| PALABRAS
DE REYES
Igual
que los ríos van a la mar, las palabras van al
corazón cuando han salido de adentro. La piedad
popular capta de un modo intuitivo este tiempo: el valor
de la espiritualidad, el mensaje de solidaridad, el valor
sagrado de la vida, el valor de la alegría y de
la paz mesiánicas, el clima de sencillez, y de
pobreza, de humildad y de confianza en Dios, que envuelve
los acontecimientos del nacimiento del niño Jesús.
No menos indiferentes suele dejarnos el tradicional mensaje
del Rey, emitido al pueblo en la noche que se renueva
la Nochebuena de Belén con palabras para compartir,
en un momento en que la atmósfera es propicia para
hacernos pensar interiormente. Este año ha dedicado
su primer sentimiento, como es natural en todos sus discursos,
a cuantos padecen cualquier tipo de dolor. Algo que sólo
puede descifrarse por el camino del amor. Por eso es tan
vital huir de los sinsentidos, de la contradicción
y hacer de la solidaridad, más que una mera simpatía,
la raíz –como un ligazón de raíces-
que hace crecer el árbol de la vida. Necesitamos
de esa pasión amatoria.
Como
es de suponer, el Rey no se ha mordido la lengua y habló
tan profundo como claro. Dijo que España es una
gran Nación. En eso estamos. Un buen aviso para
navegantes. Lo que conlleva, según mi juicio de
valor, a una tarea que coloca a todos los responsables
a entenderse y comprenderse, ante un hermoso y no menos
exigente cometido de lograr una sociedad más justa,
que achique las galopantes desigualdades que percibimos
a poco que miremos alrededor nuestro; y así, permitir
a todos los ciudadanos realizarse plenamente. No hay que
bajar la guardia mientras un corazón se muera de
pena o la violencia nos asalte en cualquier esquina. Desde
esta perspectiva, es conveniente y saludable poner sobre
el tapete la incoherencia de ciertas tendencias de nuestro
tiempo actual que, mientras por un lado magnifican el
bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz
dignidades y derechos fundamentales tan precisos para
convivir como para vivir.
Nos
ha legado una clave el Rey: Recurrir al diálogo
responsable y sincero, dentro del respeto a nuestro marco
constitucional, utilizando los cauces institucionales
y democráticos, favoreciendo siempre el predominio
de lo que nos une, nunca de lo que nos pueda separar,
fomentando la concordia, el consenso y el respeto mutuo
que han hecho posible nuestra estabilidad y progreso.
Desde luego, las verdaderas conquistas sociales, o reconquistas
poéticas, son las que promueven y tutelan la vida
de cada uno y, al mismo tiempo, el bien común de
la sociedad. En este sentido, no le faltó fuerza
al Rey de todos los españoles para subrayar la
permanente necesidad de actuar todos unidos, con grandeza
de miras y espíritu solidario. Buena receta para
preservar y ensanchar la armónica convivencia.
Sólo la unidad vence las divisiones y multiplica
la esperanza. Sin duda, una España unida siempre
podrá afrontar mejor los numerosos y preocupantes
problemas que puedan surgir, o que han surgido ya por
querer parcelar reinados.
Si
en Navidad nuestro espíritu se abre a la esperanza
contemplando la gloria divina escondida en la pobreza
de un Niño envuelto en pañales y acostado
en un pesebre: es el Creador del universo reducido a la
impotencia de un recién nacido; también
las palabras del Rey, que reina pero no gobierna, nos
han puesto alas de concordia en el camino y un cielo de
sosiego para calmar posibles tempestades. Se agradece,
Majestad. A mayor ahondamiento en la paradoja de la Navidad,
descubrimos que la verdad nos hace libres y que el amor
transforma la existencia. Bajo esa misma hondura de singularidad,
yo he visto en las palabras del Rey, un deseo: redescubrirnos
a nosotros mismos y abrirnos a los más desfavorecidos
y vulnerables, que son los que más necesitan ser
escuchados y atendidos. En todo caso, la propuesta de
poner oído en el corazón del que nos llame
a su auxilio, me parece buena apuesta y oportuno relanzar
el amoroso sentido como sentimiento del alma.
|