Si
no me ves, si no me oyes,
no es porque ya no te mire,
no es porque he dejado de llamarte.
Con ojos rubíes del cielo, yo te miro
y con cada silbido del viento,
por tu nombre, yo te llamo.
Que
mis besos y mis caricias
no sientes, es porque mortales ya no son;
los guardé en el cofre del destino,
en el corazón de mi corazón;
más cada vez que los quieras,
con un suspiro, abre tus sentidos.
Escucharás
sus ecos, en tu propio corazón.
Porque
en mi lenguaje de amar,
en este mundo y en el otro,
no existe el adiós.