- puede ser mediador, puede ser “puente. Esta es la misión del sacerdote: combinar, conectar estas dos realidades aparentemente tan separadas, es decir, el mundo de Dios –lejano a nosotros, a menudo desconocido para el hombre- y nuestro mundo humano. La misión del sacerdocio es ser mediador, puente que enlaza, y así llevar al hombre a Dios, a su redención, a su verdadera luz, a su verdadera vida.

Como primer punto, por lo tanto, el sacerdote debe estar de la parte de Dios, y solamente en Cristo se realiza plenamente esta necesidad, esta condición de la mediación. Por eso era necesario este Misterio: el Hijo de Dios se hace hombre para que haya un verdadero puente, una verdadera mediación. Los demás deben tener al menos una autorización de Dios o, en el caso de la iglesia, el Sacramento, es decir, introducir nuestro ser en el ser de Cristo, en el ser divino. Sólo podemos realizar nuestra misión con el sacramento, el acto divino que nos crea sacerdotes en comunión con Cristo. Y esto me parece un primer punto de meditación para nosotros: la importancia del Sacramento. Nadie se hace sacerdote por sí mismo; sólo Dios puede atraerme, puede autorizarme, puede introducirme en la participación en el misterio de Cristo; sólo Dios puede entrar en mi vida y tomarme en sus manos. Este aspecto del don, de la precedencia divina, de la acción divina, que nosotros no podemos realizar, esta pasividad nuestra –ser elegidos y tomados de la mano de Dios- es un punto fundamental en el cual entrar. Debemos volver siempre al Sacramento, volver a este don en el cual Dios me da todo lo que yo no podría dar nunca: la participación, la comunión con el ser divino, con el sacerdocio de Cristo.

Hagamos que esta realidad sea también un factor práctico de nuestra vida, si es así, un sacerdote debe ser realmente un hombre de Dios, debe conocer a Dios de cerca, y lo conoce en comunión con Cristo. Nuestro ser, nuestra vida, nuestro corazón deben estar fijos en Dios, en este punto del cual no debemos salir, y esto se realiza, se refuerza día a día, también con breves oraciones en las cuales nos unimos de nuevo a Dios y nos hacemos cada vez más hombres de Dios, que viven en su comunión y así pueden hablar de Dios y guiar hacia Dios.

El otro elemento es que el sacerdote debe ser hombre. Hombre en todos los sentidos, es decir, debe vivir una verdadera humanidad, un verdadero humanismo; debe tener una educación, una formación humana, virtudes humanas; debe desarrollar su inteligencia, su voluntad, sus sentimientos, sus afectos; debe ser realmente hombre, hombre según la voluntad del Creador, del Redentor, porque sabemos que el ser humano está herido y la cuestión “qué es el hombre” queda ofuscada por el hecho del pecado, que ha herido hasta lo más íntimo la naturaleza humana. Así se dice: “ha mentido”, “es humano”; “ha robado”, “es humano”; pero este no es el verdadero ser humano. Humano es ser generoso, es ser bueno, es ser hombre de justicia, de prudencia verdadera, de sabiduría. Por tanto, salir, con la ayuda de Cristo, de este ofuscamiento de nuestra naturaleza para alcanzar el verdadero ser humano a imagen de Dios, es un proceso de vida que debe comenzar en la formación al sacerdocio, pero que después debe realizarse y continuar en toda nuestra vida. Pienso que las dos cosas fundamentalmente van juntas: ser de Dios, estar con Dios, y ser realmente hombre, en el verdadero sentido que ha querido el Creador al plasmar esta criatura que somos nosotros.

Dejemos que la fuerza de la oración de Jesús ilumine nuestro corazón con esta esperanza: “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria”.

El corazón del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente << in persona Christi >> , a pesar de que nuestra lejanía interior de Cristo no puede comprometer la validez del Sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con él y por él. La amistad con Jesús es siempre por antonomasia amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con Cristo total, con la cabeza y el cuerpo; no hay nada más bello que estar junto con Jesús. Esta promesa nos ha venido acompañando a lo largo de todo este tiempo pascual, con la lectura de Juan. Jesús ya había dicho: “Si alguno me sirve que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor” (12, 26).

Señor, Tú me has llamado al ministerio sacerdotal

En un momento concreto de la historia en el que,

Como en los primeros tiempos apostólicos, quieres que todos los cristianos,

y en modo especial los sacerdotes,

seamos testigos de las maravillas de Dios y de la fuerza de tu Espíritu.

Haz que también yo sea testigo de la grandeza del amor

y del poder del ministerio recibido:

todo ello con mi peculiar estilo de vida entregada a Ti

por amor, sólo por amor y por un amor más grande.

Haz que mi vida celibataria sea la afirmación de un sí, gozoso y alegre,}que nace de la entrega a Ti y de la dedicación total a los demás

al servicio de tu Iglesia.

Dame fuerza en mis flaquezas y también agradecer mis victorias.

Madre, que dijiste el sí más grande y maravilloso

de todos los tiempos, que yo sepa convertir mi vida de cada día

en fuente de generosidad y entrega,

y junto a Ti, a los pies de las grandes cruces del mundo,

me asocie al dolor redentor de la muerte de tu Hijo

para gozar con Él del triunfo de la resurrección

para la vida eterna. Amén.

 
 
 
 
Texto y fotos: Carlos Fernández / Homilía de Javier Can, proporcionada por la oficina parroquial