Calkiní, 13 de marzo de 2007
 
Don Elías Castro, empírico difusor de la lectura en Dzitbalché
 

Un día en la “biblioteca” del mercado

 

“Yo he llegado a media mañana a

este pueblecillo sosegado y claro, el

Sol iluminaba la ancha plaza, unas

sombras azules, frescas, caían de

las casas bañando las puertas”

José Martínez Ruiz “Azorín”. Literato español.

Elías Castro Ascencio, empírico difusor de la sana lectura en Dzitbalché, en foto del año 1961
 

LA CULTURA POPULAR

La cultura popular se nutre de la vida cotidiana de la gente, específicamente de sus quehaceres rutinarios; modos de vida y todo aquello que en algún momento tiene la chispa de la trascendencia.

Sin embargo, no todas las manifestaciones de la cultura del pueblo tienen el privilegio de permanecer vigentes a través de muchas generaciones e incluso siglos, como lo son determinadas costumbres y tradiciones con mucho arraigo, pilares culturales de las masas.

 

LA “BIBLIOTECA” DEL MERCADO

La lectura es un importante factor que al convertirse en un hábito de vida conduce al individuo al desarrollo de sus competencias comunicativas.

La insuficiente consolidación del hábito de la buena lectura, es uno de los grandes problemas que afronta la educación en México.

No simplemente los niños no leen lo necesario, sino lo que es peor, éstos no pueden tomar el ejemplo de sus maestros, porque ellos tampoco cultivan el gusto por lectura.

Las competencias comunicativas de cada individuo son: hablar, escuchar, leer, escribir.

Leemos por obligación, porque así lo señala o determina la normatividad de la escuela; como parte de nuestra responsabilidad no podemos dejar de llevarla a cabo. Pero, fuera de las aulas y del ámbito laboral, ¿leemos los maestros?, ¿qué tipos de textos leemos?, ¿en qué cantidad lo hacemos?

Estas incómodas preguntas dejan al descubierto el Talón de Aquiles de la enseñanza básica. Obviamente, esta afirmación es una generalidad; pues hay muchos y buenos maestros que están en constante actualización pedagógica y que, además, son buenos lectores de la cultura universal. Pero, el grueso del gremio magisterial arrastra este problema que tampoco es exclusivo de los maestros, sino que incluye a profesionistas de diversas disciplinas.

En el caso de los docentes, ¿cómo podríamos entonces formar niños lectores, si nosotros mismos estamos casi al margen de esta actividad? Solamente es posible conducir a los niños rumbo al maravilloso mundo de la lectura, estando los maestros inmersos en esta fuente inagotable del saber.

Veamos el caso de una peculiar “biblioteca” infantil que ahora descansa en el viejo cofre de los recuerdos.

Corría el año 1960 cuando los señores Elías Castro Ascencio y Margarita Perera Quijano, un matrimonio de mediana edad, arribaron a Dzitbalché con el propósito de quedarse y dedicarse al comercio.

La autoridad del pueblo les concesionó una hilera de tres mesas de granito en el interior del mercado público. Enseguida surtieron su miscelánea en la que se podía conseguir casi de todo; brillantina, Palmolive, alfileres, “plumas”, lápices, cuadernos, libretas, “filos”, peines, pañuelos, maquillaje “Ángel face”, cinturones de piel y hasta trastes de loza. Mas esa variedad de productos no era la que mejores ganancias le dejaba a esta pareja de yucatecos.

Aprovechando la cercanía de la principal escuela primaria de la villa, mientras doña Margarita se quedaba al frente de su microempresa, el Sr. Castro viajaba cada semana a la ciudad de Mérida, donde compraba mercancías diversas para surtir su negocio. Curiosamente, su mejor clientela era la población escolar que esperaba con ansias la llegada del surtido de “cuentos” o revistas que deleitaban a niños que, incluso se privaban de comprar golosinas para así poder leer su revista favorita.

En los años sesenta, los alumnos de primaria asistían a clases en horario discontinuo. En la mañana, la entrada era a las ocho y la salida a las once del día. Nuevamente se reiniciaba la actividad escolar de las tres hasta las cinco de la tarde.

Durante el recreo, que era de las diez hasta las diez treinta horas, los alumnos podían salir a la calle. Una gran cantidad de niños llenaba prácticamente los espacios que circundaban la tienda de don Elías y doña Margarita, quienes desde temprana hora ponían en exhibición los “cuentos” nuevos colgándolos en una soga delgada, y sujetados con prendedores de ropa.

Largas hileras de niños, en su mayoría varones, se formaban en el pasillo, exactamente frente a la miscelánea. Daba la impresión de estar observando el interior de una biblioteca. Todos leían ávidamente su título preferido; los que no tenían los diez centavos para el alquiler, se juntaban con algún amigo que en ese momento disfrutaba de la lectura y entre los dos se adentraban en ese mundo mágico.

El encanto de la alegría infantil bullía en el puesto de don Elías después de la salida de clases, en la mañana y en la tarde. Para hacer rendir el dinero, los muchachos se intercambiaban las revistas furtivamente. De ese modo leían dos “cuentos” al precio de uno.

Cuando don Elías o doña Margarita detectaban a algún “colgado” leyendo gratis, o haciendo la trampa del intercambio, reprendían a los osados clientes. El establecimiento era prácticamente una biblioteca escolar en el mismo interior del mercado, convirtiéndose por muchos años en una escena familiar para los habitantes de Dzitbalché.

Fuera de las aulas, la “biblioteca” de don Elías se convirtió en la única fuente de sano entretenimiento y creó en muchos niños el buen hábito por la lectura.

¿Cuál es la diferencia entre aquellas revistas y las que ahora circulan?

La diferencia es abismal por el simple hecho de que añoramos los “cuentos” que no contenían excesiva violencia como tampoco ilustraciones obscenas, mucho menos contenían lenguaje soez, característica que identifica lamentablemente a los pasquines y revistas amarillistas que hoy se venden abierta y descaradamente en la vía publica, ante la mirada complaciente de las autoridades. Estas son sencillamente las grandes diferencias entre la lectura popular del ayer y la de hoy.

Los que hoy en día peinan moderada cantidad de hilos de plata en sus sienes, seguramente recuerdan los títulos que entusiasmaban a chicos y grandes. He aquí algunos ejemplos:

Kalimán el Hombre Increíble, Memín Pingüin, Lágrimas y Risas, Susi; estas dos anteriores tenían más preferencia entre el sexo débil; el Llanero Solitario, Tawa, Tarzán el Hombre Mono, Batman y Robin y Supermán.

No es posible dejar de enumerar a otros personajes que también entraban en la pelea de preferencias, tales como Santo el Enmascarado de Plata, el Valiente, el Pájaro Loco, Popeye el marino, El Pato Donald, Vidas Ejemplares, Lassie, Epopeyas, Red Rider y Roy Rogers.

En aquella época no existían medios electrónicos de comunicación masiva como las hay actualmente. La televisión es la excepción, pero estaba restringida para la mayoría de la población. Por ello, la niñez y la juventud de antaño se volcaban a la única fuente disponible y esa era la famosa biblioteca de don Elías Castro.

 

EL FINAL

Como todo en la vida, lo que tiene un principio, llega algún día a su final. Para 1978, la salud del “bibliotecario de los niños” se deteriora rápidamente y fallece en Mérida el 10 de septiembre de ese mismo año. Al quedar viuda, doña Margarita traslada el negocio a su domicilio en la calle 20 s/n. Esto significó la desaparición de la “biblioteca” del mercado que por muchos años dio entretenimiento y buena lectura a las generaciones de antaño. Lo que ayer fue actividad cotidiana hoy es historia. Así es la vida.

 
 
Fuente: Texto y fotos, enviados por Jorge Tun Chuc; 13 de marzo de 2007