La vida tenemos que vivirla de otra manera, cada cual primero
consigo mismo, después con los demás, sin excluir
de la hoja de ruta las estéticas morales ni la responsabilidad
personal. La humanidad tiene que desnudarse de pesadillas y
uno tiene que hallarse más en la belleza, beber de la
belleza, creerse parte de la belleza, cueste lo que cueste,
puesto que el mayor bochorno es sentirse perdido en esta selva
de desgracias y desgraciados.
La
salve de ¡triunfar, triunfar, triunfar, caiga quien caiga;
o de ganar, ganar, ganar todas las batallas sin importar ética
alguna!, lo que nos hace es más esclavos y más
dependientes de las miserias humanas. El mundo que la humanidad
viene construyendo, sobre todo en los siglos más próximos
a nosotros, tiende con frecuencia a ensombrecer los labios de
la alegría más honda. Todo se mueve y se conmueve
con fines lucrativos, hasta adormecernos por dentro y sentirnos
desamparados. Debemos abrirnos a las dimensiones de la belleza,
que a veces no vemos o nos impiden verlas, respirar la propia
universalidad de esa hermosura, algo que suele encontrarse en
las cosas más sencillas y que a todos nos pertenecen
por dignidad propia. "En cuanto alguien comprende que obedecer
leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna
tiranía puede dominarle", dijo Gandhi. Bella reflexión
como bello propósito el de la ONU dispuesta a hacer más
por la paz, los derechos humanos y el desarrollo. Todos hemos
de hacer más, aunque sólo sea para ser más
felices. Merece la pena el compromiso de proteger a quienes
están atrapados en conflictos armados, de luchar contra
el cambio climático, de evitar una catástrofe
nuclear, de ampliar las oportunidades de mujeres y niñas
y combatir la injusticia y la impunidad, de tender la mano hacia
los desempleados… Al fin y al cabo, la tristeza se vence
cultivando el corazón como el auténtico poeta.
Algún
lector me podrá decir, ¿pero para qué sirve
un poeta en estos tiempos? Cierto, también los poetas
han perdido autenticidad, amén de ingenio y lucidez.
Servidor lo tiene claro. En estos casos suelo extender la receta
de Gloria Fuertes, que sí fue poeta de verso en pecho.
Esta es su grafía: “El poeta tiene que ver con
el verbo ver, / con el verbo sentir y con el verbo escribir./
El poeta sirve… como unas gafas,/ para que veas, hijo
mío, para que veas”. ¿Quién no ha
buscado la felicidad sin saber dónde, como un verdadero
azorado en un laberinto de preguntas? La idea aristotélica
de que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo
serio, pues la vida no es un juego, puede ayudarnos a ese reencuentro
con el gozo de sentirse vivo, y de uno sentirse yo. Al igual
que la paz duradera no se consigue con la fuerza militar, la
felicidad tampoco se alcanza con la fuerza del poder, sino con
la fuerza del amor. Esta es la llave que abre todas las puertas
de la satisfacción.
Es
público y notorio que la riqueza por si misma no es suficiente
para el logro de la felicidad. La historia que nos han vendido
del estado del bienestar tampoco genera felicidad global y globalizadora.
La humanidad tiene que aprender a vivir feliz, que no es fácil
con tantas fuerzas contrarias, la misma vida familiar se tambalea.
Tal vez sea lección meditativa la de los grandes educadores
del ser (del ser humano), los artistas; aquellos que se sienten
enamorados de la búsqueda. Al final de la obra alcanzan
el deleite de visionar mundos diversos, pero mundos humanos
o mundos que humanizan, que dan solución a los diferentes
aspectos del vivir cotidiano. Por desgracia, los tiempos actuales,
crecientes en injusticias, desigualdades e inmoralidades, lo
que generan son desórdenes cerebrales que suelen rayar
lo patológico.
Por
mucho que nos siga persiguiendo la poesía por el planeta,
ella sí que nos ama, una humanidad infeliz es para temerle.
Cuidado con la legión de vendedores de felicidad. En
tiempos de crisis abundan mucho más. Sus cebos para nada
son versos curativos. He aquí su retahíla de sueños
venenosos, que se contagian como la lepra: Las drogas como fuga.
El placer a toda costa. El beso de la traición. El abrazo
que mata… Stop… que la mala leche y el desánimo
son tan explosivos que atizan donde más duele, en el
corazón. Por mucha inclusión social y lucha contra
la pobreza que nos rieguen la oreja los jefes de gobierno y
los políticos de turno, lo que también necesita
la humanidad con urgencia son personas en las que fiarse y confiarse.
El planeta precisa más que de poderes, de personas dispuestas
a desvivirse para los demás. Es la primera ley del amor,
y la raíz que enraíza con el poeta que hay en
ti. El poeta, que todos llevamos dentro, salve al mundo. Sé
que esto no es un artículo. Es un desahogo… Pues
haga el lector lo mismo. La vida es insoportable sin corazones
que hablen.
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