Narrativa
       

Ramón Tun Cab

 

El sabetólogo

 

Cualquier tema es bien conocido y fácil de discutir para Don Pánfilo Fernández, el hombre más popular del pueblo y a quien los jóvenes se acercan para aclarar sus dudas e inquietudes, en tanto que los niños le piden que les hable de cómo ganar en los distintos juegos aptos para su edad. Los mayores -hombres y mujeres, conocen demasiado a Don Pánfilo y cuando ven que se acerca a ellos se excusan y se despiden a sabiendas que, de quedarse, desocuparán sus quehaceres.

Don Pánfilo es un hombre de unos cincuenta años de edad, con el pelo entrecano, regordete, amplio de bigote, sonrosado cuando calienta el sol y de piel blanca cuando está a la sombra. Su vestimenta está formada por pantalones y camisa de color blanco, sombrero de paja, alpargatas con suela de cuero y atada con hilos de fibra de henequén a sus pies, su puro y un pañuelo al cuello, siempre de color rojo, que le da un carácter muy especial.

Quien desee saber algo, no tiene más que preguntar a cualquiera, ya sea un niño o  a un mayor, del paradero de Don Pánfilo, quien es el vocero del pueblo, no obstante que afirma no comunicar lo que le dicen. Siempre habla a alguien o  a quien le pregunte -y aún cuando esto no ocurre-, de los últimos acontecimientos del pueblo.

Así, Don Pánfilo entera a todos de todo lo que acontece en el pueblo. Desde lo más insignificante, hasta la fuga de los novios, que siempre es tema favorito para él. Cuando algún hombre de avanzada edad fallece, Don Pánfilo narra todo lo que en su vida hizo el difunto, de quien dice haber sido buen amigo.

Sentado a las puertas de la tienda "Flor de Mayo", propiedad de Don Ramón González, Don Pánfilo ve pasar a toda la gente que lo saluda, en tanto él aprovecha la oportunidad para preguntar por los últimos acontecimientos del día. En los momentos en que no pasa nadie, parece meditar, se lleva su enorme puro a la boca y al exhalar el humo contempla como éste va tomando caprichosas formas en el aire, hasta desintegrarse.

Algunas veces, Don Ramón González -avanzado ya en edad también, se sienta a su lado e inician pláticas prolongadas que van desde los días de su infancia -de ambos-, hasta la época de la Revolución; de los días en que la vida era barata hasta el alza desmesurada de los precios en los artículos necesarios para el hogar. O bien, platican de tal o cual guerra que sucede en el mundo hasta tratar de pelearse entre ellos, por no tener las mismas ideas para llegar a una conclusión sobre el motivo del conflicto entre los países al que se refieren.

Cuando un niño o un joven se acerca a platicar con Don Pánfilo, éste les narra de sus aventuras en la Revolución o de sus épocas en que trabajó en sus milpas. Mil y una historias salen de los labios de Don Pánfilo, quien no deja hablar en ningún momento a su supuesto interlocutor, pues al terminar de contar una historia de su vida, ya inició otra, siempre llena de emoción, a todas las cuales les ponde cierto grado de firmeza estas historias algunas veces parecen reales y otras sólo fantasía.

Pero el mayor orgullo de Don Pánfilo es su hijo, Etanislao, a quien tres años antes había enviado a la capital del Estado para estudiar y recibirse de "licenciado", para sacar de la pobreza a la familia. Aunque no supiera leer, Don Pánfilo siempre explicaba detalladamente el contenido de las cartas que le enviaba su hijo desde donde se encontraba, supuestamente, porque esto nunca había ocurrido.

A todos los jóvenes los exhortaba a seguir el ejemplo de su hijo Etanislao, quien desde pequeño "se ocupó por las letras, hasta lograr reunir unos centavos para costear sus estudios en la ciudad", decía.

Era tanto el orgullo de Don Pánfilo por su hijo, que no permitía que nadie lo ofendiera, pues salía a su defensa de cualquier manera.

Don Pánfilo, tenía además, de familia, a seis hijos varones y cuatro mujeres, que lo atendían en el pueblo y con quienes vivía por temporadas.

La rutina de Don Pánfilo cambió cuando el cartero del pueblo le llevó hasta las puertas de la tienda de Don Ramón una misiva de su hijo. Don Pánfilo no quería que se burlaran de él por no saber leer y por eso llamó al primer niño que pasó por el lugar para pedirle que le leyera la carta, diciéndole que había olvidado los lentes en su casa y que sin ellos no podía leer.

Un tanto deletreando, el niño leyó la carta en presencia de Don Ramón. La misiva decía:

-"Qué tal viejo. ¿Cómo estás?- Sólo te escribo para decirte que muy pronto estoy con ustedes en el pueblo por unos días. Así que me preparas una "onda" bien "cotorra" que voy a llevar a unos cuates de por acá para irnos a poner "en las nubes", cerca del pueblo. Llego allá el lunes próximo. Te saluda Etanislao. Tu hijo.

-¡Que bien! -comentó emocionado Don Pánfilo-, mi hijo va a venir y de seguro me traerá su título de "licenciado". Fíjate que ya aprendió mucho, Ramón, ¿no oíste? utiliza nuevas palabrotas como "onda", "cotorra" y escribe muy bonito. Este mi hijo ¿Cree que voy a entender tremendas palabrotas si yo sé leer muy poco?

-Así es Pánfilo -respondió Don Ramón-. Ya ves, tu hijo ha logrado lo que más has anhelado y de seguro no te defraudará. Debes estar contento y orgulloso de tu hijo. Así podrás salir de pobre y yo creo que ya era hora.

-Ya lo oíste Ramón -indicó Don Pánfilo-, que en esta carta mi hijo dice que con sus cuates va a ir por las nubes. De seguro va a venir en avión. Esto va a ser emocionante y qué lástima que ya esté demasiado viejo para acompañarlos.

-No importa Pánfilo; puedes decirle a tu hijo que quieres volar y de seguro a donde tu le digas y desde arriba podrás ver el pueblo. ¡Qué lástima que yo no tenga un hijo como el tuyo! Los míos son unos vagos que tengo que mantener y por ello todavía sigo trabajando -expresó resignado Don Ramón.

-Y si viene en avión ¿no será necesario componer un lugar para que bajen Ramón? Yo creo que es importante, porque sino, no van a poder bajar y volverán a la ciudad.

-Tienes razón Pánfilo. Diles a tus hijos y a tus yernos que limpien bien el campo de pelota y el camino, para que allí "caiga" tu hijo con su avión.

Y sin despedirse Don Pánfilo llegó volando rumbo a las milpas de sus hijos y yernos para darles la noticia, no sin antes detenerse ante quienes se encontraba en su carrera para decirle de inmediato y con orgullo, de la llegada de su hijo.

A todos sus hijos y yernos comunicó la llegada de Etanislao con orgullo y les dijo que el hermoso ejemplar vendría en avión. Así que entre todos decidieron limpiar el campo de pelota y el camino al pueblo para que aterrizara el avión.

Después de todo un día de trabajo, Don Pánfilo fue a casa de cada uno de sus hijos, a quienes pidió siquiera un guajolote a cada uno, para prepararle un banquete al licenciado Etanislao Fernández cuando llegara al pueblo. Y así entre preparativos y más preparativos, transcurrirían los días, hasta que llegó el tan ansiado por Don Pánfilo: lunes.

Ya eran como las doce del día del lunes y casi todo el pueblo se encontraba reunido en el centro del poblado, en espera de ver aparecer el avión, para correr enseguida hacia el campo de pelota y ver aterrizar el aparato en que vendría Etanislao.

Todos, con las palmas de las manos sobre los ojos, veían hacia el cielo o estaban pendientes de cualquier ruido. El sol y el calor no importaban, pues sería la primera vez que un avión aterrizaría en el pueblo y ese si que sería un acontecimiento.

Por la calle principal del pueblo apareció una carreta cargada de zacate; era Don Teófilo. Todos se extrañaron porque escucharon música y cantos provenientes de la parte posterior de ese vehículo que era tirado por una mula y trataron de ver lo que ocurría y provocaba esa música.

La sorpresa fue para todos, incluyendo a Don Pánfilo. Un grupo de greñudos, con barba crecida, sucios, con camisas rotas y pantalones ajustados, medallas al cuello y con lentes, cantaban en la parte posterior de la carreta, acompañados por una guitarra.

Todos se extrañaron por los recién llegados, pero no les tomaron mayor importancia, pues estaban todos ansiosos de ver llegar el avión de Etanislao.

De nuevo las miradas se fueron al cielo, cuando una voz hizo volver a todo el mundo la vista hacia la carreta.

-Papá Pánfilo, ya estoy acá y traje a estos cuates. Luego regresamos, porque vamos al monte a ponernos en "onda" y después ir a las "nubes".

Don Pánfilo, sorprendido, vio como uno de los jóvenes que habían llegado en la carreta se acercaba a él para abrazarlo, lo cual no pudo evitar.

Mudo de sorpresa Don Pánfilo sólo pudo preguntar:

-¿Eres tu Etanislao?

-¡Claro que sí viejo! ¿Quién creiste que era?

-Es que en tu carta me dijiste que llegarías, que se irían a las nubes, por eso creí que llegarías con tu avión.

-Que atrasados están viejo. Ahora mismo nos vamos a poner en "onda" y "vamos a las nubes" estos cuates y yo. ¿Dónde voy a tener yo para un avión? Ni que fuera licenciado.

-¿Acaso no eres licenciado? Entonces has de ser ingeniero.

-No viejo. Lo que soy es algo más. Soy "hippie".

-¡Ah! Entonces ha de ser algo mejor y haz de ganar buen dinero, para que salgamos de pobres.

-¡Claro que si viejo! prepara la comida que luego, luego regresamos. Sólo vamos a "trabajae" aquí cerca.

El diálogo fue escuchado por todo el pueblo y en tanto Etanislao se alejaba del lugar con sus cuates, los presentes, principalmente mujeres, dijeron a Don Pánfilo:

-Pero que guapo está su muchacho Don Pánfilo; ya vio que tiene otra enseñanza. No es licenciado, sino "hipi". Usted que sabe tanto ¿qué es lo que aprendió su hijo?

-Bueno -dijo sonriente Don Pánfilo-, "hipi" es algo así como doctores que se encargan de curar el hipo, no ven ustedes cuantos lo tienen a diario y es tan difícil de remediar; para eso se necesitan a los "ipis" y éstos cobran muy caro. ¡Hasta que voy a salir de pobre...!

 
 
Fuente: Sumario de Ficciones. Ramón Santini Pech, Ramón Suárez Caamal y Ramón Tun Cab. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche. Imprenta “Elín” , de Bécal. 1982. 82 pp.