Me
tocó vivir los momentos cruciales que aquejaron a los habitantes
de la ciudad de Calkiní, especialmente a los agricultores cuando
la langosta asoló las sementeras, los árboles frutales y demás
vegetales.
Era
tan grande y tupida la enorme mancha de este acridio, que cuando
volaba sobre la población, prácticamente la oscurecía porque
tapaba totalmente la luz del sol, y su revoloteo originaba
un ensordecedor ruido que se escuchaba a gran distancia.
La
autoridad pidió auxilio, llegando unos empleados que con sus
tanques de insecticidas cargados en la espalda fumigaban los
campos para tratar de acabar esta plaga, viendo que no daba
el resultado deseado este sistema, las autoridades optaron
por comprar langostas por kilos, estableciendo una romana bajo
el balcón de la Presidencia Municipal.
Esta
actitud fue perfectamente bien aplicada, pues todos los agricultores
se dedicaron a matar langostas que llevaban en costales para
pesar, y recibían el valor de sus trabajos. Cuando se reunía
determinada cantidad, eran llevados fuera de la población para
ser quemados en grandes hogueras, con esta actitud ciudadana
acabaron con esta funesta plaga.
A
las pequeñas que aún no volaban y que eran conocidas como saltonas,
las exterminaban de otra manera; los campesinos que eran recompensados
con alguna cantidad de dinero, abrían zanjas de diez o más
metros de largo por dos metros de ancho, con su vocerío y agitando
sus sombreros, palmas u otros objetos, obligaban a las saltonas
a dirigirse a las zanjas donde caían, para que cuando representaban
una buena cantidad, les echaban la tierra que habían sacado
de las zanjas para sepultarlas.
Fui
testigo de esta actividad, porque una mañana me dijo mi fallecido
padre:
Vamos
para que veas cómo acaban con las saltonas.
Aunque
era yo pequeño, todavía me acuerdo de todos estos detalles,
que forman parte de la historia de nuestra siempre querida
tierra.
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