Estamos
en el año de Antonio Machado
en Soria. En Mayo del año 2007 se cumplen cien años
de su llegada a la ciudad de las tardes tranquilas, de los
montes violeta, de las alamedas del río… En el aire
de aquellas tierras castellanas quedaría prendida para
siempre la voz del poeta, sus soledades y silencios, el paisaje
de sus sueños y el horizonte del tiempo pintado desde
las murallas del cielo. La novedad de su poética, que
cambia el mundo sin hacer ruido, está impregnada de
pureza. Sin duda, me parece una buena manera de recordar,
reavivar su verso, un buen garante de los derechos humanos,
aunque la imborrable huella de Machado será para siempre
memoria viva. Parece que lo siento caminar por ese surco del
tiempo, conversando con todos, como queriendo calmar envenenadas
atmósferas con sus descriptivos paisajes de estelas
y sensaciones.
Se
ha dicho que Machado puso a Soria en el mundo. Es cierto;
pero también nos ha puesto a todos en los caminos de
la vida, en el manantial sereno de la poesía, con la
que se creció, para dejarnos esa última lección
del último viaje, siempre ligero de equipaje, casi desnudo,
como los hijos de la mar. Ahora cuando veo que ha pasado el
tiempo por el poeta, no por su poesía, siento que sigue
haciendo camino al andar. Creo que nos hace falta la poesía
más que nunca, sobre todo para abrir corazones en un
mundo preso por corrientes ideológicas, donde escasea
la libertad y no se tiene en cuenta a los más débiles.
Releyendo al poeta, me doy cuenta la falta que nos hace poner
alma en la existencia. Y así, pienso, que es urgente
que surja una nueva generación de apóstoles enraizados
en la verdadera poesía, comprometida con la veracidad
y comprometedora con la evidencia, capaces de responder a los
desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a sembrar justicia
por todas partes, abriendo cárceles en las que sólo
habitan pobres indefensos. Casi siempre, víctimas de
esta sociedad corrupta, adicta al engaño, que confunde
personas con animales y piedras con latidos.
Desde
luego, sería un sensato despertar frente a la
insensatez de no saber (o no dejar) vivir, como es la violencia
sexista, una de las grandes asignaturas pendientes de nuestra
sociedad, retomar la hermosura Machadiana, aquella que desdeña
las romanzas de los tenores huecos, que huye de escenarios,
púlpitos, plataformas y pedestales. De siempre me ha
gustado este análisis lírico, como propuesta
de examen de conciencia, aquel en el que las gentes prefieren
el contacto con el suelo, porque sólo así se
puede tener una idea aproximada de la auténtica estatura
humana, como era la que tenía el poeta que destrozó el
hacha de la mano vengadora.
Me
da miedo esta fina lluvia de indignaciones selectivas, de
insinuaciones pérfidas, de manipulación de
las informaciones, del descrédito sistemáticamente
lanzado sobre el adversario -su persona, sus intenciones y
sus actos-, de chantaje e intimidación. A los causantes
de este terror, cada día más colectivo, más
del mundo en el mundo, les propongo se lleven a los labios
del alma a este conversador del hombre que siempre va consigo,
y que Machado puso en práctica con estos inimitables
acentos poéticos: “Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo
a buscarla. /La tuya, guárdatela”. Sólo la verdad
nos embellece. El clima de incertidumbre que aguantamos es
tan horroroso como el calentón de la tierra, exige letras
valientes que se opongan a las raíces de las injusticias,
descubriendo a tiempo a los furtivos. Hay espinas que es mejor
arrancarlas de raíz, y, en esto, Machado fue singular.
El
recuerdo de Machado me trae al pensamiento una pintura que
nos evoca los más hondos sentimientos, el verso
en su estado puro, visionado de tonalidades como la propia
vida. El tiempo actual es propicio para ello. Curiosamente,
los cristianos, todavía vivimos ese perenne rito arcaico
cargado de mística como es la ceniza, que nos lleva
a descubrir los verdaderos tonos de la luz, aquellos que jamás
quedarán reducidos a polvo. En todo caso, servidor,
considera que es bueno invitarse uno mismo a reflexionar a
fondo, sea cuaresma o no lo sea. Machado cultivó intensamente
lo de reconocerse. Estoy seguro que, una vez acostumbrados
a radiografiarnos, cambiarían las prioridades y seguramente
gastaríamos todas las energías en cuestiones
verdaderamente esenciales de nuestra existencia. Machado que
sí lo hizo, nos legó la experiencia: “Anoche
cuando dormía/ soñé ¡bendita ilusión!/
que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón”.
Tras
las huellas de Machado, nadie se siente sólo,
está su honda palpitación del espíritu
que nos acompaña y acompasa el perdido paso. Vivir fue
para el poeta pertenecer al tiempo. Creo que ninguna persona
humana puede resignarse a vivir pasivamente o a sufrir la historia
que le envuelve, sino que debe sentirse responsable y llamado
a mejorar la cultura en la que vive. Quizás, por ello,
los rastros del poeta sean duraderos. Trabajó con la
metáfora de la luz para elevar el nivel de los valores,
con actitudes reflexivas, con motivaciones clarividentes, con
líneas poéticas… Dispuso con el lenguaje la manera
de realizar el bien antes de defenderse del mal. Se afanó en
buscar la voz esencial y abanderó la esencialidad de
la sencillez, el auténtico verbo, porque, -como dijo-: “el
ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es
ojo porque él te ve”.
Considero,
pues, que es una buena noticia que, en torno a Machado, proliferen
esas rutas turísticas que nos llevan
a lugares emblemáticos vividos por el poeta; que el
pueblo represente obras Machadianas y tantos otros eventos
que nos evocan sus caminos, aquellos campos sombríos
que invitaban al verso o aquellos cielos limpios que llamaban
al amor. En consecuencia, estimo como un buen deporte conocer
al caminante y rebuscar sus huellas. Viajando, por entre la
letra impresa del ayer y la letra viva del hoy, se conocen
lugares y situaciones diversas, y se cae en la cuenta de cuán
grande es, a veces, la brecha entre lo que pudo haber sido
y no fue.
Poned
atención –dijo el poeta-: “un corazón
solitario no es un corazón”. ¿Cuántos
hoy viven encerrados en una especie de “isla feliz”? ¿Cuántos
aprovechándose de una posición de privilegio
se suman al carro de los explotadores? Estas vías lácteas
Machadianas han de ser ocasión de diálogo entre
personas, motivo de mayor conocimiento de unos y otros, apertura
sincera a la comprensión del vecino, que desemboque
en gestos concretos de solidaridad. Que no se vuelva a repetir
aquello de Machado: “Españolito que vienes al mundo
te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte
el corazón”. Para el poeta, no había valor más
alto que el de ser hombre. Quizás si esto lo tuviésemos
más en cuenta no navegaríamos prosaicamente perdidos.
Lo malo es que a valores equivocados, corresponden acciones
equivocadas. La gran penuria del momento actual. |