Frente
a la palmera,
sube con mojada melena
sin aceite en la cintura
brilla con dulzura,
su figura morena.
Corre
hacia arriba desnuda
con el llamado del cielo,
abre con su colmillo un gran agujero
a la altura de mi cuello.
Succiona
mis ideas
las metaboliza inmediatamente,
sólo toma lo que necesita
y deja que caiga entre espinos y ciruelas.
Busca
de nuevo siluetas,
como un armadillo en otoño,
retazos de recuerdos,
para que pueda alimentar su alma.
Cae
rendida en cuclillas,
tiene veinte silencios en su espalda,
el peso vence su cuerpo
y se desparrama desmayada
(con un halo de esperanza).
Recoge
su cabello negro,
entre mis manos agrietadas,
gime como pariendo
y brota de sus poros una savia.
Siento
cómo mi piel se quema
y me abraza desesperada,
siempre esperé que muriera
sin que yo me enterara.
Mis
manos gotean como cera
y se alimenta otra vez,
se levanta erguida y bella,
con la silueta perfecta,
moldeada entre agua y arena.
Conozco
sus ojos (hasta ahora),
respira mi silencio y me consume.
Con
solo tocarme me ata de nuevo
a su cintura,
se eleva,
se pierde,
me atrapa
y me ama.
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