Esa
muchacha adivina el futuro. No es gitana, ni mucho menos
una bruja, como aquel que recogía espíritus
en el patio de nuestra casa. Esa
mujer nació superdotada; puede leer las rayas
de las manos, como si leyera un libro escrito en inglés
o en maya; y es que Luciana ha caminado bastante en
veinte años. Manuel, tú debes saber que
al nacer ella, su madre murió. No tuvo padre... ¡ni
perros que lamieran su ombligo!
Por
eso digo que te acerques a ella; busca su amistad.
Una compañera no creo que sea una carga. Sola,
ha sobrevivido a la hambruna del pueblo; mendiga por
calles oscuras, en parques abiertos al polvo. Qué lástima
siento al verla en el suelo, cansada y desprotegida. Ojalá acepte
vivir aquí;
ayudaría a sentirnos contentos con un ángel
más en la habitación. Tal vez
anuncie un rico porvenir; si vieras cuánto sufro
al pensar en cosas bonitas que nos puede dar su presencia
en esta casa. Imagínate
cuánto
ganaríamos al ponerla a leer las manos de nuestros
vecinos. Con ella, estaría contenta la
familia; y si tu padre regresara, sería completa
la felicidad.
Mi
madre urde una hamaca en el bastidor. Las greñas
se le caen poco a poco, parece que esos hilos blancos tejerán
la nueva red para el descanso de su cuerpo.
Anda,
dile que venga –insiste–. No rechazará tu
petición. Joven como tú, con esa carita
de sueño, habrá de reconocer el regazo
que le falta. Dile que traiga sus tiliches, sus pequeños
recuerdos.
Luciana
desoye mi voz. Está metida en sus pensamientos.
Una voz más fuerte en su mente opaca mis palabras. ¡Luciana! ¡Luciana! Se refuerza mi voz con
el aliento de la tarde: ¡¡Luciana!!
No
escucha o no entiende mi llamado. Los ojos se le nublan
a cada rato. Llora todos los días. Derrama sus lágrimas
sobre las piedras de la vecindad. Dice mi mamá que
se está formando un charco de agua salada en la
esquina.
Por
fin, Luciana, qué dicha ser tu hermano. Te
va a gustar correr en el patio, treparte a los árboles
de ciruelas, morder la carne de esos frutos rojizos;
te va a gustar mecerte en las sogas atadas de un tronco
a otro. No pensarás volver a tu castillo de papel,
a recoger la lluvia gota a gota, a bebértela sin
freno. No
llores. No repetiré lo dicho; pero quédate
con nosotros. No seas mala, quédate. Ya verás
los animalitos que pondremos en nuestras mochilas antes
de ir a la escuela. No te molestes; no arrojes los platos
al suelo, no los rompas. ¡No golpees tan duro la
puerta!
Mi
mamá se olvidó mencionar que Luciana
es como un animalito, libre de toda cárcel. No sé porqué la
convencí de radicar en nuestra choza; si mi mamá supiera
del dolor que Luciana muestra cuando repito: ¡mamá!
Hoy
leyó las palmas de mis manos. Sucia y delgada,
con líneas tenues y cruzadas, mi mano izquierda
fue la primera en ser interpretada. Luciana me confesó que
le cuesta trabajo ver el futuro.
En sus andanzas por los callejones, conoció a
la maestra de sus juegos, la que le enseñó a
deletrear las huellas que dejan los días
en nuestras manos. Y todo lo que uno haga se refleja
en los ojos y en los dedos...
Casi
todos tenemos pintada una eme en cada mano, una
eme con figura de montaña –aclara, mientras sus
párpados
se posan sobre el mapa–. Cuando uno tiene miedo a los
fantasmas, a la noche, la eme se ahonda más.
Si uno tiene esperanzas de ver a sus amigos, de estar
con ellos, saltar y estudiar con ganas, la eme se estira,
se alarga entre los dedos índice
y pulgar. De este modo puedo decirte que tú, Manuel,
eres curioso; te interesa conocer el futuro para que
te sientas bien, y eso puede hacerte daño.
No
te muevas, Manuel –me dice–. Al moverte,
las letras que surgen de la montaña de tu mano,
se revuelven y no puedo leer sus corazones de piel; la
eme se convierte en una equis en la mitad del recorrido.
Si volteas tu mano, una uve doble alarga su latido. Esto
de leer la palma de la mano no es cualquier cosa; hay
charlatanes. Las palabras escritas por alguien, quizá Dios,
en esta parte de las extremidades superiores, indican
el destino, un destino temible por nuestro cerebro, por
nuestras emociones.
-
Mi
madre hizo
mal en traerla a casa. Confieso que me alegró mirarla
acurrucada en un rincón, recién cortado
el cabello, bañada con jabón; pero
ahora que pasaron varios meses de ver a Luciana revisando
las patas de los gatos, de los perros, de las gallinas,
y hasta de los cerdos, buscando el destino de cada
uno de estos animales, cuyo destino conocemos todos,
me arrepiento de haberla convencido a practicar sus
dones... |