| La
explosión de estridencias
ha tomado el curso de nuestras vidas sin pedir permiso a la
vida que queremos vivir. Tanto afanarnos por el progreso para
despojarnos del silencio. El jaleo en la calle ya no respeta
ni las horas de sueño, ni los dobles acristalamientos,
nada de nada. Desde que se dejó de trabajar buscando
a Dios en el silencio, la olla de grillos se ha destapado,
ha cogido más fuerza, y cada cual lanza su jaleo, con
su gresca motivada. El alboroto está servido y nos lo
sirven a chasquido vivo. Aquí vive la marimorena, porque
somos la era del ruido y pocas nueces. Las ciudades se llevan
la palma y el palmarés. Pienso, pues, que va a ser muy
difícil, por más que el Ministerio de Medio Ambiente
corteje a los distintos Consejeros de las Comunidades Autónomas,
poner tranquilidad en el guirigay, aunque la esperanza es lo último
que se pierde.
La
marimorena está de un subido imparable. Le importa
un rábano que nos quedemos sordos. Da igual que le digamos
que sus andares nos golpean el tímpano, que su estela
de contaminación acústica nos manda al otro barrio
y que ya no podemos aguantar esta herrería como vecindad.
Al parecer, es el peaje que debemos de pagar por formar parte
de los países industrializados. Para empezar, resulta
chocante la contradicción entre la belleza injertada
por el universo y la siembra de contaminantes en la que el
ser humano es un productor de primera. Por muy prosaicos que
seamos, no podemos aceptar ser juguetes de un progreso destructivo
y reductor de calidad de vida. Esta situación provoca
una cantinela de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece
corrientes poco limpias; donde el acaparamiento, el capricho
y la prevaricación campean a sus anchas.
Ante
el extendido deterioro ambiental sólo cabe la
concienciación ecológica, algo que tenemos olvidado
en el baúl de los recuerdos, a raíz de alejarnos
del horizonte de la moralidad. Por ello, veo muy positivo,
que para hacer frente a los perjuicios causados por la rueca
de ciscos contaminantes, el Ministerio de Medio Ambiente de
luz a un Reglamento sobre el Ruido que va más allá de
la transposición de la Directiva Comunitaria 2002/49/CE.
Es hora, desde luego que sí, de abordar un tratamiento
generalizado de la contaminación acústica, con
especial atención a la actuación preventiva,
la planificación acústica en la ordenación
territorial y la incorporación de los conceptos de evaluación
y gestión del ruido ambiental. Si la norma se lleva
a rajatabla, como es de justicia, quizás estas preguntas
que hoy están en el aire, puedan contestarse. Yo las
dejo, a su consideración: ¿Cómo puede
permitirse todavía que el desarrollo acelerado se vuelva
contra el hombre? ¿Cómo prevenir las destrucciones
al medio ambiente que amenazan con destruir la vida? Y, además: ¿Cómo
solucionar los efectos negativos que ya se han producido?
Ciertamente,
subrayo, que se precisan con urgencia espacios de vida donde
los silencios ganen la batalla a los ruidos, a los contaminantes
y a los contaminadores; porque, no nos confundamos, el bienestar
humano está profundamente
marcado por su hábitat. Los modelos consumistas de la
marimorena se tragan todos los recursos naturales. Propongo,
en consecuencia, que los mapas del ruido capten su endiosamiento,
apliquen los reglamentos sin titubeos, caiga quien caiga como
dice un programa de la tele. |