Calkiní, mayo de 2000
 
El Escudo de Calkiní
 
 

El municipio de Calkiní cuenta con un inmenso surtidor de artistas que forjan, paulatinamente, un camino de costumbres sólidas, de futuros no exentos de triunfos más allá de nuestras fronteras. Jóvenes que tocan la guitarra con el corazón; poetas que cultivan las palabras, sin cansancio; bailarines de ritmos tradicionales y modernos; pintores enraizados en el paisaje cotidiano; en fin, una gran variedad de manifestaciones adquiridas de una cultura impar, muchas veces desdeñada por los propios coterráneos; en ocasiones más sentida como suya de parte de gente foránea.

 

Entre los pintores consagrados, puedo citar a Sergio Cuevas, César May Tun y Enrique Herrera Marín. Descuellan en esta labor, jóvenes como Luis del Rosario, Bartolomé Chan May, José Santiago Caamal, Fermín Huchín, Elmer y Arturo Cocom, Marcos Chab, Francisco Ché Uicab, Leydi Kú Noh, Jhony Chan Canto, entre otros.

Uno de estos últimos, no aludido y sí empecinado en plasmar con su pincel el entorno, las formas de su terruño, es Jorge Alberto Anchevida Chan, nacido en esta ciudad el 26 de febrero de 1974, hijo del profesor becaleño Santiago Anchevida Uc, quien le habrá enseñado a difuminar imágenes y colorear la telilla de las cosas.

Al darse a conocer la convocatoria en que el Ayuntamiento de Calkiní invitaba al público a participar en un concurso para crear el escudo representativo de nuestro municipio, el también profesor Anchevida Chan se dedicó a conjuntar símbolos autóctonos y recientes, trazando en un pliego de luminosidad un espejo en el que se mire el heredero de una civilización inmarcesible.

Jorge Anchevida, en el producto de su estro dibuja en la parte central un arco hispánico de piedra, que contempla a un hombre maya emergiendo de un pozo, y cuyas extremidades superiores, arboladas, techan el cielo en sinople. En la parte inferior dos manos sostienen sendas mazorcas en tributo. Lo que en propias palabras del autor significa: el arco, el sojuzgamiento de Cal-Kín ante el invasor español; el pozo, Halim, fuente de vida; el hombre y sus cuatro ramificaciones en cada mano, representan a Tzab Canul y sus ocho hermanos, en la ampliación de sus dominios; el maíz, fruto de la tierra, sustento y moldura original de la raza.

En el contorno, la figura luce estelas mayas con jeroglíficos e intercalación de alegorías artesanales: un cántaro, un sombrero, un libro abierto y una acuarela simbolizando los puntos cardinales, interpretándose como el lenguaje antiguo entremezclado con expresiones actuales de cultura.

Está enmarcada por un par de pergaminos nombrando la ciudad y el cacicazgo Ah Canul; de este último surgen dos ramas de laurel (la victoria sobre el tiempo), que fluyen en sentido contrario entre rayos amarillos, cuyos tonos en derredor semejan un sol que descansa en un arquillo, simulando la base de un trofeo (el orgullo del mestizaje frente al porvenir).

Es así como Jorge Anchevida resulta ganador absoluto del certamen, el sábado 24 de abril de 1999, según el acta notarial resguardada en archivos de la Casa de Cultura, mereciendo un reconocimiento perenne: su autoría contribuye a resplandecer el horizonte gráfico de Calkiní.

Sin embargo, en charla con algunos amigos, estudiosos en la materia, surgieron comentarios acerca de que dicha obra no cumple con todos los requerimientos de la Heráldica, que utiliza diversos factores en la estructuración de un verdadero escudo.

Es imprescindible impulsar el arte en la amplitud de sus expresiones cotidianas, en los centros educativos, instituciones oficiales y, sobre todo, en el ámbito familiar, como fuente inagotable y natural de aprendizaje.

Calkiní, Campeche. 8 de abril de 2000.

 
 
Fuente: Este texto de Santiago Canto Sosa fue publicado en el suplemento cultural (dominical) del periódico "Tribuna de Campeche", en abril de 2000. Santiago colabora en ese diario con la columna "Los ojos de Ah-Canul".