Calkiní, 17 de marzo - 19 de abril de 2010
 
Texto de Tsubasa Okoshi Harada. Presentación del "Códice de Calkiní"
 
 

Quizás sea cierto que el autor no debe hablar de su obra, puesto que los trabajos una vez publicados comienzan a encaminarse solos y cobran vida propia, de manera que se someten al juicio e interpretación particular de sus lectores.

Es por ello que, amable auditorio, permítanme hablar por última vez sobre algunas facetas de mi propia experiencia a lo largo del estudio y la elaboración del libro que hoy se presenta.

Dr. Tsubasa Okoshi Harada (17/03/2010)
 

Era octubre de 1982 cuando en la Universidad de Yucatán celebramos un seminario sobre la organización política de los mayas yucatecos del Posclásico. Algunos colegas comentaron sobre las fronteras entre las provincias prehispánicas de Ah Canul y de Maní diciendo que topónimos como Tzemez Akal y Xicinchah, mencionados en el Códice de Calkiní, todavía conservaban sus nombres originales. Fue una sorpresa para mí, pues nunca imaginé que el “pasado” descrito en el Códice se mantuviese “vivo” hasta el día de hoy.

De ahí surgió mi interés sobre este documento y a finales de ese mismo año y durante el año siguiente, realicé con Sergio Quezada de la Universidad Autónoma de Yucatán, varios trabajos de campo. Tuvimos experiencias inolvidables en varios lugares. Por ejemplo, cuando llegamos agotados de cansancio y de sed a la sabana de Chanap, un paisaje que jamás habíamos apreciado nos sorprendió. En una llanura cubierta de plantas de baja estatura con algunos árboles aquí y acullá, soplaba un viento tierno que me hizo olvidar rápidamente el agotamiento. Desde el cerro de Kochyol, se apreciaba una frondosa llanura donde seguramente los mayas cultivaban sus milpas… De esta manera, logré identificar aproximadamente 75% de los topónimos mencionados en el Códice, trabajo que me cautivó completamente en su mundo. A partir de ese momento inicié mis estudios comenzando por el aprendizaje de la metodología del análisis filológico de los textos mayas coloniales, aunado a la investigación histórica de este documento. Su resultado fue presentado como mi tesis doctoral en 1993.

En el otoño de 1999, cuando las hojas coloreadas de los árboles iluminaban las calles, me encontraba en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, New Jersey, E.U. Es ahí donde se conserva el manuscrito original del Códice. El amable bibliotecario me trajo en una carpeta el Códice descosido. No pueden imaginar la emoción que esto me causó. De inmediato, inicié el cotejo con la transcripción que había hecho en mi tesis doctoral. Para vergüenza mía, encontré muchos errores de la misma que implicaba la necesidad urgente de cambiar mi traducción al español. Pero la importancia de trabajar con el original radica en que uno va a encontrar rasgos que no se podrían apreciar en copias de ningún tipo. Uno de ellos fue la presencia de una marca de agua en los papeles del Códice. Se trataba de un instrumento musical, quizás un clarinete, dentro de un cartucho ovalado. Como bien se sabe, las filigranas o marcas de agua del papel ofrecen datos sobre su fabricante así como la fecha aproximada de su elaboración. ¡Victoria! Regresando a México, comencé a buscar libros sobre el tema para identificar la marca de agua que traía el Códice. Pero la realidad era cruel… No logré encontrar dato alguno y en ese momento nunca me imaginé que iba a hallar la respuesta años más tarde en las lejanas tierras del país del sol naciente.

Marzo de 2004, por fin logré someter a dictamen el libro concluido. Según yo, el libro ya estaba listo. Pero mi colega, la Dra. María del Carmen León, hábilmente detectó que le faltaba algo sustancial: yo no mencionaba nada de aquellos dos textos que tienen la fecha del siglo XIX. A propósito los ignoré, pues en ese momento todavía consideraba el Códice como una reliquia del pasado prehispánico y discriminé esos dos textos como los causantes de “ruidos” que yo era incapaz de explicar. Pero tenía que responder a sus comentarios y me puse a leer la “Crónica de Maní”, otro documento inédito, que contiene un mapa de Calkiní y deduje que podría encontrar algo más en ella.

Meses después de la lectura y estudio minucioso de la “Crónica”, estaba yo más que agradecido con mi amiga. Justamente allí estaba la clave para comprender cuándo fue compilado el Códice y cómo había sido utilizado a lo largo de la época colonial, inclusive hasta el año de la Independencia. Es decir, me enfrentaba ante un documento colonial que permite reconstruir su uso siglo por siglo y supe que el manuscrito que nos llegó fue una copia elaborada en 1800. En ese año, para resolver problemas de los límites con Santa Elena Nohcacab, la autoridad de Calkiní presentó esta copia ante el protector de los indios, Agustín Crespo.

Este descubrimiento me obligó a reescribir todo el estudio introductorio del libro, por lo que hasta marzo de 2006 logré entregarlo de nuevo al Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

A partir de abril del mismo año, empecé otra etapa de mi vida laborando en una universidad japonesa. El cambio ha sido muy duro y la añoranza por México, hasta el día de hoy, persiste. Pero uno de los frutos que jamás había imaginado obtener fue la respuesta sobre la filigrana del papel del Códice. En el Museo de Papel en Tokio, una curadora me señaló algunas páginas de internet sobre el tema y en la del Instituto de Arte de la Universidad de Holanda, por fin encontré esa marca en el papel que fue utilizado por un pintor italiano del siglo XVIII. Era papel fabricado en ese siglo ¡en Italia! No se sabe a ciencia cierta cómo había llegado a manos del cabildo de Calkiní, pero ese dato fue el último que incorporé a la galera del Códice.

Parte de la elaboración del libro del Códice de Calkiní se entrecruza, de esta manera, con mi vida académica. Desde hoy en adelante, este libro va a tomar su propio camino. Considero que es un documento colonial de gran importancia no solamente por ofrecernos informaciones detalladas sobre la organización sociopolítica prehispánica de la provincia de los Canul, sino también junto con la “Crónica de Maní”, es un testigo de la vida colonial que tuvo el cabildo indígena de Calkiní.

Al terminar mis palabras, hago patente mi profundo agradecimiento al Prof. Carlos Sanguino Carril, Presidente Municipal de Calkiní, Prof. Arturo Raviada Castillo, Director de la Casa de la Cultura, Prof. Álvaro Maas Toledo, Coordinador del Evento del Bicentenario, Prof. Juan Luis Polanco Maas, Jefe del Depto. de la Cultura del H. Ayuntamiento, Diputada Silvia Avilés Rivera, Prof. Santiago Canto Sosa, Dr. José Estrada Mijangos y don Jorge Miguel Cocom Pech, poeta y ensayista en lengua maya, quienes hicieron posible la realización de este magno evento que ha sido la presentación del libro Códice de Calkiní. Asimismo, agradezco a todas aquellas personas que de una u otra forma me enseñaron su sabiduría del pasado y presente en diferentes momentos y lugares del Municipio de Calkiní. Finalmente, no por ello menos importante, deseo expresar a todos ustedes aquí presentes mi agradecimiento por habernos acompañado el día de hoy. Esperando que con este libro haya logrado devolver por lo menos algo mínimo a ustedes, de quienes tanto he aprendido, termino mis palabras. Muchas gracias a todos y muy buenas noches.

 
 
Fuente: Texto enviado por Tsubasa Okoshi Harada, el 6 de abril de 2010/ Foto: Santiago Canto Sosa