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El insecto / Santiago Canto Sosa

 
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El sol mostraba sus dientes amarillos cuando la luz enroscó su cola de humo entre las cortinas de la habitación. Milagros elevó sus ojos hacia el techo; una telaraña languidecía sobre un foco apagado.

Milagros soltó su voz aguda, gelatinosa. Como nadie escuchó su grito, se acurrucó en el suelo. Por qué asustarse por una triste araña, por un montón de hilos ásperos.

Conocía aquel rincón, como la palma de su pie derecho. Allí estuvo, amodorrada el tiempo suficiente para dormir un poco más, sin tener que mirar los ojos del insecto, parecidos a los de su difunto esposo.

Él la trató mal, acaso por sentirse insecto, poco hombre, la bestia que tomaba cerveza hasta volverse insignificante. La culpa no era de él -decía-, los nervios alucinaban y desviaban el camino de la sensatez.

Por eso, un día en que la voz de su mujer lo sacó de aquella locura voluntaria, se metió en un bar; lo sacaron en cuatro patas, sin humor ni sangre. El cuerpo iba cubierto de musgos, sin nada que lo pudiera reconocer como el Tomás que alguna vez tomó a Milagros de la mano y la llevó al altar. Iba descubierto, pues, de toda vida.

Milagros nunca creyó en el milagro del amor, en la paz de una familia. Su ímpetu materno decayó por la soledad, por el frío de la cama inhóspita e irreverente.

La cara de Tomás, su compañero por diez años, marcó su ánimo con un hierro de huellas indelebles, dotó a su corazón de un regalo indeseable de recuerdos. Y vio al fantasma en las paredes, cada noche, al tenderse en la cama, sin respirar el sueño.

Lo vio acercarse a ella todo el día; sintió sus dedos sombríos tocar su espalda, llamándola, rogando algún abrazo. Lo vio como una tarántula caminar sobre los zapatos, sobre la ropa en sombras. Esperaba volver a ver al insecto avanzar despacio contra ella, acariciándola estúpidamente, escupirle los labios, atormentarla.

Su rostro se puso azul al fijarse en el retrato que la aguardaba en la pared de enfrente. No pudo ocultar su gozo al observar de nuevo al insecto de su marido reflejado en la habitación, en los espejos cómplices, en el resplandor que entraba por la ventana. No supo qué tenía la fotografía, pero rió entusiasmada.

Si él supo amargar la vida de los amigos de Milagros, del pueblo entero, ella quiso amargar la muerte de Tomás. Cogió el retrato por el lado que más le doliera a su desventurado cónyuge. Lo alzó sin testigos, y en un tris apagó la mirada del bicho raro que una vez le chupó el deseo de tener hijos.

Al día siguiente, Milagros sonreía. Se levantó despacio; caminó hacia la víctima de ayer, y tomó los trozos regados en el suelo. Al intentar armar el rompecabezas del insecto, una mano oscura le cortó el suspiro.

Una tarántula subió, a través de sus piernas, a la parte más noble de la asesina. Le fermentó una herida debajo del ombligo y le ayudó a crearse un vientre maculado.

 
Fuente: Texto inédito de Santiago Canto Sosa. 2000.