Pérez Galaz nació en Mérida, el 10 de julio de 1915. Provino de una familia proletaria, por lo que muy joven trabajó para sostener su carrera de Licenciado en Derecho. En 1942 se recibió de Abogado en la Universidad de Yucatán. Fue Secretario Particular de Héctor Pérez Martínez, durante su gubernatura. Fue fundador y primer director del Archivo Público de nuestro Estado. Fundó también la biblioteca “Tomás Aznar Barbachano”; la del Museo Arqueológico, Histórico y Etnográfico en esta Entidad, y el Archivo General de Yucatán.
Su obra es fundamental. Además del Diccionario, escribió: “Reseña Histórica del Periodismo en Campeche”; “Catálogo de Documentos del Museo de Campeche”; “Campeche en la Cultura Maya”; “Monografía del Estado de Campeche”; “Bibliografía del Estado de Campeche”; “Manual de Archivonomía”, entre otros libros.
Falleció el 30 de mayo de 1988, en la capital yucateca y, según algunos de sus biógrafos, sus cenizas fueron arrojadas a la bahía campechana (como era su deseo).
En esta gama de cosas y de hombres ilustres, se vislumbra el quehacer acucioso de Pérez Galaz para llevar el pensamiento y la emoción hacia la textura de un volumen, que nos transporta a las entrañas del mar y de los baluartes. En casi cuatrocientas hojas, relató conceptos y acepciones preponderantes en el desarrollo de la “ciudad de las murallas”.
Entre líneas, la imaginación oye gritos de piratas atisbando la tierra, con sus catalejos de Viejo Mundo. Se escucha a los párvulos, en las aulas escolares, diseminar su llanto y su alegría al aprender la cartilla; las campanas de templos y capillas anuncian la entrada a misa en San Francisco. Y surge la voz de quienes entonaron por vez primera el himno campechano, a fines del siglo XIX.
Decía Edwar Carr, en una de sus obras, que “El historiador y los hechos de la historia son mutuamente necesarios. Sin sus hechos, el historiador carece de raíces; y los hechos, sin el historiador, muertos y faltos de sentido”. Y remarca que la historia es “Un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado”.
No puede olvidarse que lo que hoy tenemos es fruto de la tierra sembrada por nuestros padres y abuelos, que sin raíz no hay copa de árbol. Y siendo la historia un devenir perpetuo, debemos cavilar y apreciar el patrimonio que nos da el trabajo y, sobre todo, aquello que nos hace más humanos: la cultura.
El investigador de costumbres y sucesos de un pueblo registra archivos y añoranzas de gente que vivió o escuchó los pormenores de un sinnúmero de hechos y personajes notables. No basta con registrarlos, hay que manifestarlos con sencillez y con exactitud, porque los errores que aparezcan en las publicaciones serán heredados a quienes persiguen el tiempo con avidez y constancia.
En este Diccionario, cuya 1ª edición se confeccionó en 1944, por primera vez, se atesoran los momentos invaluables de sociedades, liceos, iglesias, literatos, gobernantes, lugares, etc. Cita fechas de edificios, monumentos y obituarios. Se da facilidad al manejo de las descripciones al ofrecer una amplia bibliografía en las páginas postreras.
Al entregarnos su amplia experiencia en este aspecto, Pérez Galaz ejemplifica el acontecer del territorio; señala diferencias entre ser pirata, bucanero o corsario. En la estatua de la India Mosquito cincela los versos del ingenio popular: “La india de la Alameda,/ tiene los pechos de fuera;/ no lo hace por sinvergüenza,/ sino por ser de madera”.
Narra la fundación del Obispado, las construcciones del Palacio de Gobierno, los parques citadinos, los pasos de Porfirio Díaz y de Carlota Amalia, los Puentes en los barrios; evoca leyendas del Judío Salomón, de Doña Inés de Saldaña; decreta en su lenguaje florido, títulos de villas y ciudades de pueblos importantes como Calkiní, Bolonchenticul, Isla del Carmen, etc. Esta es una muestra de lo que pertenece a Campeche, y que seguirá siendo de ella, si procuramos defender nuestra identidad.
Su genio narrativo conduce al lector por vericuetos frondosos. Lo lleva de la mano con recursos literarios y retóricos, dando satisfacción a su interés, sin egoísmo; todo lo contrario a lo que se palpa en periódicos y revistas de hoy, supuestamente abocados a la difusión cultural de nuestras comunidades.
Es meritoria, aún más, la realización de este Diccionario, porque el autor navegó entre una multitud de papeles y entrevistas para teclear en una máquina manual, muchas veces, el resultado de su esfuerzo inagotable. Ahora, las computadoras apoyan el esfuerzo investigativo. Con una adecuada redacción y el acceso a la Internet, se puede elaborar una enciclopedia de lo nuestro, en menos tiempo y con las mejores posibilidades de circulación entre los habitantes. Asimismo, las fotografías captadas por medio de cámaras digitales testifican los hechos ocurridos y por ocurrir con la mayor rapidez posible.
Sería conveniente que cada municipio cuente con un volumen parecido a éste, en el que se expongan crónicas y reseñas de instituciones y personas célebres, que de alguna manera se resguarden para la consulta de información en bibliotecas públicas. Que se vaya dejando testimonio de esta época para no correr el riesgo de perder datos fidedignos, que más adelante puedan ser imprescindibles.
Así como hoy se presenta este libro, ojalá próximamente se den a conocer legajos históricos, compilados por coterráneos dedicados a transmitir las causas y los efectos de la vida en Calkiní, desde tiempos distantes hasta los actuales.
Santiago Canto Sosa. Calkiní, Campeche, 24 de agosto de 2000. |