Calkiní, 13 de mayo de 2010
 
Día del Maestro. Razones para dignificar la profesión

Por Teresita Durán Vela

 

En 1918, con la aprobación del Presidente de la República, Don Venustiano Carranza, se instituyó el 15 de mayo como “Día del maestro”. Una fecha que, desde entonces, se convirtió en el tópico de homenajes y festejos en honor a quienes ejercen esa profesión. Aquella iniciativa, presentada por los diputados del Congreso, Gral. Benito Ramírez, y Dr. Enrique Biseca Lobatón, fue una forma de reconocer la noble labor de las mujeres y hombres entregados a tareas de alfabetizar, educar a la niñez, acercar a las comunidades otros paradigmas culturales, llevar la luz del conocimiento y entregar la llave para el estudio. Esos tiempos quedaron atrás.

 

Al paso de tantas décadas, las condiciones socioculturales en las comunidades se transformaron; es cierto, que aún existen poblaciones sin indicios de progreso, sin los mínimos servicios públicos: escuelas, hospitales, parques, servicio de electricidad, etc… Contrariamente, datos estadísticos en los informes gubernamentales, afirman que el número de escuelas y maestros ha aumentado; ese indicador muestra el incremento en la cobertura de la educación básica, el crecimiento de la planta docente, una variable para explicar el ingreso e inscripción de más menores en edad escolar.

Las políticas educativas han atendido aspectos claves: ingreso, permanencia escolar, infraestructura, formación inicial a maestros, actualización y capacitación, aumentos salariales, entre otros. En educación, el cambio es parte de los procesos de desarrollo y mejora. Quienes ejercieron la docencia antes y después del México revolucionario, enfrentaron otras circunstancias. El reconocimiento social fue evidente. Los profesores de finales del siglo XX tuvieron un entorno particular; los que eligieron esta carrera profesional y se incorporaron a las filas del magisterio en la primera década del siglo XXI, están experimentando exigencias de una educación basada en competencias; la brecha generacional entre colegas marca diferencias y hace coincidir en la misma sintonía: educar para la vida.

¿En qué momento cambió la cultura laboral de los educadores? ¿A qué se debe el predominio de actitudes de conformismo, pasividad y mediocridad en algunos integrantes del gremio magisterial? ¿Dónde están los maestros extraordinarios? ¿Por qué algunos mentores desecharon los valores y principios éticos de la profesión? ¿Cuáles son las expectativas de la sociedad en la actualidad? ¿Estarán dispuestos los profesores a marcar la diferencia, a tener expectativas de realización personal y ser excelentes? Estos son algunos cuestionamientos que invitan a reflexionar sobre el valor de la misión del ser maestro.

Para las personas que dedican gran parte de su tiempo a esta tarea, alguna vez se han preguntado: ¿Por qué soy maestro? ¿Qué es un maestro? ¿Cuál es mi misión? ¿Cómo me veo en esta profesión dentro de 10, 20 ó 30 años de servicio? Responder a estas preguntas, un intento de una autoevaluación; una reflexión honesta y personal, que permita reconstruir sus paradigmas, darse cuenta de sus competencias (sé que sé, sé y necesito saber) e incompetencias (sé que no sé o no sé que no sé). El maestro tienen el potencial natural para aprender, sus conocimientos no son absolutos ni estáticos, el aprendizaje permanente es una constante en la vida. Además de conocimientos, tiene actitudes para comprender situaciones y resolverlas; sus valores éticos aseguran su autenticidad; la voluntad favorece disciplina y tenacidad para convertirse en el profesionista exitoso. Y, desde luego, un ser con sensibilidad, lo convierte en la persona humilde y generosa, porque sabe que su hacer contribuye al saber, hacer y ser de otras personas. Favorece la formación del ciudadano del presente y del mañana; educar a los niños de este siglo, porque de la calidad de su aprendizaje dependerá su proyecto de vida y la mejora de su entorno. Afortunadamente, las maestras y maestros tienen libertad, pueden ser -si se lo proponen- educadores con personalidad creativa, pensamientos y actitudes positivas.

La profesión es compleja, dinámica y gratificante. Significa vocación de servicio, una tarea humana, noble y digna; no un empleo común, cuyo salario compensa la jornada laboral; más que un trabajo, es crecimiento personal, un acto de amor y de perfectibilidad humana. Ninguna tableta o vitamina dosifica los nutrientes del saber; es la educación y la espiritualidad para modelar la vida del ser humano, lo que distingue el ejercicio de esta profesión de cualquier actividad laboral.

Dignificar la profesión docente corresponde a cada educador; los aumentos salariales son incentivos, no garantizan mejora en el crecimiento humano. Un cheque sí vale, su importe puede ser menor o mayor según la experiencia personal, no por el valor de la moneda, sino por el valor ético que representa para el mentor, porque los miles de pesos no equivalen a las alegrías, triunfos, fracasos, aprendizaje y diplomas de los alumnos, su valor es incalculable. El mejor reconocimiento viene de los alumnos, de los padres, del pueblo y la comunidad a la que se sirve, del respeto; no por los años de servicio a la educación pública o por el tiempo de haber devengado un sueldo, sino por haber sido un ¡Maestro Extraordinario!

El día del maestro es la celebración diaria en el aula. Es el motivo para decir con pasión: “Creo en mi profesión, en la belleza del trazo de las primeras letras, en la sonrisa del pequeño, en el aprendizaje de mis alumnos. Creo en mi misión, en la excelencia y en la sabiduría”.

Si tiene algo para celebrar el 15 de mayo. Felicidades.

San Francisco de Campeche, Cam. 13 de mayo de 2010.

 
 
 
 
Fuente: Texto enviado por Teresita Durán Vela; 13/05/2010 // Fotos: Santiago Canto Sosa; 2004