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Reflexión de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz

Nota del 24 de abril de 2014.

Por Pbro. José Luis Canto Sosa

Actividades de Semana Santa 2014
 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

Le propongo esta reflexión que puede ayudarles en este Viernes Santo. Meditemos sobre las Siete Palabras que Jesús dijo en la cruz que son un gran legado espiritual para nosotros, que queremos amar más y mejor a Jesús y nuestros prójimos. Las tres primeras Palabras expresan la necesidad de Cristo de morir derramando amor y misericordia en torno a Si mismo.  Jesús pide perdón para quienes le crucifican, abre las puertas del paraíso a uno de los dos malhechores crucificados con Él, y entrega a todos los hombres y mujeres del mundo entero el incomparable regalo de su Madre.

Continúa con dos Palabras en las que expresa profundamente sus sufrimientos en esta hora de agonía: su desgarradora soledad, el sufrimiento de la sed física y la “sed” insaciable de amor.

Las dos últimas Palabras  reflejan claramente la total paz que inunda el corazón de Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre. Jesús retorna al diálogo sereno con su Padre Celestial, a lo que fue siempre el centro absoluto de su vida.

PRIMERA PALABRA:
PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc 23, 34

Escuchemos el Evangelio:

"Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Dividiendo sus vestidos, echaron suerte sobre ellos. El pueblo estaba allí mirando, y los sacerdotes, los escribas y los fariseos mismos se burlaban, diciendo: a otros salvó; sálvese a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido. Y le escarnecían también los soldados, que se acercaban a Él ofreciéndole vinagre y diciendo: si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había también una inscripción sobre Él: Éste es el rey de los judíos" (Lc 23, 33-38).

Reflexión:

Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre para los que lo han entregado a la muerte: Para Judas, que lo ha vendido. Para Pedro que lo ha negado. Para los que han gritado que lo crucifiquen, a Él, que es la dulzura y la paz. Para los que allí se están burlando. 

Y no sólo pide el perdón para ellos, sino también para todos nosotros. Para todos los que con nuestros pecados somos el origen de su condena y crucifixión. “Padre, perdónalos, porque no saben… lo que hacen”. 

Jesús sumergió en su oración todas nuestras traiciones. Pide perdón, porque el amor todo lo excusa, todo lo soporta (1 Cor. 13). 

Señor Jesús, traicionado, llevado a los tribunales como acusado y luego juzgado, cruelmente azotado, escupido, golpeado, maltratado, condenado a muerte, castigado a subir con su propia cruz, luego desnudado en público, tendido sobre la cruz, clavado a través de sus huesos de manos y pies, esta recibiendo las ofensas y burlas, y lo único que dice es: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Súplica

Señor Jesús, eres lo más maravilloso, después de todo lo que te han hecho y no pides su castigo, no les guardas rencor, pides por ellos. Cuántas veces Señor, no es nada lo que nos hacen y no somos capaces de perdonar. Tenemos que aprender eso de ti Señor Jesús; danos esa fuerza de amar para no ser rencorosos, para tener esa capacidad de perdonar; danos esa virtud necesaria para vivir sin odios y también perdónanos Señor Jesús por no haber sido misericordiosos como Tú lo eres.
Piedad y clemencia Señor.

SEGUNDA PALABRA:
EN VERDAD TE DIGO, HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO”  (Lc 23, 43

Escuchemos el Evangelio:

"Uno de los malhechores crucificados le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros. Pero el otro, tomando la palabra, le reprendía, diciendo: ¿Ni tú temes a Dios? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero este nada malo ha hecho. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Él le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso." (Lc 23, 39-43).

Reflexión:

Sobre el monte Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice que, junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores. (Lc 23,32). 

La sangre de los tres formaba un mismo charco, pero, como dice San Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, sin embargo, cada uno moría por una causa distinta.

Uno de los malhechores blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!” (Lc 23,39). 

Había oído a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso el título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba enojado contra todo. 

Pero el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que no era de este mundo. 

Le había visto lleno de mansedumbre. Era distinto de todo lo que había conocido hasta entonces. Incluso le había oído pedir perdón para los que le ofendían. 

Y le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Se acordó de improviso que había un Dios al que le se podía pedir paz, como los pobres pedían pan a la puerta de los señores. 

¡Cuántas súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y qué pocas le hacemos a Dios!… 

Y Jesús, que no había hablado cuando el otro malhechor le injuriaba, volvió la cabeza para decirle: “Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. 

Jesús no le promete nada terreno. Le promete el Paraíso para aquel mismo día. El mismo Paraíso que ofrece a todo hombre que cree en Él. 

Pero el verdadero regalo que Jesús le hacía a aquel hombre, no era solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el regalo de sí mismo. 

Lo más grande que puede poseer un hombre, una mujer, es compartir su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para vivir en comunión con él.

Súplica

Señor Jesús, por todas las veces que me he quejado de mi cruz, por todas las veces que he evadido la cruz que tú me ofreces para la salvación de mi alma, por toda y cada una de las veces que he sido egoísta, por todas aquellas veces que te pregunto por que a mi, por tantas veces que no he reconocido mis errores, te pido perdón Señor, y que me des las virtudes necesarias para no ser de esa manera.

Piedad y clemencia Señor. 

TERCERA PALABRA:
MUJER, HE AHÍ A TU HIJO”. “HIJO, HE AHÍ A TU MADRE” (Jn I9, 26

Escuchemos el Evangelio:

"Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo que amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa" (Jn 19, 25-27).

Reflexión:

Junto a la Cruz estaba también María, su Madre. La presencia de María junto a la Cruz fue para Jesús un motivo de alivio, pero también de dolor. Tuvo que ser un consuelo el verse acompañado por Ella. Ella que, por otra parte, era el primer fruto de la Redención. 

Pero, a la vez, esta presencia de María tuvo que producirle un enorme dolor, al ver el Hijo los sufrimientos que su muerte en la cruz estaban produciendo en el interior de su Madre. Aquellos sufrimientos le hicieron a Ella Corredentora, compañera en la redención. 

Era la presencia de una mujer, ya viuda desde hacía años, según lo hace pensar todo. Y que iba a perder a su Hijo. 

Jesús y María vivieron en la Cruz el mismo drama de muchas familias, de tantas madres e hijos, reunidos a la hora de la muerte. Después de largos períodos de separación, por razones de trabajo, de enfermedad, por labores misioneras en la Iglesia, o por diferentes circunstancias de la vida, se encuentran de nuevo en la muerte de uno de ellos. 

Al ver Jesús a su Madre, presente allí, junto a la Cruz, evocó toda una estela de recuerdos gratos que habían vivido juntos en Nazaret, en Caná, en Jerusalén. Sobre sus rodillas había aprendido el “shema” Israel o el “escucha” Israel, la primera oración con que un niño judío invocaba a Dios. Agarrado de su mano, había ido muchas veces a la Pascua de Jerusalén… Habían hablado tantas veces en aquellos años de Nazaret, que el uno conocía todas las intimidades del otro. 

En el corazón de la Madre se habían guardado también cosas que Ella no había llegado a comprender del todo. Treinta y tres años antes había subido un día de febrero al Templo, con su Hijo entre los brazos, para ofrecerlo al Señor. 

Y fue precisamente aquel día, cuando de labios de un anciano sacerdote oyó aquellas palabras: “A ti, mujer, un día, una espada te atravesará el alma”. Los años habían pasado pronto y nada había sucedido hasta entonces. 

En la Cruz se estaba cumpliendo aquella lejana profecía de una espada en su alma. 

Pero la presencia de María junto a la Cruz no es simplemente la de una Madre junto a un Hijo que muere. Esta presencia va a tener un significado mucho más grande. 

Jesús en la Cruz le va a confiar a María una nueva maternidad. Dios la eligió desde siempre para ser Madre de Jesús, pero también para ser Madre de los hombres.

Una pregunta Señor Jesús, en ese momento dónde estaban los otros, dónde estaban esos permanentes seguidores, dónde estaban los otros miembros que acompañaba tu caminar, dónde estaban todos esos que oyeron, y creyeron en ti, ¿dónde están ahora?, porque son tan pocos los que acompañaron el dolor de Maria. Así es también este mundo hoy Señor Jesús, somos cómodos, no siempre asistimos al sacrificio de la Eucaristía, a la Adoración de tu Cuerpo y de tu Sangre. Decimos que te acompañamos en las buenas y en las malas, pero muchas veces lo decimos solo por cumplir pues no actuamos congruentemente con la fe.

Súplica

Señor Jesús, en cualquier circunstancia queremos acompañarte y queremos estar con nuestra Madre, tu Madre, Virgen María. Qué grande eres Señor, invitarnos a tener la dicha para que María Santísima sea nuestra Madre. Señor Jesús gracias por entregarnos a María como Madre, haz que nada nos aparte de ella. Señor Jesús perdónanos por nuestras ausencias a la Santa Misa, por no ponernos a tus pies y aprender más de Ti, por no estar siempre donde nos necesitas.

Piedad y clemencia Señor.

CUARTA PALABRA:
DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO” (Mt 27,46

Escuchemos el Evangelio:

"Desde la hora sexta se extendieron las tinieblas sobre la tierra hasta la hora de nona. Hacia la hora de nona exclamó Jesús con voz fuerte, diciendo: ¡Eloí, Eloí, lama sabachtani! Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Algunos de los que allí estaban, oyéndolo, decían: A Elías llama éste" (Mt 27, 45-47).

Reflexión:

Son casi las tres de la tarde en el Calvario y Jesús está realizando los últimos esfuerzos por hacer llegar un poco de aire a sus pulmones. Sus ojos están borrosos de sangre y sudor. 

Y en este momento, incorporándose, como puede, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. 

No había gritado en el huerto de los Olivos, cuando sus venas reventaron por la tensión que vivía y sudó sangre. No había gritado en la flagelación, ni cuando le colocaron la corona de espinas. 

Ni siquiera lo había hecho en el momento en que le clavaron a la Cruz. 

Jesús grita ahora. Jesús, el Hijo único, aquel a quien el Padre en el Jordán y en el Tabor había llamado: “Mi Hijo único”, “Mi Predilecto”, “Mi amado”. Jesús en la Cruz se siente abandonado de su Padre. 

¿Qué misterio es éste? ¿Cuál es el misterio de Jesús Abandonado, que dirigiéndose a su Padre, no le llama “Padre”, como siempre lo había hecho, sino que le pregunta, como un niño impotente, que por qué le había desamparado. 

¿Por qué Jesús se siente desamparado de su Padre?  Me gustaría poder ayudarte a conocer un poco, y, sobre todo, a contemplar todo el misterio tremendo, y a la vez inmensamente grande, que Jesús vive en este momento. 

Este momento de la Pasión de Jesús, en que se siente abandonado de su mismo Padre, es el más doloroso para Él de toda la Redención. El verdadero drama de la Pasión Jesús lo vivió en este abandono de su Padre. 

Y si la Pasión de Jesús es el misterio que no tiene nombre, que no hay palabras para describirlo, no lo es simplemente por los azotes, ni por la sangre derramada, ni por la agonía o por la asfixia, sino porque nos hace entrar en el misterio de Dios. 

Y en este abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús tuvo por los hombres y hasta dónde fue capaz de llegar por amor a su Padre. Porque todo lo vivió por haberse ofrecido a devolver a su Padre los hijos que había perdido y por obediencia a Él.

Señor Jesús, qué angustia, qué pena más grande, sólo hiciste el bien, y por nosotros, por nuestro pecado, estás sintiendo tanto dolor, nuevamente Señor, dónde están aquellos por los que Tú sufriste, y ahora a pocos instantes de la muerte, sufres la angustia de sentirte abandonado y soportas el dolor de los clavos y de la flagelación, el dolor causado por nuestros pecados.

Súplica

Señor Jesús, no permitas que te hagamos sufrir, no permitas que te abandonemos, aleja de nosotros la soberbia, ayúdanos a desterrar la avaricia, el egoísmo y la pereza. Señor Jesús, danos toda esa fuerza tuya para no seguir pecando, danos la fortaleza para seguirte a todo lugar, hasta la misma cruz y acompañarte en todo momento, por muy difícil que sea. Señor Jesús por todos los que hemos abandonado y no les hemos dado una palabra de aliento cuando más lo necesitaban danos tu perdón.

Piedad y clemencia Señor.

QUINTA PALABRA:
TENGO SED” (Jn19,28

Escuchemos el Evangelio:

"Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados fijaron en una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca" (Jn 19, 28-29).

Reflexión:

Cabe aquí tener en cuenta tres detalles:

1.- Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed. 
La deshidratación que sufrían, debida a la pérdida de sangre, era un tormento durísimo. Y Jesús, por lo que sabemos, no había bebido desde la tarde anterior. No es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera. 

2.- La sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física. Expresó en aquel momento estar necesitado de algo tan elemental como es el agua. Y pidió, “por favor”, un poco de agua, como hace cualquier enfermo o moribundo. 

Jesús se hacía así solidario con todos, pequeños o grandes, sanos o enfermos, que necesitan y piden un poco de agua. Y es hermoso pensar que cualquier ayuda prestada a un moribundo, nos hace recordar que Jesús también pidió un poco de agua antes de morir. 

3.- Pero no podemos olvidar el detalle que señala el Evangelista San Juan: Jesús dijo: “Tengo sed”. “Para que se cumpliera la Escritura”, dice San Juan (Jn19, 28). 

Jesús habló en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vivía Él como Redentor. 

Jesús, en aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la Redención de los hombres, pedía otra bebida distinta del agua o del vinagre que le dieron. 

Poco más de dos años antes, Jesús se había encontrado junto al pozo de Sicar con una mujer de Samaría, a la que había pedido:”Dame de beber”. Pero el agua que le pedía no era la del pozo sino su conversión

Ahora, casi tres años después, San Juan que relata este pasaje, quiere hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es como aquella sed de Samaría. 

La sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”. 

Jesús tenía sed de que todos recibieran la vida abundante que Él había merecido. De que no se hiciera inútil la redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos en Su amor. De que viviéramos una profunda relación con Él. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos con Dios.

Señor Jesús, permítenos interpretar de qué tienes sed, es sed de almas, es sed de amor, es sed de perdonar, es sed de salvación de todos nosotros, es sed de compresión, es sed de justicia, es sed de conversión.

Súplica

Señor, también tenemos sed, tenemos sed de Ti, tenemos sed de tu amor, tenemos sed de tu comprensión, tenemos sed de tu mirar, danos el sorbo de Ti Señor, para que no se seque nuestra alma, para que igual que un árbol no nos sequemos y así podamos dar los frutos que esperas de nosotros Señor, apaga nuestra sed en cada Eucaristía con tu Cuerpo y tu Sangre, para que vivas siempre en nosotros Señor, porque estando tú en nosotros, podamos mirar como Tú a todos nuestros hermanos, y por no haber apagado la sed de ellos pudiendo hacerlo, te suplicamos el perdón Señor.

Piedad y clemencia Señor. 

SEXTA PALABRA:
TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn 19, 30

Escuchemos el Evangelio:

"Cuando probó el vinagre, dijo Jesús: Todo está cumplido" (Jn 19, 30).

Reflexión:

Todo está cumplido”. Estas fueron las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz. 

Estas palabras no son las de un hombre acabado. No son las palabras de quien tenía ganas de llegar al final. Son el grito triunfante del vencedor. 

¿Qué está cumplido Señor? ¿Tu misión? 

Estas palabras manifiestan la conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo: dar la vida por la salvación de todos los hombres. 

Jesús ha cumplido todo lo que debía hacer. 

Vino a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha realizado hasta el fondo. 

Le habían dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre que anunciara a los hombres la pobreza, y nació en Belén, pobre. Le dijo que anunciara el trabajo y vivió treinta años trabajando en Nazaret. 

Le dijo que anunciara el Reino de Dios y dedicó los tres últimos años de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino, que es el corazón de Dios. 

La muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una muerte, ni una vida malograda. Sólo tiene una muerte malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la muerte le sorprende con la vida vacía. Porque en la vida sólo vale, sólo queda aquello que se ha construido sobre Dios. 

Y ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre. “Padre, en tus manos pongo mi Espíritu”. 

Las manos de Dios son manos paternales. Las manos de Dios son manos de salvación y no de condenación. Dios es un Padre. 

Antes de Cristo, sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos que era Infinito y todopoderoso, pero no sabíamos hasta qué punto Dios nos amaba. Hasta qué punto Dios es Padre. El Padre más Padre que existe.  Y Jesús sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.

Señor Jesús, llegaste hasta esta palabra, por toda la humanidad, no solo por los primeros habitantes del Paraíso que ofendieron a Dios con su desobediencia, nuevamente nos das una gran lección Señor, la obediencia es salvación, acatar la voluntad de Dios, obedecer sus mandatos es llegar a tu Reino. Gracias por esta enseñanza.

Súplica

Señor Jesús, queremos que sepas que la obediencia es justamente lo más difícil para nosotros, por eso te suplicamos que nos ayudes a cumplir los mandatos de Dios. Llenos de ti Señor, no está todo acabado, pero sin ti Señor no vale la pena vivir, queremos seguir buscándote, acompañándote, para acabar definitivamente con todo lo que no es parte de Ti.

Piedad y clemencia Señor.

SÉPTIMA PALABRA:
PADRE, EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU” (Lc 23,46

Escuchemos el Evangelio:

 "Jesús, dando una gran voz, dijo: Padre, en tus manos pongo mi espíritu... y diciendo esto, expiró(Lc 23,46).

Reflexión:

Y el que había temido al pecado, y había gritado: “¿Por qué me has abandonado?”, no tiene miedo en absoluto a la muerte, porque sabe que le espera el amor infinito de Su Padre. 

 Durante tres años se lanzó por los caminos y por las sinagogas, por las ciudades y por las montañas, para gritar y proclamar que Aquél, a quien en la historia de Israel se le llamaba “Él”, “Elohim”, “El Eterno”, “El sin nombre”, sin dejar de ser aquello, era Su Padre. Y también, nuestro Padre. 

Y el hecho de que hoy tenga cerca de seis mil millones de hijos en el mundo, eso no impide que a cada uno de nosotros nos mime y nos cuide como a un hijo único. 

Y, salvadas todas las distancias, también nosotros podemos decir, lo mismo que Jesús: “Dios es mi Padre”, “los designios de mi Padre”, “la voluntad de mi Padre”. 

Y si es cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto que lo es todo cariñoso. Y en las mismas manos que sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito nuestro nombre, tu nombre, mi nombre. 

Y, a veces, cuando la gente dice: “Yo estoy solo en el mundo”, “a mi nadie me quiere”, Él, el Padre del Cielo, responde: “No. Eso no es cierto. Yo siempre estoy contigo”. 

Hay que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre que cuida de nosotros. Y, aunque a veces sus caminos sean incomprensibles, tener la seguridad de que Él sabe mejor que nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero también hay que dejarse amar y querer por Dios. 

En las manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan entrañablemente, es donde Él puso su espíritu.

Señor Jesús, tu última palabra es una gran voz, entregaste tu vida, la pusiste en las manos de Dios Padre, que gran lección Señor, es preciso que el grano de trigo muera para que pueda dar frutos, tu gesto nos salvó. Con Tu muerte en la cruz, nos indicaste que en ella esta la salvación.

 Súplica

Nuestro Señor Jesús, queremos ser como Tú, queremos llevar también la cruz, y morir terrenalmente junto a ella, danos Señor, todo lo necesario para no abandonar nunca ese camino que nos llevará a Ti, y si alguna vez lo hemos abandonado, si hemos perdido la confianza, perdón.

 Piedad y clemencia Señor.

Queridos hermanos y queridas hermanas:

Vivamos intensamente este día de Viernes Santo, acompañemos a Cristo en su Pasión y Muerte y dejemos que el triunfo de su Resurrección transforme nuestras vidas. No tengamos miedo de amar y ser amados.

Las Siete Palabras de Jesús en la Cruz. Pbro. José Luis Canto Sosa, Parroquia de San Luis Obispo, Calkiní, Campeche, Viernes Santo 18 Abril 2014,12:00 i.m.
Esta reflexión está basada en:
▶ Las Siete Palabras últimas de Jesús en la Cruz. Pedro Sergio Antonio Donoso Brant, en www.caminando-con-jesus.org
Las Siete Palabras de Jesús en la Cruz. Adrián Sanabria, en www.archisevilla.org/blogs.php

 
 
 
 
Fuente: Pbro. José Luis Canto, 23 de abril de 2014 / Fotos: Carlos Fernández y Oficina Parroquial