Calkiní, 19 de febrero de 2019
 
Sijó, una estancia agonizante
 
 

Dos almas, conjugando 186 años de existencia; Armando Berzunza Quintal, calkiniense de 95 años; y Gloria Medrano Castañeda, defeña, de 91. Habitan en impactante soledad la antigua estancia agrícola y ganadera conocida popularmente en Calkiní como Sijó, ya perdidos sus antiguos fulgores, ubicada detrás del Fraccionamiento Las Flores. Hoy sólo se entrevé en su vientre cenizas de aquel patrimonio del primer dueño don Paulino Berzunza quien le heredó a su hijo don Román Berzunza Ramón, hermano menor del ilustre y recordado don Carlos Berzunza Ramón.

Aquellos instrumentos que fueron usados para su funcionamiento y producción, ahora, inutilizados en la caliza de la memoria del tiempo: el pozo  cubierto de láminas oxidadas y la noria, elevadora de agua, en manos de personas ávidas de trofeos antiguos;  los canales de riego, carcomidos por Cronos; la desfibradora rústica de henequén, sólo las siluetas de mampostería, empapadas de añoranzas; los corrales  de ovinos y vacunos sólo se avistan parte  de los muros y la entrada; la tierra fraccionada y vendida en su totalidad; las sombras sin huellas de esas canchas de tenis de tierra apisonadas  en remolinos del olvido, en fin, una estancia que únicamente mantiene  su viejo nombre en la boca de la gente y como punto de referencia para los desorientados en la búsqueda de la Rosa de los Vientos.

Don, Armando, es un hombre trabajador y lo presume sin medias tintas: constructor, campesino cultivador de achiote, calero artesanal, chiclero, comerciante y un buen hijo porque nunca dejó al desamparo a su madre a quien amó inconmensurablemente, doña Manuela Quintal Sosa. En la plática que sostuve con el hombre me repetía incesantemente: “Todo lo que ganaba se lo entregaba íntegramente a mi señora madre”.

Doña Manuela era una mujer voluminosa, ganadora de espacios, que no se medía en el uso de las palabras altisonantes, que no era costumbre en las mujeres del ayer, en contraste, con don Román que era físicamente una molécula perdida en un núcleo desabrido, endeble y además, tacaño en el hablar. Aún me acuerdo de él con aquel paliacate rojo enroscado como una ochcán en su garganta, un sombrero y un látigo en la mano, cabalgando un hermoso corcel en cabriolas junto al edificio actual de la Casa de Cultura, antes el hospital comunitario con su inolvidable enfermera doña Eva del mismo calibre que ella.

Esa mujer de mis años infantiles, ocupa un espacio especial en mis recuerdos ya que me tuvo un gran aprecio; evocaciones escritas con ese añil paliceño de palo de tinte explotado por los hispanos durante la Colonia. Era originaria de Dzitbalché y hermanita de don Nel Quintal, un viejecito muy reverenciado por sus hijos, Matilde,Felipe y el “Negro”, que en sus saludos matutinos y vespertinos le besaban el dorso de la mano a su padre como en los viejos tiempos del vals francés. Antes, el olvido de esta costumbre por parte del hijo, se le recordaba con una espléndida cachetada.

Un domingo 5 de marzo de este año me animé a entrevistarlo por ese deseo implacable de perpetuar todo lo relacionado con mi tierra, ya que él forma parte de ese peculio cultural calkiniense.

“Atravieso una avenida adosado de árboles gigantes. A gritos anuncio mi visita, una reja de por medio, y la casona como a 30 metros de distancia. Escucho en la lejanía una voz de mujer grande, una voz cascada de 91 inviernos que me invita a entrar y me recuerda cerrar la reja.

Alguna vez conocí la casa y fue por la compra de huanos para mi jacal de descanso, así que recogí mis pasos del ayer y los devolví y acomodé en ese lugar del ahora y me fui al asunto que me llevó a ese compromiso para conocer experiencias y caminos nuevos andados por aquel anciano viajero, don Armando Berzunza Quintal.

Quise saludarlo, pero su mano derecha no me encontraba; su mirada era vaga, imprecisa. “Está ciego por culpa de las cataratas, me aclaró su esposa, nunca quiso operarse” Lo vi alto y desgarbado, la piel cetrina, ahora sin bigotes pegados, y sin el sombrero negro, su compañero infalible, que siempre traía puesto en la cabeza. Las arrugas casi invisibles, la genética de la piel tensa, crasa, sin hacer caso de la edad.

 
 

Solté de un tirahulazo las palabras previas para presentarme y hacerle recordar a su memoria que era conocido suyo. No me hizo caso y se desbarató en sus vivencias, a veces en una retahíla de expresiones coherentes y en otras, disparatadas. Tenía que hilvanarlas o me las aclaraba mi traductora doña Gloria.

Somos tres hermanos: yo, Hugo y León con el mote de Malanga, a este último logré escuchar, alguna vez, su apodo, entre la gente más sazona que yo.

Y me empezó a describir, sin delicadeza, cada uno de sus atributos de paseador, dicharachero, pendenciero y mujeriego, y la esposa, cállate, cállate. “No le haga caso, señor, son puras mentiras, inventos”. Y el proseguía. Sí, fui amigo de López Portillo, de Salinas y me venían a visitar en helicóptero para ir a cenar. Y qué decir de las mujeres que las tenía a montón…cállate Armando… Aquí descubrí, en esta tierra, a muchas mujeres, teniendo relaciones con todas…cállate Armando, protestaba una cansada voz que se iba apagando, y a punto de morir en la desesperación por causa de aquella otra voz que se solazaba en la vanidad senil.

Obviamente, las luces del entendimiento se le iban por momentos y luego recobraba el camino. Mi abuelo don Paulino fue dueño de varias estancias; Sijó, Santa Elena, K’achaltún y Ch’ich’imuc. Era español de rancia cepa. Este terreno yo lo trabajé con mi padre y lo sostuve con mis chicles, este edificio que usted ve, yo lo construí; y cambiaba de repente la dirección del timón y continuaba: tenemos cuatro hijas y nos quedan dos vivas, Eugenia y Marianela; Eugenia la de Mérida nos viene a visitar cada quince días.

Yo conocí Calkiní cuando no había doctores nada más curanderas; aquí entre nos hay un médico muy conocido que me aprecia mucho y me dice papá de cariño y yo le digo que no lo vuelva a decir porque podría tener problemas con su padre; fui chiclero y traje mucho dinero y una buena parte lo gasté en viejas en la ciudad de Mérida. Y a mi mujercita bella   me la traje de México sin el consentimiento de su madre, cállate armando, arrugas en el entrecejo, miradas asesinas como último reclamo…; y aquí viven muchas brujas, pero no les tenemos miedo, y a veces me quieren llevar como hombre; una vez encontré a muchas mujeres y hombres, enterradas sus osamentas en posiciones copulatorias, les pegó un rayo en pleno acto sexual; cállate Armando y él continúa con su lengua procaz y fantasmagórica; ahora ya no repiquetea la voz sino un bastón que golpea y repite continuamente  cada vez que surge un invento.”  Y la otra voz, ni en cuenta, tiene cuerda para rato.

Pedí permiso para tomar algunas fotografías de la estancia para guardarlas en la memoria histórica de mi tierra y antes de despedirme quise obsequiarle algo, más no fue aceptado, una muestra contundente de un pasado pleno de orgullo. Un terreno yermo, un desierto sahárico, rescoldos de un pasado en plenitud de glorias.

Me despedí, y nuevamente se me resbaló la mano del hombre, mientras otra voz de mujer me recomendaba: “No olvide cerrar la reja, señor.”

Destrabé el pasador de la puerta de hierro, volví la nostálgica mirada hacia aquella vivienda llena de mohos y recuerdos y me dije: “Retazos de historia de la genética agazapada hispana, de encomiendas, de iglesias, de franciscanos, de tributos, de estancias y haciendas y de dolor mestizo.

Algún día nos reencontraremos, don Armando y doña Gloria en la dimensión desconocida, mientras tanto les destino un espacio en mi memoria en donde grabaré con mis letras vivas o muertas las reminiscencias de mi tierra, tu tierra, jugador de las palabras; tu ciudad de Calkiní rica de costumbres, tradiciones y leyendas.

6 de marzo de 2017.

 
 
 
Texto y fotos: Enviados por Andrés Jesús González Kantún, el 18 de febrero de 2019