Y ayer, como hoy (que ha llevado a cabo una semana de oración,
una solemne Misa en la Basílica de Guadalupe, jornadas
académicas en varias diócesis, ha publicado
una Carta Pastoral, etc.), el episcopado mexicano también
puso en marcha algunas acciones para hacer la celebración
desde el ámbito religioso.
El
Obispo de Campeche, nato amante de la historia (a la cual
contribuyó con algunos escritos de valor; téngase
por ejemplo sobresaliente uno acerca de la historia de Tonalá,
Jalisco, que ha servido de base para los estudiosos locales),
hizo su pequeño aporte para honrar la historia patria.
En
su segunda carta pastoral comentó la carta que el Romano
Pontífice había enviado a los Arzobispos y Obispos
de la República Mexicana con motivo del Centenario
de la Independencia Nacional. El 12 de agosto la carta fue
despachada desde la curia diocesana a todos los sacerdotes
de Campeche. El día 24 siguiente, además del
documento enviado al episcopado mexicano, san Pío X
quiso poner un sello católico a los festejos del Centenario
declarando al 24 de agosto de 1910 a la Santísima Virgen
de Guadalupe como “Patrona de América Latina”.
Gran
devoto de la Virgen del Tepeyac, cuyo culto promovió
entre sus diocesanos, tomando bajo su cargo un grupo de señoras
“guadalupanas” en el templo del señorial
barrio campechano (que posiblemente en el próximo diciembre
sea declarado “santuario diocesano”), el Obispo
había promovido una colecta de limosnas y firmas para
el culto de Nuestra Señora de Guadalupe, igual con
motivo del Centenario de la Independencia Nacional. Habiendo
encontrado respuesta favorable entre sus feligreses, el 12
de septiembre envió una circular a los sacerdotes agradeciendo
su colaboración para esa causa.
El
16 de septiembre celebró en la Catedral una Misa de
Acción de Gracias, con oraciones especiales, y renovó
el Juramento del Patronato de la Santísima Virgen de
Guadalupe, haciendo “que sus fieles repitan palabra
por palabra” la fórmula aprobada por el Papa,
que a la letra decía:
[...]
Santísima Virgen María de Guadalupe, ¡Madre
de Dios, Reina y Señora Nuestra! Que desde tus bondadosas
apariciones en la Colina del Tepeyac, siempre te has mostrado
Madre amorosa y tierna de cuantos te invocan en sus necesidades;
agradecidos á los incontables beneficios públicos
y privados, que, generosa, nos has concedido; hoy, en el primer
Centenario de la iniciación de nuestra Independencia,
en presencia de la Santísima Trinidad, Dios Padre,
Dios Hijo ,y Dios Espíritu Santo, de todos los ángeles
y santos, con gran gozo y veneración nos prosternamos
en tu acatamiento, ¡Oh soberana Madre! Y renovamos solemnemente
el Juramento del Patronato que te hicieron nuestros mayores
y que felizmente confirmó el Sumo Pontífice
Benedicto XIV. Al jurarte de nuevo nuestra Celestial Patrona,
suplicámoste, Señora, alcances del Sacratísimo
Corazón de Jesús, una especial protección
al Sumo Pontífice Pío X, que, como sus gloriosos
predecesores, solícito enaltece tu culto: el bienestar
y prosperidad á la Iglesia Mejicana: la felicidad y
gloria á la Nación heroica, á quien debemos
la luz del Evangelio, la civilización cristiana y el
idioma en que te alabamos; consérvala siempre tan católica
y tan grande como lo merece. Reina y Señora nuestra,
sé Tú la Torre de David que nos defienda de
los ataques de la impiedad y de las sectas; no permitas, Inmaculada
Madre de Dios, que en nuestra Patria se alteren la paz y la
tranquilidad; conserva incólume su independencia y
soberanía; ruega instantemente al Rey de Reyes y Señor
de los que dominan, que impere en ella el orden social cristiano
y se vea libre de todos los peligros que la amenazan. Por
estos y por los demás beneficios, que esperamos te
dignes conceder misericordiosa, llenos de gratitud y de amor,
te aclamamos la Gloria de Jerusalén, la Alegría
de Israel, la Honra de nuestro Pueblo.
Esa
fue la humilde contribución del Obispo campechano del
Centenario de la Independencia de México, que murió
en su catedral el 3 de octubre, víspera de la celebración
del santo patrono de la capital del Estado y ciudad episcopal.
A
cien años de distancia, ante la situación que
se vive en México, la plegaria esperanzada es hoy la
misma que la de hace cien años: “…no
permitas, Inmaculada Madre de Dios, que en nuestra Patria
se alteren la paz y la tranquilidad; conserva incólume
su independencia y soberanía…”.