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En
1918, con la aprobación del Presidente de la República,
Don Venustiano Carranza, se instituyó el 15 de mayo como
“Día del maestro”. Una fecha que, desde entonces,
se convirtió en el tópico de homenajes y festejos
en honor a quienes ejercen esa profesión. Aquella iniciativa,
presentada por los diputados del Congreso, Gral. Benito Ramírez,
y Dr. Enrique Biseca Lobatón, fue una forma de reconocer
la noble labor de las mujeres y hombres entregados a tareas
de alfabetizar, educar a la niñez, acercar a las comunidades
otros paradigmas culturales, llevar la luz del conocimiento
y entregar la llave para el estudio. Esos tiempos quedaron atrás. |
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Al
paso de tantas décadas, las condiciones socioculturales
en las comunidades se transformaron; es cierto, que aún
existen poblaciones sin indicios de progreso, sin los mínimos
servicios públicos: escuelas, hospitales, parques, servicio
de electricidad, etc… Contrariamente, datos estadísticos
en los informes gubernamentales, afirman que el número
de escuelas y maestros ha aumentado; ese indicador muestra el
incremento en la cobertura de la educación básica,
el crecimiento de la planta docente, una variable para explicar
el ingreso e inscripción de más menores en edad
escolar.
Las
políticas educativas han atendido aspectos claves: ingreso,
permanencia escolar, infraestructura, formación inicial
a maestros, actualización y capacitación, aumentos
salariales, entre otros. En educación, el cambio es parte
de los procesos de desarrollo y mejora. Quienes ejercieron la
docencia antes y después del México revolucionario,
enfrentaron otras circunstancias. El reconocimiento social fue
evidente. Los profesores de finales del siglo XX tuvieron un
entorno particular; los que eligieron esta carrera profesional
y se incorporaron a las filas del magisterio en la primera década
del siglo XXI, están experimentando exigencias de una
educación basada en competencias; la brecha generacional
entre colegas marca diferencias y hace coincidir en la misma
sintonía: educar para la vida.
¿En
qué momento cambió la cultura laboral de los educadores?
¿A qué se debe el predominio de actitudes de conformismo,
pasividad y mediocridad en algunos integrantes del gremio magisterial?
¿Dónde están los maestros extraordinarios?
¿Por qué algunos mentores desecharon los valores
y principios éticos de la profesión? ¿Cuáles
son las expectativas de la sociedad en la actualidad? ¿Estarán
dispuestos los profesores a marcar la diferencia, a tener expectativas
de realización personal y ser excelentes? Estos son algunos
cuestionamientos que invitan a reflexionar sobre el valor de
la misión del ser maestro.
Para
las personas que dedican gran parte de su tiempo a esta tarea,
alguna vez se han preguntado: ¿Por qué soy maestro?
¿Qué es un maestro? ¿Cuál es mi
misión? ¿Cómo me veo en esta profesión
dentro de 10, 20 ó 30 años de servicio? Responder
a estas preguntas, un intento de una autoevaluación;
una reflexión honesta y personal, que permita reconstruir
sus paradigmas, darse cuenta de sus competencias (sé
que sé, sé y necesito saber) e incompetencias
(sé que no sé o no sé que no sé).
El maestro tienen el potencial natural para aprender, sus conocimientos
no son absolutos ni estáticos, el aprendizaje permanente
es una constante en la vida. Además de conocimientos,
tiene actitudes para comprender situaciones y resolverlas; sus
valores éticos aseguran su autenticidad; la voluntad
favorece disciplina y tenacidad para convertirse en el profesionista
exitoso. Y, desde luego, un ser con sensibilidad, lo convierte
en la persona humilde y generosa, porque sabe que su hacer contribuye
al saber, hacer y ser de otras personas. Favorece la formación
del ciudadano del presente y del mañana; educar a los
niños de este siglo, porque de la calidad de su aprendizaje
dependerá su proyecto de vida y la mejora de su entorno.
Afortunadamente, las maestras y maestros tienen libertad, pueden
ser -si se lo proponen- educadores con personalidad creativa,
pensamientos y actitudes positivas.
La
profesión es compleja, dinámica y gratificante.
Significa vocación de servicio, una tarea humana, noble
y digna; no un empleo común, cuyo salario compensa la
jornada laboral; más que un trabajo, es crecimiento personal,
un acto de amor y de perfectibilidad humana. Ninguna tableta
o vitamina dosifica los nutrientes del saber; es la educación
y la espiritualidad para modelar la vida del ser humano, lo
que distingue el ejercicio de esta profesión de cualquier
actividad laboral.
Dignificar
la profesión docente corresponde a cada educador; los
aumentos salariales son incentivos, no garantizan mejora en
el crecimiento humano. Un cheque sí vale, su importe
puede ser menor o mayor según la experiencia personal,
no por el valor de la moneda, sino por el valor ético
que representa para el mentor, porque los miles de pesos no
equivalen a las alegrías, triunfos, fracasos, aprendizaje
y diplomas de los alumnos, su valor es incalculable. El mejor
reconocimiento viene de los alumnos, de los padres, del pueblo
y la comunidad a la que se sirve, del respeto; no por los años
de servicio a la educación pública o por el tiempo
de haber devengado un sueldo, sino por haber sido un ¡Maestro
Extraordinario!
El
día del maestro es la celebración diaria en el
aula. Es el motivo para decir con pasión: “Creo
en mi profesión, en la belleza del trazo de las primeras
letras, en la sonrisa del pequeño, en el aprendizaje
de mis alumnos. Creo en mi misión, en la excelencia y
en la sabiduría”.
Si
tiene algo para celebrar el 15 de mayo. Felicidades.
San
Francisco de Campeche, Cam. 13 de mayo de 2010. |