Parece
como si el conflicto hubiese tomado carta de naturaleza
en nuestras vidas. Por doquier, existen conflictos, luchas
entre mundos y fronteras, ideologías y etnias, realidad
y conciencia… Necesitamos apagar sus focos vivos. Son muchas
y complejas sus causas: políticas, sociales,
culturales y religiosas; por eso, resulta aún más
necesaria una acción educativa que empiece por los
centros escolares, que actúe, con previsión
y paciencia, sobre sus raíces, impida su ramificación
espontánea, y apague su maléfica fuerza contagiosa
en las generaciones futuras.
Que
vaya a celebrarse un congreso con responsables autonómicos,
expertos nacionales y extranjeros para tratar el tema de
la conflictividad en el aula, es una buena noticia. Recopilar
las mejores experiencias en este campo y hacer difusión
de ellas entre la comunidad educativa y los centros escolares
por medio de guías, puede ser muy saludable para cambiar
conductas. Del mismo modo, reforzar la conexión de
los centros con el entorno, sin duda contribuye a la integración,
tan necesaria para estos tiempos, así como el refuerzo
de su vinculación con las familias y los ayuntamientos.
Realmente,
los centros por si mismos, poco pueden hacer para atender
a la diversidad. Con la ayuda de todos si pueden hacer
algo más. Es clave la solidaridad. La sociedad
tiene que recuperar la autoridad del docente para que frene
la indisciplina de los alumnos. Se me ocurre que no estaría
de más un trato preferente de asistencia jurídica
rápida y eficaz a todos los profesionales de la educación
frente a las agresiones físicas y verbales relacionadas
con su trabajo. Como tampoco, pienso, que estaría
desacertado que los alumnos se implicasen más en su
centro y pudiesen mediar a la hora de un conflicto. Al alumno
agresor siempre le resulta más bochornoso enfrentarse
cara a cara con su víctima y reconocer la verdad delante
de sus compañeros, que la mera expulsión.
Si
queremos que en el futuro prevalezca la unidad y no las
divisiones, la fraternidad y no los antagonismos, la paz
y no las guerras, deberemos trabajar con los jóvenes
en este sentido de compartir experiencias y soluciones, de
apagar fuegos mediante el diálogo, como personas civilizadas.
En ocasiones, l os jóvenes ven cómo se derrumban
sus esperanzas de futuro y, entonces, pasan de víctimas
a ser protagonistas irresponsables de conflictos. Otras veces
su vida afectiva ha estado marcada por muchas dudas respecto
a los sentimientos, comenzando por aquéllas sobre
la identidad, el sexo, o la propia familia. A mi juicio,
estas personalidades son el resultado de una educación
que falla en lo más básico, en enseñar
a convivir (y a vivir) los unos con los otros. Rectificar
es de sabios.