La
verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense
al revés, puso en boca Machado para todos los
aires. En verdad, la verdad falseada o falseada la verdad,
se acrecienta la desunión, resulta más difícil
unirse, reunirse y juntarse –como dice la canción-
pechito con pechito. Que se lo digan a los enamorados. Cuando
se pierde la confianza recíproca, después de
haberse dejado ganar por la mentira, nadie se fía
de nadie. Unas sustanciosas declaraciones de Magris pronunciadas
en Oviedo, con motivo del ciclo de debates con el que se
conmemora el XXV aniversario de los honorables premios Príncipe
de Asturias, nos pone en el camino de la reflexión.
Subraya que el primer problema al que se enfrenta la información
actual es el de la “verdad falseada”, a la que, -dijo-, se
puede llegar por distintas vías, como por ejemplo “la
alteración de la jerarquía de valores”. Ciertamente
las ofensas a la verdad están a la orden del día.
Son, en verdad, empachosas las ensaladas de falsos testimonios
y perjurios que se oyen. El respeto de la reputación
de las personas poco importa. La maledicencia y la calumnia
se han puesto tan de moda, son tan permisibles, que medio
mundo hace juicio y enjuicia a su manera al otro medio.
Mal
negocio es avivar diabólicas atmósferas
bajo el fermento de la falsedad. Peor aún, falsificar
sistemáticamente la verdad, propiciar simulaciones
e hipocresía a raudales, huir y alejarse de la rectitud,
sinceridad o franqueza. Todo esto conlleva tormentos y nulas
grandezas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la burla
y el gesto desafiante toman posiciones. Suelen posicionarse
desde su propio caldo de cultivo, los ingredientes de vanagloria
o jactancia, la ironía malévola. Me sirvo indicar
algunos ejemplos. El fenómeno del terrorismo se impregna
de mentira y tiene necesidad de mentir, a fin de asegurarse
una cierta comprensión y respetabilidad en la opinión
de las gentes, mediante justificaciones totalmente mezquinas ¿Qué decir
de la actual práctica de algunos políticos,
dispuestos ellos a etiquetar a quienes no comparten las mismas
ideas, para mejor combatirlos o exiliarlos al silencio, que
considerarlos enemigos acérrimos, atribuyéndoles
en ocasiones una buena ración de juegos sucios, estigmatizándolos
como agresores del bien común si es necesario, mediante
una mentirosa y solapada propaganda hábil y continua?
En la base de todas estas farsantes formas de mal estilo
y bajo gusto, alimentándolas y alimentándose
de ellas o alentándolas y alentándose en ellas,
hay una concepción errónea del ciudadano como
ser humano y de sus dinamismos constitutivos como persona.
La
primera mentira, la falsedad más viva del momento
presente, es la de actuar con poca transparencia, con cartas
marcadas y secretismos de abuela. Lo de instaurar la verdad
en un mundo de mentira, aunque se pide a gritos, es como
buscar una aguja en un pajar. Oiga, pero a veces se encuentra.
Pasa por restaurarla, conjugando los actos y a las acciones
en su realidad semántica. Hay que llamar por su nombre
la violencia que se soporta en las calles y liberarla con
la asistencia educativa precisa. Con el puño en alto
nadie gana. Y por su atormentador apellido, también
a los torturadores hay que nombrarles, a todos aquellos enjambres
que ejercen todavía la opresión y la explotación
sobre el débil. Hay que llamar por su verbo la exclusión,
algo que en democracia es conjugación prohibida. Conviene
recordar que es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para
el pueblo. No es el mutismo, lo demócrata, es la luz
con que se exponen los problemas y la existencia de medios
claros para resolverlos. De igual modo hay que llamar a los
adjetivos para que adjetiven la justicia y la libertad con
reparto equitativo. Hay que hacerlo para llamar a la conciencia,
con el permiso de la palabra que sale de adentro, para que
así se fomente un cambio de actitudes y de mentalidades;
y, como no, igualmente para dar a las naciones la paz que
todos nos merecemos.
Promover
la verdad como fuerza de unión es un esfuerzo
que bien merece la pena ponerse manos a la obra. La sinceridad,
en un ambiente en que la verdad a veces está ausente
hasta en nosotros mismos, no es tarea fácil. Necesitamos
la presencia de doña Verdad como artículo de
diálogo, por muy verdad de Perogrullo que nos parezca.
La evidencia salta a la vista. Es imposible consenso alguno
cuando reina la incertidumbre, la duda o si todo se mueve
bajo la sospecha. Si queremos verdaderamente progresar en
la proclama de la identidad histórica y en el ejercicio
del derecho al autogobierno que la Constitución reconoce
a toda nacionalidad, lo que hoy tanto nos afana y desvela,
antes hemos de ahondar bastante más en cada cual con
cada uno y reencontrar ese espacio de unidad indisoluble,
más allá de las divisiones que constatamos
en nosotros y entre nosotros mismos. Esta laboriosa búsqueda
de la universalidad, en una sociedad divorciada de la verdad,
exige sabiduría que mane del alma, razón de
luz, porque hasta las fronteras son falacias emanadas de
un interés impuro y capitalizado.
En
ese clarear hemos de estar todos, con nuestros axiomas
de la mano, postulados y perogrulladas propias de humanos.
Por ello, no es cuestión tampoco de desacreditar por
norma y de manera radical al adversario que piensa distinto.
Todos, al fin y al cabo, nos creemos una verdad. En cualquier
caso, la persona crecida de corazón sabe reconocer
la parcela de autenticidad que hay en toda actuación
humana por muy escasa de principios que nazca. Ya lo dijo
Jacinto Benavente: La peor verdad sólo cuesta un gran
disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños
y al final, un disgusto grande. Pues eso, aunque duela la
verdad, el que la lleva consigo como dama de verso en pecho,
oración de Gloria Fuertes, no debe temer jamás
que a su lengua le falte lenguaje de persuasión para
desembarazar el embarazo de mentiras que nos besan los labios
a diario.