| Cualquier
tema es bien conocido y fácil de discutir para
Don Pánfilo Fernández, el hombre más
popular del pueblo y a quien los jóvenes se
acercan para aclarar sus dudas e inquietudes, en tanto
que los niños le piden que les hable de cómo
ganar en los distintos juegos aptos para su edad.
Los mayores -hombres y mujeres, conocen demasiado
a Don Pánfilo y cuando ven que se acerca a
ellos se excusan y se despiden a sabiendas que, de
quedarse, desocuparán sus quehaceres.
Don
Pánfilo es un hombre de unos cincuenta años
de edad, con el pelo entrecano, regordete, amplio
de bigote, sonrosado cuando calienta el sol y de piel
blanca cuando está a la sombra. Su vestimenta
está formada por pantalones y camisa de color
blanco, sombrero de paja, alpargatas con suela de
cuero y atada con hilos de fibra de henequén
a sus pies, su puro y un pañuelo al cuello,
siempre de color rojo, que le da un carácter
muy especial.
Quien
desee saber algo, no tiene más que preguntar
a cualquiera, ya sea un niño o a un mayor,
del paradero de Don Pánfilo, quien es el vocero
del pueblo, no obstante que afirma no comunicar lo
que le dicen. Siempre habla a alguien o a quien
le pregunte -y aún cuando esto no ocurre-,
de los últimos acontecimientos del pueblo.
Así,
Don Pánfilo entera a todos de todo lo que acontece
en el pueblo. Desde lo más insignificante,
hasta la fuga de los novios, que siempre es tema favorito
para él. Cuando algún hombre de avanzada
edad fallece, Don Pánfilo narra todo lo que
en su vida hizo el difunto, de quien dice haber sido
buen amigo.
Sentado
a las puertas de la tienda "Flor de Mayo",
propiedad de Don Ramón González, Don
Pánfilo ve pasar a toda la gente que lo saluda,
en tanto él aprovecha la oportunidad para preguntar
por los últimos acontecimientos del día.
En los momentos en que no pasa nadie, parece meditar,
se lleva su enorme puro a la boca y al exhalar el
humo contempla como éste va tomando caprichosas
formas en el aire, hasta desintegrarse.
Algunas
veces, Don Ramón González -avanzado
ya en edad también, se sienta a su lado e inician
pláticas prolongadas que van desde los días
de su infancia -de ambos-, hasta la época de
la Revolución; de los días en que la
vida era barata hasta el alza desmesurada de los precios
en los artículos necesarios para el hogar.
O bien, platican de tal o cual guerra que sucede en
el mundo hasta tratar de pelearse entre ellos, por
no tener las mismas ideas para llegar a una conclusión
sobre el motivo del conflicto entre los países
al que se refieren.
Cuando
un niño o un joven se acerca a platicar con
Don Pánfilo, éste les narra de sus aventuras
en la Revolución o de sus épocas en
que trabajó en sus milpas. Mil y una historias
salen de los labios de Don Pánfilo, quien no
deja hablar en ningún momento a su supuesto
interlocutor, pues al terminar de contar una historia
de su vida, ya inició otra, siempre llena de
emoción, a todas las cuales les ponde cierto
grado de firmeza estas historias algunas veces parecen
reales y otras sólo fantasía.
Pero
el mayor orgullo de Don Pánfilo es su hijo,
Etanislao, a quien tres años antes había
enviado a la capital del Estado para estudiar y recibirse
de "licenciado", para sacar de la pobreza
a la familia. Aunque no supiera leer, Don Pánfilo
siempre explicaba detalladamente el contenido de las
cartas que le enviaba su hijo desde donde se encontraba,
supuestamente, porque esto nunca había ocurrido.
A
todos los jóvenes los exhortaba a seguir el
ejemplo de su hijo Etanislao, quien desde pequeño
"se ocupó por las letras, hasta lograr
reunir unos centavos para costear sus estudios en
la ciudad", decía.
Era
tanto el orgullo de Don Pánfilo por su hijo,
que no permitía que nadie lo ofendiera, pues
salía a su defensa de cualquier manera.
Don
Pánfilo, tenía además, de familia,
a seis hijos varones y cuatro mujeres, que lo atendían
en el pueblo y con quienes vivía por temporadas.
La
rutina de Don Pánfilo cambió cuando
el cartero del pueblo le llevó hasta las puertas
de la tienda de Don Ramón una misiva de su
hijo. Don Pánfilo no quería que se burlaran
de él por no saber leer y por eso llamó
al primer niño que pasó por el lugar
para pedirle que le leyera la carta, diciéndole
que había olvidado los lentes en su casa y
que sin ellos no podía leer.
Un
tanto deletreando, el niño leyó la carta
en presencia de Don Ramón. La misiva decía:
-"Qué
tal viejo. ¿Cómo estás?- Sólo
te escribo para decirte que muy pronto estoy con ustedes
en el pueblo por unos días. Así que
me preparas una "onda" bien "cotorra"
que voy a llevar a unos cuates de por acá para
irnos a poner "en las nubes", cerca del
pueblo. Llego allá el lunes próximo.
Te saluda Etanislao. Tu hijo.
-¡Que
bien! -comentó emocionado Don Pánfilo-,
mi hijo va a venir y de seguro me traerá su
título de "licenciado". Fíjate
que ya aprendió mucho, Ramón, ¿no
oíste? utiliza nuevas palabrotas como "onda",
"cotorra" y escribe muy bonito. Este mi
hijo ¿Cree que voy a entender tremendas palabrotas
si yo sé leer muy poco?
-Así
es Pánfilo -respondió Don Ramón-.
Ya ves, tu hijo ha logrado lo que más has anhelado
y de seguro no te defraudará. Debes estar contento
y orgulloso de tu hijo. Así podrás salir
de pobre y yo creo que ya era hora.
-Ya
lo oíste Ramón -indicó Don Pánfilo-,
que en esta carta mi hijo dice que con sus cuates
va a ir por las nubes. De seguro va a venir en avión.
Esto va a ser emocionante y qué lástima
que ya esté demasiado viejo para acompañarlos.
-No
importa Pánfilo; puedes decirle a tu hijo que
quieres volar y de seguro a donde tu le digas y desde
arriba podrás ver el pueblo. ¡Qué
lástima que yo no tenga un hijo como el tuyo!
Los míos son unos vagos que tengo que mantener
y por ello todavía sigo trabajando -expresó
resignado Don Ramón.
-Y
si viene en avión ¿no será necesario
componer un lugar para que bajen Ramón? Yo
creo que es importante, porque sino, no van a poder
bajar y volverán a la ciudad.
-Tienes
razón Pánfilo. Diles a tus hijos y a
tus yernos que limpien bien el campo de pelota y el
camino, para que allí "caiga" tu
hijo con su avión.
Y
sin despedirse Don Pánfilo llegó volando
rumbo a las milpas de sus hijos y yernos para darles
la noticia, no sin antes detenerse ante quienes se
encontraba en su carrera para decirle de inmediato
y con orgullo, de la llegada de su hijo.
A
todos sus hijos y yernos comunicó la llegada
de Etanislao con orgullo y les dijo que el hermoso
ejemplar vendría en avión. Así
que entre todos decidieron limpiar el campo de pelota
y el camino al pueblo para que aterrizara el avión.
Después
de todo un día de trabajo, Don Pánfilo
fue a casa de cada uno de sus hijos, a quienes pidió
siquiera un guajolote a cada uno, para prepararle
un banquete al licenciado Etanislao Fernández
cuando llegara al pueblo. Y así entre preparativos
y más preparativos, transcurrirían los
días, hasta que llegó el tan ansiado
por Don Pánfilo: lunes.
Ya
eran como las doce del día del lunes y casi
todo el pueblo se encontraba reunido en el centro
del poblado, en espera de ver aparecer el avión,
para correr enseguida hacia el campo de pelota y ver
aterrizar el aparato en que vendría Etanislao.
Todos,
con las palmas de las manos sobre los ojos, veían
hacia el cielo o estaban pendientes de cualquier ruido.
El sol y el calor no importaban, pues sería
la primera vez que un avión aterrizaría
en el pueblo y ese si que sería un acontecimiento.
Por
la calle principal del pueblo apareció una
carreta cargada de zacate; era Don Teófilo.
Todos se extrañaron porque escucharon música
y cantos provenientes de la parte posterior de ese
vehículo que era tirado por una mula y trataron
de ver lo que ocurría y provocaba esa música.
La
sorpresa fue para todos, incluyendo a Don Pánfilo.
Un grupo de greñudos, con barba crecida, sucios,
con camisas rotas y pantalones ajustados, medallas
al cuello y con lentes, cantaban en la parte posterior
de la carreta, acompañados por una guitarra.
Todos
se extrañaron por los recién llegados,
pero no les tomaron mayor importancia, pues estaban
todos ansiosos de ver llegar el avión de Etanislao.
De
nuevo las miradas se fueron al cielo, cuando una voz
hizo volver a todo el mundo la vista hacia la carreta.
-Papá
Pánfilo, ya estoy acá y traje a estos
cuates. Luego regresamos, porque vamos al monte a
ponernos en "onda" y después ir a
las "nubes".
Don
Pánfilo, sorprendido, vio como uno de los jóvenes
que habían llegado en la carreta se acercaba
a él para abrazarlo, lo cual no pudo evitar.
Mudo
de sorpresa Don Pánfilo sólo pudo preguntar:
-¿Eres
tu Etanislao?
-¡Claro
que sí viejo! ¿Quién creiste
que era?
-Es
que en tu carta me dijiste que llegarías, que
se irían a las nubes, por eso creí que
llegarías con tu avión.
-Que
atrasados están viejo. Ahora mismo nos vamos
a poner en "onda" y "vamos a las nubes"
estos cuates y yo. ¿Dónde voy a tener
yo para un avión? Ni que fuera licenciado.
-¿Acaso
no eres licenciado? Entonces has de ser ingeniero.
-No
viejo. Lo que soy es algo más. Soy "hippie".
-¡Ah!
Entonces ha de ser algo mejor y haz de ganar buen
dinero, para que salgamos de pobres.
-¡Claro
que si viejo! prepara la comida que luego, luego regresamos.
Sólo vamos a "trabajae" aquí
cerca.
El
diálogo fue escuchado por todo el pueblo y
en tanto Etanislao se alejaba del lugar con sus cuates,
los presentes, principalmente mujeres, dijeron a Don
Pánfilo:
-Pero
que guapo está su muchacho Don Pánfilo;
ya vio que tiene otra enseñanza. No es licenciado,
sino "hipi". Usted que sabe tanto ¿qué
es lo que aprendió su hijo?
-Bueno
-dijo sonriente Don Pánfilo-, "hipi"
es algo así como doctores que se encargan de
curar el hipo, no ven ustedes cuantos lo tienen a
diario y es tan difícil de remediar; para eso
se necesitan a los "ipis" y éstos
cobran muy caro. ¡Hasta que voy a salir de pobre...! |