Narrativa

Leer las manos / Santiago Canto Sosa

 

Esa muchacha adivina el futuro. No es gitana, ni mucho menos una bruja, como aquel que recogía espíritus en el patio de nuestra casa. Esa mujer nació superdotada; puede leer las rayas de las manos, como si leyera un libro escrito en inglés o en maya; y es que Luciana ha caminado bastante en veinte años. Manuel, tú debes saber que al nacer ella, su madre murió. No tuvo padre... ¡ni perros que lamieran su ombligo!

Por eso digo que te acerques a ella; busca su amistad. Una compañera no creo que sea una carga. Sola, ha sobrevivido a la hambruna del pueblo; mendiga por calles oscuras, en parques abiertos al polvo. Qué lástima siento al verla en el suelo, cansada y desprotegida. Ojalá acepte vivir aquí; ayudaría a sentirnos contentos con un ángel más en la habitación. Tal vez anuncie un rico porvenir; si vieras cuánto sufro al pensar en cosas bonitas que nos puede dar su presencia en esta casa. Imagínate cuánto ganaríamos al ponerla a leer las manos de nuestros vecinos. Con ella, estaría contenta la familia; y si tu padre regresara, sería completa la felicidad.

Mi madre urde una hamaca en el bastidor. Las greñas se le caen poco a poco, parece que esos hilos blancos tejerán la nueva red para el descanso de su cuerpo.

Anda, dile que venga –insiste–. No rechazará tu petición. Joven como tú, con esa carita de sueño, habrá de reconocer el regazo que le falta. Dile que traiga sus tiliches, sus pequeños recuerdos.

Luciana desoye mi voz. Está metida en sus pensamientos. Una voz más fuerte en su mente opaca mis palabras. ¡Luciana! ¡Luciana! Se refuerza mi voz con el aliento de la tarde: ¡¡Luciana!!

No escucha o no entiende mi llamado. Los ojos se le nublan a cada rato. Llora todos los días. Derrama sus lágrimas sobre las piedras de la vecindad. Dice mi mamá que se está formando un charco de agua salada en la esquina.

Por fin, Luciana, qué dicha ser tu hermano. Te va a gustar correr en el patio, treparte a los árboles de ciruelas, morder la carne de esos frutos rojizos; te va a gustar mecerte en las sogas atadas de un tronco a otro. No pensarás volver a tu castillo de papel, a recoger la lluvia gota a gota, a bebértela sin freno. No llores. No repetiré lo dicho; pero quédate con nosotros. No seas mala, quédate. Ya verás los animalitos que pondremos en nuestras mochilas antes de ir a la escuela. No te molestes; no arrojes los platos al suelo, no los rompas. ¡No golpees tan duro la puerta!

Mi mamá se olvidó mencionar que Luciana es como un animalito, libre de toda cárcel. No sé porqué la convencí de radicar en nuestra choza; si mi mamá supiera del dolor que Luciana muestra cuando repito: ¡mamá!

Hoy leyó las palmas de mis manos. Sucia y delgada, con líneas tenues y cruzadas, mi mano izquierda fue la primera en ser interpretada. Luciana me confesó que le cuesta trabajo ver el futuro. En sus andanzas por los callejones, conoció a la maestra de sus juegos, la que le enseñó a deletrear las huellas que dejan los días en nuestras manos. Y todo lo que uno haga se refleja en los ojos y en los dedos...

Casi todos tenemos pintada una eme en cada mano, una eme con figura de montaña –aclara, mientras sus párpados se posan sobre el mapa–. Cuando uno tiene miedo a los fantasmas, a la noche, la eme se ahonda más. Si uno tiene esperanzas de ver a sus amigos, de estar con ellos, saltar y estudiar con ganas, la eme se estira, se alarga entre los dedos índice y pulgar. De este modo puedo decirte que tú, Manuel, eres curioso; te interesa conocer el futuro para que te sientas bien, y eso puede hacerte daño.

No te muevas, Manuel –me dice–. Al moverte, las letras que surgen de la montaña de tu mano, se revuelven y no puedo leer sus corazones de piel; la eme se convierte en una equis en la mitad del recorrido. Si volteas tu mano, una uve doble alarga su latido. Esto de leer la palma de la mano no es cualquier cosa; hay charlatanes. Las palabras escritas por alguien, quizá Dios, en esta parte de las extremidades superiores, indican el destino, un destino temible por nuestro cerebro, por nuestras emociones.

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Mi madre hizo mal en traerla a casa. Confieso que me alegró mirarla acurrucada en un rincón, recién cortado el cabello, bañada con jabón; pero ahora que pasaron varios meses de ver a Luciana revisando las patas de los gatos, de los perros, de las gallinas, y hasta de los cerdos, buscando el destino de cada uno de estos animales, cuyo destino conocemos todos, me arrepiento de haberla convencido a practicar sus dones...

 
Fuente: Texto inédito;  2000.