Ofrezco al corazón del buen maestro
los versos de mi pluma campirana;
la sociedad sabrá recompensarlo
como festeja el mundo a sus estatuas.
Un buen maestro tuvo desde siempre
un buen maestro que forjó su infancia,
que lo condujo hacia el andén de México
y le enseñó el manejo de sus alas.
Por eso tiene una sonrisa nueva
en medio de los ojos, en su alma...
un rostro satisfecho y carismático
de paciencia, de luz y de palabras.
Un maestro juega con sus hijos
al trompo, las canicas, y le alcanza
la fuerza para el baile y dar de brincos
sobre los muebles... entre las ventanas...
Por
eso, el campo le entregó los surcos
para sembrar un sol en cada planta.
Tiene por norma prodigar su tiempo
a las cosas perennes como el agua.
Un
buen maestro, en busca del futuro,
estudia, reconoce sus etapas:
en el pasado tuvo algún error,
en el presente sin temor trabaja.
Por
eso, el siglo veintiuno trae
en sus modernas y veloces máquinas,
apoyo a la labor del magisterio
que anhela un porvenir de tolerancia.
Un
buen maestro enseña con ejemplos,
su conducta es ejemplo de confianza;
platica con los padres de familia,
se acerca al compañero en la borrasca.
Por
eso, la ciudad y la campiña
recuerdan en sus calles y montañas
el nombre del maestro, lo mencionan
con música de gallos y campanas.
Un
buen maestro dice la verdad
cuando es momento de juzgar al paria;
socorre a los heridos que le gimen
y toma como suya la migaja.
Por
eso, nuestras manos agradecen
la ciencia que nos dieron en el aula
Ramírez, Justo Sierra, Vasconcelos...
figuras de la Escuela Mexicana.
Un
buen maestro hereda sus costumbres
a sus alumnos, hijos de la patria;
les da el paisaje de la vieja Historia
para que aquéllos puedan remozarla.
Por
eso, en cada barrio de los pueblos
hay un plantel de niños entusiastas
que ponen en su pecho una bandera,
¡y en el del buen maestro una medalla! |