Miguel Suárez Caamal

Juan Chiquito

 

Llegó al pueblo sin que nadie sepa cómo ni por qué. Esto no importó pues todos lo aceptaron. ¡Claro que al principio dio que pensar un poco! Después nos acostumbramos a él. Así como a su manera enredada de hablar.

Dijo que venía de no sé qué lado. Cuando quisimos saber su nombre contestó algo muy chistoso:

-Juan. Yo llamas Juan.

-¿Nomás Juan? -volvimos a preguntar.

-Chen Juan. Así te dicían a mí allá en otro pueblo; chen sólo Juan.

Nos contó algo que no entendimos muy bien. Era sobre el lugar de donde vino. Comenzó a hablarnos que salió de allá porque ya no lo querían ver.

-¿Pero por qué? -le dijo Pedro, uno de mis amigos.

Y Juan se quedó callado, callado. Creo que no quería recordar aquello que lo obligó a salir de su pueblo. O posiblemente guardó silencio porque le daba pena que supiéramos su secreto. Bajó la cabeza y con un pie dibujó, en el suelo, figuras que no logramos entender. Le volvimos a preguntar que por qué salió de allá. Volvió a mirarnos y nos dijo:

-Es que allá en pueblo te dicían que yo no podías vivir más con ellos. Que porque yo eras chen Juan. Que porque yo tenías chen nombre y no como don Anastacio que eras don Anastacio Noh. Y don Pancho que eras don Pancho Ceh o como don Pepe que eras don Pepe Can y así todos en pueblo la tenías otro nombre. Yo eras el único con chen uno: Juan, chen sólo así. Por eso no la podías quedar allá con ellos. Por eso salistes allá de pueblo, que porque eras Juan nomás: me la faltaba otro nombre. Y todos como yo, nunca podías tener casa tuya, ni mujer ni nada allá. Así era desde antes. Por eso salistes y vinistes por acá. Yo no querías decirlo pues tenías miedo de me correteen por mi chen un solo nombre que trae mala suerte.

-No tengas miedo, Juan. Acá nadie pedirá que te vayas. No importa que sólo tengas un nombre. Vas a ver que pronto te sentirás a gusto.

-¿Entonces la puedes quedar yo acá, ja?

-¡Claro que sí!

-Pues Dios boo'tik, ninio-. Me dijo.

Nos despedimos de nuestro nuevo amigo porque ya tocaban entrada a la escuela. Corrí para alcanzar a mis  amigos que ya se habían adelantado. A lo lejos Juan nos decían adiós con sus morenas manos. Volvía a escuchar en la lejanía:

"Dios boo'tik, ninioooo!"

Como era lunes no me acordé de Juan hasta el sábado en que no iría a la escuela. Pensé ir solo a ver cómo la había pasado. Empecé a averiguar en todos lados y no lo encontraba. Me dije entonces: "creo que este Juan no se sintió a gusto con nosotros"; en eso estaba pensando cuando sentí una mano sobre mi hombro. Viré a ver, era él quien me hablaba.

-Buenas días, ninio. Tú lo tienes razón conmigo. Te la dieron trabajo a mí y hasta casa estoy haciendo.

-A ver, a ver. ¿Cómo está eso, ja? -le pregunté-. Te veo contento.

-Pues cómo no, ninio. Creo el mala suerte ya fue. Todos el que tenemos un solo nombres, el mala suerte nunca abandonas. Y creo a mí ya abandonas el mala suerte. Así te dijo mi mamá antes que se muera: "Juan, hijo. Búscate otro nombres o siempre tienes mala suerte".

Viéndolo contento y como ya me tenía confianza le pregunté que si vivía solo o tenía más familia

-No, ninio. Es que el mala suerte no me dejas jach toda toda. Yo la soy solo. Por eso yo chen Juan llamas. Por eso es que yo salir de pueblo. Gente no querer que yo quedarme por mala suerte que traes mi chen un solo nombre. Tenían miedo que a ellos alcanzar.

Solo un ah pude decir pero mi nuevo amigo seguía hablando muy alegre.

-Pero tú no la sabes ninio, que ahora el suerte es buena. Yo ya tienes alegría. Jach mucho miedo como antes ya no.

Y para mostrármelo, me llevó hasta el cabo del pueblo, para enseñarme su casa. Era de bajareque con embarro de kankab. Había construido una pieza grande como un corredor atrás. El techo era de huano. Me metió a ella muy orgulloso. Como los pavos de mi mamá se paseaba adentro.

-Y también, ninio, ¿sabes?, como te la dije: ya trabajo igual. Hoy creo no piensas yo que va mal.

-Ya vistes, Juan. Te dije que acá nadie te haría daño.

.-Si te la dije, te la dije que sí es verdad, ninio. No va mal ahorita, aunque yo seas chen Juan y no tengas otro nombre así como tú.

Casi enseguida regresamos porque me dijo que hoy comenzaba su trabajo y que quería hacerlo bien. Sobre su hombro derecho llevaba una escoba nueva. Sería el encargado de barrer el mercado del pueblo. Quedé en verlo al otro día.

Muy temprano me levanté. Después de pedir permiso fui a ver a Juan. Cuando llegué a su casa estaba terminando el embarro de su corredor que le serviría de cocina. Detrás de unas matas de huano le tiraba piedras con mi tirahule. Quería asustarlo. Pero no se espantaba como yo deseaba.

-¡La eres tú, ninio! ¡Vente aquí conmigo! -me dijo sin que me vea. No sé como descubrió que yo le tiraba. Tuve curiosidad de preguntarle cómo supo mi llegada que fue sin ruido, como cuando voy a tirar tortolitas, k'aues, iguanos y torcazas.

-¡Ya te la vi, ninio, eres tú! ¡Ven!...

Salí de mi escondite y me acerqué.

-Buenas días, ninio.

-Buenos días, Juan. Oye, ¿cómo supiste que yo te tiraba? En ningún rato virastes a ver y sí supistes que yo era, ja? Vine despacio que ni aquel tolok que está sobre la albarrada me vio.

-Pero la ven aquí adentro. Mientras la tomas pozole conmigo te digo cómo, ja.

-¡Claro!

Entramos a su casa. Olía a frescura.El sol, que ya calentaba, no se sentía allí. Trajo un sabucán y en dos jícaras que sacó de él preparó el pozole con agua. Me dio una y nos pusimos a beber. Después de un poco de silencio me dijo:

-¿Sabes, ninio, cómo supe que la eras tú? Muy fácil. Te la voy a decir cómo. Puede que tú no me la crees, ja, pero yo te la olistes a ti.

-¿Cómo? No te entiendo, Juan.

-¿No te la entiendo? Sí, mira. El viento me la trajo tu olor. Así me la enseñó a ver gente con nariz mi mamá. Y a mi mamá mi chichí. Tú crees que yo no la vistes pero sí, ninio: el viento me la dijo que tú tirabas piedritas.

Y me empezó a explicar cómo es eso de conocer a las personas por medio del viento. Me dijo también cómo hacer para que las tortolitas no me descubran cuando las quiera tirahuliar de cerca.

-Pero a que tú no la sabes, ninio. Hay la otra forma más fácil de tener tortolitas vivas, ja.

-No, Juan. No sé como.

-Mira, ninio. Yo te la voy a enseñar...

Y toda esa tarde me pasé aprendiendo a construir nuk'es para atrapar tortolitas. Los nu'kes son unas jaulitas que se hacen con ramas. Se sostienen luego con un chilibito amarrado a un mecate de zozquil. Uno se esconde a lo lejos y el mecate se jala cuando las tortolitas entran a tragar el maíz que se pone adentro del nuk.

-Pero no la vayas a poner de cabeza la nuk, ninio, porque si no el tortolita no la entraría en nuk cuando la jales el mecate, ja. No se tela olvide, ¿eh?

Esto último que me dijo no se lo creí, hasta que un día de clases, se me olvidó y lo puse de cabeza. Todo el resto de la tarde estuve agachado en mi escondite y por más que quise, ninguna tortolita entraba en mi nuk. Así supe que mi amigo Juan no mentía. Cuando lo supo se empezó a reír de mí.

-Te la dije, ¿vistes? La tienes que hacer otro porque ese ya no te la sirve.

Y me ayudó a hacer uno nuevo.

Una tarde que fui a buscar a Juan no lo encontré: no estaba en su casa. Al regresar oí unas palabras sobre él y que no creí. Eran como las siete de la noche. El único lugar donde lo vería era en el mercado. Llegué allá y en verdad sí estaba chumado. La gente se reía de él. Logré llevarlo a su casa. Lo acosté en su hamaca de henequén y ahí siguió hablando. Durmió un poco. Al despertar y verme lloró en silencio.

-Ay, mi ninio. Tú no la quisistes chumar, pero me la dijeron que no hacía mal. Jach deveras, ninio. Pero me la engañaron, me la engañaron. Me la dijeron que con eso yo no la serías chen Juan. Que si la tomabas de eso me la sentirías mejor y no como chen Juan. Pero no, ninio. ¡Mírala, mírala!, sigo igual: la soy Juan nomás.

Le dije que chumarse sólo serviría para que se burlaran de él. Después de escucharme prometió no volver a hacerlo. Se calmó y se acostó de nuevo. Le di una jícara de pozole que era lo único que allí había. Después de tomarlo se durmió tranquilo.

Al otro día, después del recreo, supe que Juan tenía otro trabajo. Le pidieron que lleve a la escuela a todo niño que vea en la calle y que no haya entrado a clases. Me puse contento. Ahora se daría cuenta que eso de un solo nombre no era mala suerte como él pensaba.

Desde que me contaron lo de mi amigo Juan, ya casi ningún niño se queda fuera de la escuela. Uno que otro lo hace, pero nomás llega mi amigo, todos coren gritando:

"¡¡Vámonos a la escuela. Allá viene Juan, el barrendero!!"

Cuando no lo descubren, se asoma por donde menos lo imaginan. Esto pasaba con los niños de segundo, tercero y hasta cuarto grado. Ninguno se le escapaba. Los papás de aquellos que no iban a clases y se quedaban en el parque a matar k'aues o a jugar de buscabusca, al fin se sintieron tranquilos. Fue así como Juan se encargaba de pescar chamacos por las mañanas y por las tardes barría el mercado.

Cuando fui al otro sábado a verlo estaba acostado en su hamaca. Vi tristeza en sus ojos.

-Ah, la eres tú, ninio.

-Sí, Juan. ¿Qué te pasa? -le dije.

-Nada, ninio.

-¿Entonces por qué estabas muy callado?

-Ay, ninio. Creo que el mala suerte ya me volvió. Te lo dijistes, te lo dijistes, ninio, ¿ves? Mi chen un solo nombre me trae el mala suerte siempre.

-Pero... ¿por qué dices eso si acá te va bien?

-Pues sí, ninio. Pero ahorita que la otro trabajo me dieron, los ninios de ese tu escuela, me corren leeejos de mí cuando me ven. Yo sólo la digo a ellos que no la deben ir de escuela. Las pescó así, ja, y las llevó allá. A veces me la apiedrean, ja. Creo que también la tienen miedo que yo las contagies con mi el mala suerte. Ay, ni ninio, a lo mejor yo la voy así a otro lugar. Esa es nuestra destino los que un solo nombre la tenemos.

Le pedí que no se fuera. Que se quedara. Lo animé otra vez cuando le dije que le tenían un poco de temor, pero que también les caía bien a todos. Vi que se animó pero luego como que no.

-Yo no la sabes, yo no la sabes, ninio. Creo que si no sea por la mi sólo un chen nombre...

-Mira -le dije enseguida-, te ayudaré con eso de tu nombre.

-¿De veras?

-Sí, Juan, ya veré cómo. Ya verás que sí te ayudo.

Y así Juan siguió aquí en nuestro pueblo. Yo no quería que se vaya. Pasaron varios meses y no encontraba la ayuda que le prometí. "Y cuándo, ninio; ¿cuándo me la ayudas, ja?", me decía casi a diario. Buscaba algo qué decir y él me creía.

Un día que salí a jugar timbomba, encontré por fin cómo ayudar a Juan. Serían como las cinco de la tarde cuando fui hasta donde vivía para decirle que no se llamaría nomás Juan. Que ya le había encontrado otro nombre. Dejé a mis amigos y corrí para buscarlo. Como a tres esquinas del centro vi un gentío en la casa de doña Petra Ancona. No me detuve pues era más importante ver a Juan. Sólo escuché que en el pozo de doña Petra había entrado alguien a sacar un pavo que allí se cayó. Que llevaba como una hora que no salía esa persona y... no pude escuchar más ya que seguí corriendo.

-¡¡Juan, Juan!! -grité estando cerca. Brinqué la albarrada y lo llamé otra vez-: ¡¡Juan, Juan!! ¡Ya sé cuál será tu otro nombre! ¡Ya la mala suerte te abandonará!

Como no me respondía golpié la puerta y así supe que no estaba allí. Regresé al centro. Al llegar por la casa de doña Petra, había mucha gente todavía. Vi a Pedro que me estaba llamando. Enseguida me acerqué.

-Oye, ¿no has visto a Juan!- y le conté lo de la ayuda que le prometí a aquél. En ese momento pasaron unos policías. Le pregunté a Pedro que qué pasó con el señor del pozo. Con la cabeza inclinada Pedro me dijo:

-Es que el señor del pozo es...

No pudo seguir. En ese momento nos empujaron. Estaban llevando al Centro de Salud, al señor que había entrado en el pozo de doña Petra Ancona.

-Yo no quería decírtelo pues...

-Pues qué Pedro.

-Es que el señor del pozo es... tu... tu... amigo... tu amigo Juan.

-¡No puede ser!

Empujando a la gente me acerqué a ver si era cierto. No lo creí pues Juan ya tenía otro nombre y su mala suerte ya no existía.

Cuando llegué muy cerca, revisaban el cuerpo del señor del pozo. Pedro no me engañó: Juan estaba acostado en el suelo como durmiendo.

"Está durmiendo, está durmiendo nomás", pensé. "Despierta, Juan. Ahora no serás nomás Juan. Ya se acabó tu mala suerte. ¡Despierta! ¡Ya nunca tendrás mala suerte!"

No supe a qué hora me quedé solo. Ya todos se habían ido. Sentí ganas de esconderme en el patio de mi casa para que nadien vea el agua que quería salir de mis ojos. Por el camino todos decían:

"Era Juan..., el que barría el mercado!"

"¡Sí, él era. Pobre..., se murió!"

Dos días después doña Petra Ancona mandó tapar su pozo pues que no estaba bueno. Que tenía aires malos y no podía respirarse adentro de él. Enseguida recordé lo que Juan me dijo una vez:

"Sí, ninio. Los que un chen solo nombre la tenemos, no tardamos en irnos..."

Ahora creo que tenía razón. Pero no importa. Mi amigo ya no es chen Juan como él decía y tampoco se ha ido. A diario cuando algún chamaco no quiere ir a la escuela le dicen: "Si no vas, llamaré a Juan Chiquito para que te lleve". Entonces son los primeros en llegar a clases.

_______________________________

Fuente: SUÁREZ CAAMAL, Miguel Ángel. La noche de los osos y otros relatos. Publicación del H. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche. Muralla Editorial, S.A. de C.V., 1988, 128 p.

ENERO-MARZO DE 2002

Grupo Génali (neros Narrativo y rico)