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Miguel
Suárez Caamal
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Fue una noche inesperada cuando las hormigas se aparecieron por Xnolán, como nunca lo habían hecho, y nadie hizo caso. Ni yo. No creímos que pasara a más. Recuerdo que mi madre dijo:
-¿Y
usted cómo lo sabe?-pregunté interesado. -Me
lo tienen enseñado tus abuelos y tu padre que en paz descansen
-me respondió. Y
me dormí con la idea de que aquellas hormigas andaban por un
rincón de la cocina porque querían ponerse a salvo,
junto con sus crías, de las próximas lluvias de junio. Esa
noche en que iniciaron su peregrinar por al casa entera, a mí
me entró una calentura que ni yo supe por qué la tuve.
Recuerdo muy bien que mi madre me preparó una infusión
de quién sabe qué; después me frotó con
unas yerbas, que porque un "mal aire" me había entrado
en todo el cuerpo. Vaya a saber si era cierto. El caso es que la noche
completa, mientras las hormigas andaban como ganado en tropel por
la cocina, mi cuarto y por todos lados, no me abandonó la fiebre;
sino hasta al otro día en que desaparecieron, por quién
sabe qué agujero de alguna pared de la casa, donde sólo
vivíamos mi madre y yo. Ya
curado, salí a la mañana siguiente. Todo Xnolán
comentaba que las hormigas invadieron, por lo que oía, todo
el pueblo. Don Bartolo, el vecino de enfrente, con una escoba barría
algo como un polvo que creí, en un principio, se trataba de
tizne o ceniza. Al acercarme me di cuenta que yo estaba equivocado. -Buen
día, don Bartolo. -Muy
buen día tenga usted, niño Rodrigo. Vea qué nos
cayó en la casa. Mire cuánta hormiga tuve que quemar.
¿Va usted a creer que me pasé la noche entera, sin pegar
los ojos, pues hasta en las hamacas subían? -Sí,
don Bartolo. Claro que le creo. Pensé que sólo en mi
casa se habían colado como un río. -Ah,
¿también en la de usted llegaron? -Sí,
don Bartolo. También en la mía. Mi madre me dijo que
solamente andaban buscando refugio para no morir ahogadas, pues la
temporada de lluvia está por llegar. -No
sé, niño Rodrigo. A mí me dala mala espina. Tantas,
por cualquier rumbo, como que no está bien. Hasta en los rincones
más escondidos de las viviendas las encontrábamos...
Y si no, vea, niño. Mire las que tuve que matar para estar
en paz. -Así
parece. Sin embargo, usted exagera pues... Y
no me quedé a esperar su respuesta ya que seguí mi camino.
Era domingo. Nadie estaba en el mercado cuando pasé por allí.
Enseguida supe la razón. Al igual que don Bartolo, niños,
jóvenes, señores, señoras y ancianos barrían
aquella invasión que nos había llegado en forma de hormigas.
Doña Carmen, la comadre de don Pancho, sacaba cestos de ellas
después de que las hubieron quemado. En ese instante, don Toribio
pasó con una carreta casi llena de lo mismo. Alcancé
a oír que me diga: -¡Niño,
Rodrigo! ¡Esto es un aviso del Cielo! ¡Este año
nos va a ir maaaaalllllllll!... Iba tan aprisa con aquel cargamento de hormigas "arrieras", las cuales habían invadido su hogar, que no supe el por qué de su comentario. Cuando
doblé en la siguiente esquina puertas y ventanas de todas las
casas estaban abiertas. Xnolán completo se ocupaba en esta
extraña tarea: sacar hormigas chamuscadas, de todas clases,
a la calle para que el viento o las próximas lluvias las llevaran
fuera del pueblo. Mientras tanto, el sol las transformaría
en polvo fino. Entonces, don Ruperto tuvo el atrevimiento de hacer
una broma. -Bueno.
No hay por qué molestarse. A lo mejor, tanta hormiga muerta
nos sirve de abono para las milpa que sembraremos apenas caiga la
primera lluvia. -Sí, a lo mejor sí -le respondió don Candil López que en ese momento pasaba cerca. También tiraba, a media calle, un cesto de achicharradas hormigas, como las que en mi cuarto estuvieron jugando a las carreras-. Pero
lo dudo. Son tan amargas que matarían a nuestros maicitos apenas
broten. Mi compadre Cleofas puede confirmarlo. Al tomar su chocolate,
hoy en la mañana, ahí estaban diluídas. Y dice
que su eructo sabe a carbón. Por eso explica que están
muy amargas. Mientras tanto, hay que botarlas pa' fuera pues no tienen
un agradable olor que se diga. Leocadia, mi mujer, dice que es de
mal agüero y que mejor nos vayamos a vivir a otro lado. Le pedí
que se deje de pendejadas. Que se irán pa' dejarnos en paz. Luego
se retiró, que porque aún le quedaban como treinta cestos
de hormigas que sacar de su casa. Entonces, recordé que salí
de la mía sin averiguar qué sucedió con las que
nos visitaron. Regresé para saber si mi madre hacía
lo mismo que el mundo entero realizaba en Xnolán. Al
llegar, en verdad mi madre estaba trajinada como todos los vecinos
del pueblo. Ella me dijo: -Ay, hijo mío. ¿Dónde estabas? Mira a estas malditas hormigas que entraron a la casa. Ayúdame a barrerlas hacia el patio. Desde las cinco de la mañana en que estoy dale que dale con la escoba, todavía no termino. Aunque
creo que he quemado a todas. No sé qué sucede en Xnolán,
pero tengo un mal presentimiento. Esto no traerá nada bueno
a nadie. Fíjate que las lluvias que anuncian con su correría
no caen. Ojalá que nada malo suceda. -Vamos,
madre. ¿También usted se contagiará con el pesimismo
de doña Leocadia? -Es
que entraron hasta en mis sueños, hijo. No sé qué
pensar. Hoy muy temprano, don Fede y su familia se fueron al pueblo
de donde son ellos y que no volverán por acá. Que estas
hormigas que hay por Xnolán presagian cosas nada buenas. "No,
doña Eulalia. Nosotros mejor nos vamos. Ya ve que ni la Casa
Grande de Xnolán respetaron. ¿No es cierto?" -Después
de contestarles que así era, no pude convencerlos de que no
se fueran. Mejor me dediqué a barrerlas. Así que ayúdame
para acabar pronto. Todo
el resto del día estuvimos mi madre y yo, saque y saque hormigas
para el patio. Como a eso de las seis de la tarde, cuando acabamos,
nos dirigimos a la iglesia. Por razones nunca vistas estaba llena
más de lo normal; hasta en los ventanales del templo había
gente encaramada. En los semblantes se distinguía la necesidad
de oír una explicación. Queríamos saber el por
qué las hormigas invadieron todos los rincones del pueblo;
como si vinieran de los incontables lugares del mundo, para morir
bajo baños de agua caliente que nosotros les echábamos.
El Padre Moncayo, quien era el sacerdote en la población, como
si nos leyera el pensamiento, dijo al final de la misa: -Hijos
míos. Por lo que veo, nadie en el pueblo durmió por
la misma causa: las hormigas que también me visitaron. Esta
es sin duda, hijos, una señal del cielo. Los pecadores de Xnolán
tienen que arrepentirse, para que esta plaga que Dios nos envió
se vaya para siempre. ¡Es necesario que hagamos penitencia todos
los días! Que nadie se quede sin rezar... En el nombre del
Padre, del hijo y del espíritu Santo. Pueden ir en paz, la
misa ha terminado... Luego,
mi madre y yo nos acercamos con el Padre Moncayo, cuando nadie quedaba
en la iglesia. Lo hicimos para consultarle sobre lo que él
opinaba, en realidad, al respecto. El nos dijo: -Doña Eulalia. Dios nos castiga como en los tiempos bíblicos del Exodo. Creo
que esto es una prueba que el Señor nos pone. Tal parece que
algo malo va a suceder, o quién sabe... Somos tan pecadores,
que Dios tiene tantas formas de manifestarse para que nos arrepintamos.
Rece, doña Eulalia, rece... Es lo único que nos queda
por hacer. Y
en verdad rezamos, pues en dos semanas no vimos ni una sola hormiga.
Nuestras
vidas volvieron a su cotidiana realidad como un río que retorna
a su cauce. Sin embargo, este gusto duró poco. Días
después de la corta calma, ellas volvieron con más fuerza.
Estaban en las mesas, en las paredes, en el techo y donde sea. Doña
Fulgencia le dijo a mi madre: -Es
inútil, doña Eulalia. Estas hormigas regresaron más
hambrientas que nunca. No puedo dejar algo de comer hasta en el lugar
más alto o escondido y ellas están ahí. Creo
que a lo último, cuando no haya nada para que coman, nosotros
les serviremos de alimento. Y
no le faltaba razón a doña Fulgencia. Al amanecer, apareció
en el patio de la casa un cúmulo de tierra. Dentro estaban,
cuando lo removí con una madera, los huesos de Canelo, mi perro.
Brinqué del puro susto, pues se encontraban aún las
hormigas que se lo habían comido. Lo
más curioso de todo esto, es que únicamente por las
noches salían estos cabrones bichos. Y desde el primer momento
de su aparición, ya eran como veinticinco noches que padecíamos
sus desmanes. Hasta esa noche veinticinco ningún poblador fue
atacado. Para contrarrestarlas, nos dedicamos a tapar cuanta cuarteadura
o hueco veíamos en nuestras habitaciones. Pero este esfuerzo
resultaba inútil, ya que brotaban por cualquier parte de las
casas. Y como para reírse, hasta en nuestro excremento las
encontrábamos muertas. Fue así como nuestras costumbres
variaron su curso. Parte del día trabajábamos y parte
dormíamos. Al anochecer, nos poníamos a exterminar hormigas
antes de que ellas terminaran con nosotros. Mi
madre se desesperó, pues casi nadie trabajaba en Xnolán.
Esto fue al poco tiempo de que nos preocupábamos por matar
a las miles y miles de hormigas, que cada vez que se ocultaba el sol,
asediaban al pueblo. "Es
una pesadilla." "Es un mal sueño." "Es
un castigo divino." "Ya se irán para no volver." Estos
comentarios se oían en Xnolán. Pero por más que
nos esforzábamos esta pesadilla, mal sueño o castigo
divino no terminaba. Nunca supe dónde estaba el detalle. Mientras
más tenaz era nuestra lucha, más hormigas veíamos
en la noche siguiente. La situación se tornó insoportable.
Aún así, pudimos controlarla mi madre y yo, ya que todos
querían irse a otro lugar a vivir. -Está
bien. Desean abandonar el pueblo. Pero, ¿qué tal si
ellas están por los caminos, esperando a que pasen para caer
sobre ustedes? Al menos, acá en Xnolán estamos a salvo
mientras nos defendemos entre todos. Estas
palabras parecieron razonables pues desistieron de huir. Entonces,
seguimos quemando hormigas por las noches. Sin embargo, no cuidamos
un detalle: los alimentos empezaron a escasear; así como las
mercancías de las dos únicas tiendas de la población.
Y claro, con aquella advertencia mía, nadie se animaba a ir
para la ciudad y surtirse de nuevos víveres. Una
mañana, inesperadamente doña Lupe Terreros salió
gritando, tan fuerte, que cimbró los cimientos del pueblo: -¡¡Mi nene, mi nene!! ¡¡Esas malditas hormigas se lo llevaron!! ¡¡No está en la casa!! ¡Se lo dije a mi esposo, pero no hizo caso! ¡Le pedí que nos vayamos lejos! ¡Ahora quién me lo devolverá!
Lloraba desesperada en media calle, diciendo todos eso que sigue sonando
en mis oídos. Rápidamente organizamos grupos de a quince
hombres para buscar a su hijo. Nuestra intención fue en vano:
jamás lo encontramos. Yo pensé enseguida: "lo más
seguro es que le pasó lo que a mi perro." Regresamos
como a eso de las cinco de la tarde. Ya la noche estaba por entrar.
De nuevo nos enfrentaríamos contra tanta hormiga que se ponía
terca en abandonar Xnolán. Puntuales, como siempre, hicieron
su aparición dentro de las casas. Cada uno de nosotros sabía
qué hacer: acarrear agua hirviente para echar sobre ellas o
quemarlas con antorchas después de rociarles petróleo.
A eso de las tres de la madrugada se iban las que no morían.
Después nos dedicábamos a barrerlas y formar montones.
Luego las paleábamos dentro de cestos o pitas para tirar en
las calles o en los linderos del pueblo con el monte. Primero
comieron las galletas, panes y todo lo dulce. Luego las tortillas
o la poca carne que hubiese. Al no quedar nada de esto, empezaron
a atacar a los animales y aves que teníamos. Cuando esto sucedió,
recordé lo que doña Fulgencia Puch dijera a mi madre: "Creo
que a lo último nosotros les serviremos de alimento." Y
cuando varias de ellas lograban subirse por mi cuerpo, como que quería
entrarme la misma fiebre que me dio la noche en que se anunciaron.
Inmediatamente recordaba también a mi madre, para que me diera
aquella infusión y luego me frotara con aquellas yerbas. Pobre
de mi madre. No soportó a estas carajudas hormigas que se colaban
hasta en sus sueños, para al fin comerle el deseo de vivir.
La incineré durante el día después de que el
Padre Moncayo le diera la confesión antes de morir. No la velé.
Si lo hubiese hecho, lo más seguro es que las hormigas se la
hubieran llevado, para cubrirla con tierra y luego comérsela
como hicieron con Canelo. Al menos pude hacer lo que ella me
pidió antes de su muerte: "Hijo.
No dejes que me lleven las hormigas. Quémame; pero no dejes
que ellas me lleven." Y
para esto llevábamos cerca de cincuenta noches en vela. Nunca
asomó algún indicio de que estos bichos fueran a desaparecer.
Tuvimos que redoblar esfuerzos pues empezaron a atacarnos. Al poco
tiempo, nos dimos cuenta que escaseaba todo. Luego, no sé cómo,
pero la gente logró vencer el cerco de mi advertencia: "En
los caminos estarán acechando para lanzarse sobre el que se
atreva a abandonar el pueblo." Primero
fue don Bartolo. Luego don Anastacio. Y así cada una de las
familias iban desapareciendo, por los distintos caminos que llevaban
a la ciudad. Ellos decían: -Hay
que salir de Xnolán. Si no lo intentamos, acá van a
pelar nuestros huesos estas malditas hormigas, que cada vez son más
que antes. En
verdad ellas eran más y menos lo que combatíamos a estos
insectos. Sus ataques se volvieron muy insistentes. No recuerdo cuándo
sucedió el momento en que me quedé solo en Xnolán.
Creo que fue al poco tiempo en que se fue don Fausto Sánchez.
Entonces, me dediqué a buscar petróleo para defenderme.
También busqué lo poco de comer que habían dejado
esas carajudas hormigas, que no tardarían en asomarse por el
pueblo para llenar sus barrigas sin fondo. Apenas
entró la noche, la Casa Grande y todas las del pueblo, se volvieron
enormes hormigueros. Pero yo las esperaba con una sorpresa: los muros
y pisos de mi casa estaban empapadas con petróleo. Al verlas
salir y andar por todas partes, prendí fuego a la casa entera
mientras gritaba, como si con mis gritos yo las pudiera espantar para
que se fueran. -¡¡Vengan
aquí, hijas de su mal vivir!! ¡¡Aquí estoy!!
¡¡Aquí está su comida, pero la tienen que
ganaaaarrr!! Corrí
por toda la Casa Grande prendiéndoles fuego a las que se acercaban
a mí para devorarme. Todo se volvió un infierno y yo
adentro como alma condenada. Corrí, corrí y corrí
hasta salir al patio. Me hinqué desmayado, con el cuerpo entero
lleno de sudor y con un solo pensamiento: "Madre,
hoy estaré contigo..." Entonces,
levanté la pistola que traía en la mano derecha y la
pegué a mi cabeza, cerré con fuerza los ojos y... Fue
todo lo que recuerdo, Rosario, querida sobrina. Cuando creí
que estaba ya muerto, desperté acá en la ciudad y en
la casa de tu padre, mi hermano. Luego me dijo cómo fue que
me rescataron. Esto
pasó en Xnolán hace muchísimo tiempo, Rosario.
Tú apenas tenías cinco meses de nacida cuando sucedió
lo que ya escuchaste. Y todas las veces que me lo pidas, te lo contaré;
pero volver a Xnolán ..., nunca, Rosarito. Aunque el polvo
de tu abuela allá descansa, yo no regreso. Lo más seguro
es que aún anden por allá esos carajudos bichos. Y
tú lo sabes. Aunque yo quiera volver, no puedo. Esas hormigas
me comieron las dos piernas, de las que me amputaron lo poco que me
quedó de ellas cuando tu padre fue a rescatarme. Sí,
Rosarito, querida sobrina. Aunque yo viva mil años en esta
silla de ruedas en la que tú me paseas a diario, ha los vivo;
pero a Xnolán, ni estando loco vuelvo.
* Texto inédito. |
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JUNIO
DE 2002
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Grupo Génali (Géneros Narrativo y Lírico) |