Narrativa

La langosta / Ramón Berzunza Herrera

 

Me tocó vivir los momentos cruciales que aquejaron a los habitantes de la ciudad de Calkiní, especialmente a los agricultores cuando la langosta asoló las sementeras, los árboles frutales y demás vegetales.

Era tan grande y tupida la enorme mancha de este acridio, que cuando volaba sobre la población, prácticamente la oscurecía porque tapaba totalmente la luz del sol, y su revoloteo originaba un ensordecedor ruido que se escuchaba a gran distancia.

La autoridad pidió auxilio, llegando unos empleados que con sus tanques de insecticidas cargados en la espalda fumigaban los campos para tratar de acabar esta plaga, viendo que no daba el resultado deseado este sistema, las autoridades optaron por comprar langostas por kilos, estableciendo una romana bajo el balcón de la Presidencia Municipal.

Esta actitud fue perfectamente bien aplicada, pues todos los agricultores se dedicaron a matar langostas que llevaban en costales para pesar, y recibían el valor de sus trabajos. Cuando se reunía determinada cantidad, eran llevados fuera de la población para ser quemados en grandes hogueras, con esta actitud ciudadana acabaron con esta funesta plaga.

A las pequeñas que aún no volaban y que eran conocidas como saltonas, las exterminaban de otra manera; los campesinos que eran recompensados con alguna cantidad de dinero, abrían zanjas de diez o más metros de largo por dos metros de ancho, con su vocerío y agitando sus sombreros, palmas u otros objetos, obligaban a las saltonas a dirigirse a las zanjas donde caían, para que cuando representaban una buena cantidad, les echaban la tierra que habían sacado de las zanjas para sepultarlas.

Fui testigo de esta actividad, porque una mañana me dijo mi fallecido padre:

Vamos para que veas cómo acaban con las saltonas.

Aunque era yo pequeño, todavía me acuerdo de todos estos detalles, que forman parte de la historia de nuestra siempre querida tierra.

 

Fuente: Calkiní de mis recuerdos. Ramón Berzunza Herrera. Gobierno del Estado de Campeche. Calkiní, Campeche, 2003. 84 p.