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A
partir de las palabras que olvidaste
en mis cuadras oscuras, para cruzar
el alba, suelo perder mi nombre
y me procuro un rostro
sin estigmas: tu boca
silenciosa mirándome
de frente; tu blanquecida tapia
emborronada con súplicas de puro
carboncillo.
Cruz,
sin más.
Los
ojos de mi mano
cerrados en el puño
y la rápida sangre, aquietada
debajo de mis párpados.
Para
dar
con
la luz, cruzo la zanja que dejó
tu cuerpo -libre una vez
del sueño- tras la huida.
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