Era
octubre de 1982 cuando en la Universidad de Yucatán celebramos
un seminario sobre la organización política de
los mayas yucatecos del Posclásico. Algunos colegas comentaron
sobre las fronteras entre las provincias prehispánicas
de Ah Canul y de Maní diciendo que topónimos como
Tzemez Akal y Xicinchah, mencionados en el Códice de
Calkiní, todavía conservaban sus nombres originales.
Fue una sorpresa para mí, pues nunca imaginé que
el “pasado” descrito en el Códice se mantuviese
“vivo” hasta el día de hoy.
De
ahí surgió mi interés sobre este documento
y a finales de ese mismo año y durante el año
siguiente, realicé con Sergio Quezada de la Universidad
Autónoma de Yucatán, varios trabajos de campo.
Tuvimos experiencias inolvidables en varios lugares. Por ejemplo,
cuando llegamos agotados de cansancio y de sed a la sabana de
Chanap, un paisaje que jamás habíamos apreciado
nos sorprendió. En una llanura cubierta de plantas de
baja estatura con algunos árboles aquí y acullá,
soplaba un viento tierno que me hizo olvidar rápidamente
el agotamiento. Desde el cerro de Kochyol, se apreciaba una
frondosa llanura donde seguramente los mayas cultivaban sus
milpas… De esta manera, logré identificar aproximadamente
75% de los topónimos mencionados en el Códice,
trabajo que me cautivó completamente en su mundo. A partir
de ese momento inicié mis estudios comenzando por el
aprendizaje de la metodología del análisis filológico
de los textos mayas coloniales, aunado a la investigación
histórica de este documento. Su resultado fue presentado
como mi tesis doctoral en 1993.
En el otoño de 1999, cuando las hojas coloreadas de los
árboles iluminaban las calles, me encontraba en la Biblioteca
de la Universidad de Princeton, New Jersey, E.U. Es ahí
donde se conserva el manuscrito original del Códice.
El amable bibliotecario me trajo en una carpeta el Códice
descosido. No pueden imaginar la emoción que esto me
causó. De inmediato, inicié el cotejo con la transcripción
que había hecho en mi tesis doctoral. Para vergüenza
mía, encontré muchos errores de la misma que implicaba
la necesidad urgente de cambiar mi traducción al español.
Pero la importancia de trabajar con el original radica en que
uno va a encontrar rasgos que no se podrían apreciar
en copias de ningún tipo. Uno de ellos fue la presencia
de una marca de agua en los papeles del Códice. Se trataba
de un instrumento musical, quizás un clarinete, dentro
de un cartucho ovalado. Como bien se sabe, las filigranas o
marcas de agua del papel ofrecen datos sobre su fabricante así
como la fecha aproximada de su elaboración. ¡Victoria!
Regresando a México, comencé a buscar libros sobre
el tema para identificar la marca de agua que traía el
Códice. Pero la realidad era cruel… No logré
encontrar dato alguno y en ese momento nunca me imaginé
que iba a hallar la respuesta años más tarde en
las lejanas tierras del país del sol naciente.
Marzo de 2004, por fin logré someter a dictamen el libro
concluido. Según yo, el libro ya estaba listo. Pero mi
colega, la Dra. María del Carmen León, hábilmente
detectó que le faltaba algo sustancial: yo no mencionaba
nada de aquellos dos textos que tienen la fecha del siglo XIX.
A propósito los ignoré, pues en ese momento todavía
consideraba el Códice como una reliquia del pasado prehispánico
y discriminé esos dos textos como los causantes de “ruidos”
que yo era incapaz de explicar. Pero tenía que responder
a sus comentarios y me puse a leer la “Crónica
de Maní”, otro documento inédito, que contiene
un mapa de Calkiní y deduje que podría encontrar
algo más en ella.
Meses después de la lectura y estudio minucioso de la
“Crónica”, estaba yo más que agradecido
con mi amiga. Justamente allí estaba la clave para comprender
cuándo fue compilado el Códice y cómo había
sido utilizado a lo largo de la época colonial, inclusive
hasta el año de la Independencia. Es decir, me enfrentaba
ante un documento colonial que permite reconstruir su uso siglo
por siglo y supe que el manuscrito que nos llegó fue
una copia elaborada en 1800. En ese año, para resolver
problemas de los límites con Santa Elena Nohcacab, la
autoridad de Calkiní presentó esta copia ante
el protector de los indios, Agustín Crespo.
Este descubrimiento me obligó a reescribir todo el estudio
introductorio del libro, por lo que hasta marzo de 2006 logré
entregarlo de nuevo al Centro de Estudios Mayas del Instituto
de Investigaciones Filológicas de la UNAM.
A partir de abril del mismo año, empecé otra etapa
de mi vida laborando en una universidad japonesa. El cambio
ha sido muy duro y la añoranza por México, hasta
el día de hoy, persiste. Pero uno de los frutos que jamás
había imaginado obtener fue la respuesta sobre la filigrana
del papel del Códice. En el Museo de Papel en Tokio,
una curadora me señaló algunas páginas
de internet sobre el tema y en la del Instituto de Arte de la
Universidad de Holanda, por fin encontré esa marca en
el papel que fue utilizado por un pintor italiano del siglo
XVIII. Era papel fabricado en ese siglo ¡en Italia! No
se sabe a ciencia cierta cómo había llegado a
manos del cabildo de Calkiní, pero ese dato fue el último
que incorporé a la galera del Códice.
Parte de la elaboración del libro del Códice de
Calkiní se entrecruza, de esta manera, con mi vida académica.
Desde hoy en adelante, este libro va a tomar su propio camino.
Considero que es un documento colonial de gran importancia no
solamente por ofrecernos informaciones detalladas sobre la organización
sociopolítica prehispánica de la provincia de
los Canul, sino también junto con la “Crónica
de Maní”, es un testigo de la vida colonial que
tuvo el cabildo indígena de Calkiní.
Al terminar mis palabras, hago patente mi profundo agradecimiento
al Prof. Carlos Sanguino Carril, Presidente Municipal de Calkiní,
Prof. Arturo Raviada Castillo, Director de la Casa de la Cultura,
Prof. Álvaro Maas Toledo, Coordinador del Evento del
Bicentenario, Prof. Juan Luis Polanco Maas, Jefe del Depto.
de la Cultura del H. Ayuntamiento, Diputada Silvia Avilés
Rivera, Prof. Santiago Canto Sosa, Dr. José Estrada Mijangos
y don Jorge Miguel Cocom Pech, poeta y ensayista en lengua maya,
quienes hicieron posible la realización de este magno
evento que ha sido la presentación del libro Códice
de Calkiní. Asimismo, agradezco a todas aquellas personas
que de una u otra forma me enseñaron su sabiduría
del pasado y presente en diferentes momentos y lugares del Municipio
de Calkiní. Finalmente, no por ello menos importante,
deseo expresar a todos ustedes aquí presentes mi agradecimiento
por habernos acompañado el día de hoy. Esperando
que con este libro haya logrado devolver por lo menos algo mínimo
a ustedes, de quienes tanto he aprendido, termino mis palabras.
Muchas gracias a todos y muy buenas noches.
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