El
sol mostraba sus dientes amarillos cuando la luz enroscó su cola de humo entre las cortinas de
la habitación. Milagros elevó sus ojos hacia el techo; una
telaraña languidecía sobre un foco apagado.
Milagros
soltó su voz aguda, gelatinosa. Como nadie escuchó su
grito, se acurrucó en el suelo. Por qué asustarse
por una triste araña,
por un montón de hilos ásperos.
Conocía
aquel rincón, como
la palma de su pie derecho. Allí
estuvo, amodorrada el tiempo suficiente para dormir un poco
más, sin tener que mirar los ojos del insecto, parecidos
a los de su difunto esposo.
Él
la trató mal, acaso por sentirse insecto, poco hombre, la bestia
que tomaba cerveza hasta volverse insignificante. La culpa
no era de él -decía-, los nervios alucinaban y desviaban el
camino de la sensatez.
Por
eso, un día en que la voz de su mujer lo sacó de
aquella locura voluntaria, se
metió en un bar; lo sacaron en cuatro patas, sin humor
ni sangre. El cuerpo
iba cubierto de musgos, sin nada que lo pudiera reconocer como
el Tomás
que alguna vez tomó a Milagros de la mano y la llevó al
altar. Iba descubierto, pues, de toda vida.
Milagros
nunca creyó en el milagro del amor, en la paz de una familia.
Su ímpetu materno decayó por la soledad, por el frío de la
cama inhóspita e irreverente.
La
cara de Tomás, su compañero por diez años, marcó su ánimo con
un hierro de huellas indelebles, dotó a su corazón de un regalo
indeseable de recuerdos. Y vio al fantasma en las paredes,
cada noche, al tenderse en la cama, sin respirar el sueño.
Lo
vio acercarse a ella todo el día; sintió sus
dedos sombríos
tocar su espalda, llamándola, rogando algún abrazo.
Lo vio como una tarántula caminar sobre los zapatos,
sobre la ropa en sombras. Esperaba
volver a ver al insecto avanzar despacio contra ella, acariciándola
estúpidamente, escupirle los labios, atormentarla.
Su
rostro se puso azul al fijarse en el retrato que la aguardaba
en la pared de enfrente. No pudo ocultar su gozo al observar
de nuevo al insecto de su marido reflejado en la habitación,
en los espejos cómplices, en el resplandor que entraba
por la ventana. No supo qué tenía la fotografía,
pero rió entusiasmada.
Si
él supo amargar la vida de los amigos de Milagros, del
pueblo entero, ella quiso amargar la muerte de Tomás.
Cogió el retrato
por el lado que más le doliera a su desventurado cónyuge.
Lo alzó sin testigos, y en un tris apagó la mirada
del bicho raro que una vez le chupó el deseo de tener
hijos.
Al
día siguiente, Milagros sonreía. Se levantó despacio;
caminó hacia la víctima de ayer, y tomó los
trozos regados en el suelo. Al intentar armar el rompecabezas
del insecto, una mano oscura le cortó el suspiro.
Una
tarántula subió, a través de sus piernas,
a la parte más noble de la asesina. Le fermentó una
herida debajo del ombligo y le ayudó a crearse un vientre
maculado.
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