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El Nauyaco/ - José Santiago Dzib Tuyub*

 
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Esta historia se desarrolla en medio de una cena familiar, en donde la abuela comienza a narrar esta leyenda que dejó atónitos a los presentes. La siguiente narración es realizada por Lucía. Esta historia estuvo guardada en la familia por varias generaciones; su abuelo se lo contó a su padre y éste a ella, cuando aún tenía 10 años de edad, ahora le tocó compartir esta anécdota con sus nietos, los cuales guardaron silencio para escucharla.

A mediados del siglo XVIII, en lo que hoy es el municipio de Calkiní se suscitó un raro acontecimiento que aterrorizó a los habitantes de aquel poblado. Un ser maligno frustró a la sociedad campesina, que en su mayoría eran descendientes mayas. La historia se desenvuelve en el periodo de la cuaresma cristiana, en donde los feligreses acudían a la iglesia a venerar y orar a su Dios.

A principios del mes de marzo, cuando se comenzaban a sentir los primeros indicios de la Semana Santa, la gente acudía a la iglesia a entregar su diezmo como era costumbre; las personas, en su mayoría, trabajaban la milpa para producir maíz, su principal consumo y venta.

La iglesia de San Luis Obispo era el centro de la población. Como si fuera una fortaleza medieval, los habitantes se asentaban a su alrededor, en donde los caminos se hacían con el paso cotidiano de bestias que tiraban de las carretas y de los pies descalzos de las personas, que tenían sus chozas de huano alrededor del santuario.

La familia de Olegario Pech estaba en las afueras del poblado, donde compartía su hogar con su esposa, María Che, e hijo. Se conocieron en los novenarios del pueblo, que se realizaban en octubre, cuando ella apenas tenía 18 años, y Olegario 25. María era una devota de la fe cristiana y asistía a misa todos los domingos, donde entregaba su diezmo sin faltar. Los padres de ella eran unos campesinos, descendientes del linaje maya, los cuales contaban con grandes extensiones de tierras, que a la muerte de su padre les fue heredado; esas tierras se localizaban en las afueras del poblado, en donde levantarían su choza, su hogar.

En cambio, la familia de Olegario estaba integrada por personas muy dedicadas al trabajo de la milpa y no se interesaban por las actividades religiosas o fiestas del pueblo.

Cada mañana, Olegario se levantaba con los primeros rayos del sol y la frescura del amanecer, para realizar sus actividades cotidianas, las cuales consistían en sacar agua del pozo, para bañarse, y de igual forma para saciar su sed. Al terminar, se sentaba a lado de su puerta y agarraba su machete para sacarle filo, para poder cortar con facilidad los troncos de los árboles. Cuando sentía que el pedazo de metal alcanzaba su punto, lo depositaba en el interior de su funda hecha de cuero.

Al despertar, María se ocupaba de limpiar su casa y lavar los pocos trastes que tenían; después se preparaba para realizar la comida, la cual consistía en carne salada (que había comprado hace una semana en el pueblo) y un poco de frijolitos. Luego, preparaba en un morral el pozole que su esposo llevaría a la milpa.

La milpa quedaba a cuatro leguas de camino, así que para llegar temprano a trabajar tenía que levantarse al alba; luego, caminar rápido para poder llegar antes que los rayos del sol empezaran a calentar. En el trayecto de la casa a la milpa, justo al final del camino, se encontraba una santa cruz que simbolizaba el término del pueblo y el comienzo del monte virgen. Sin embargo, los campesinos lo utilizaban como altar, ya que tenían la creencia y costumbre de rezar y ofrendar un poco de alimento. Una de las costumbres era poner 12 piedras alrededor de la cruz, creando un círculo mágico para ellos, lo cual era reforzado con unas oraciones que los campesinos recitaban a la cruz, tenían la creencia de que las oraciones les traerían una buena cosecha; también se encomendaban para que estuviesen a salvo de los males y peligros que habitan en el interior del monte.

Olegario era una persona incrédula y siempre se reía de los demás campesinos cuando realizaban sus oraciones, aunque ellos le habían advertido que eran necesarias las ofrendas para una buena cosecha.

En el transcurso del camino hacia la milpa se encontraba un cerro llamado “Kimen pal”; este cerro fue llamado así porque allí murió un niño que iba ayudar a su padre en la milpa. Los campesinos cuentan que el niño siempre esperaba una carreta que pasaba por su casa para poder alcanzar a su padre; para ello tenía que levantarse muy temprano y poder llevarle su desayuno.

La gente cuenta que cuando la carreta estaba por subir el cerro, el caballo percibió el sonar de cascabeles, las cuales agüeraban la presencia de la muerte. El dueño del equino y de la carreta se percató de que en el camino se encontraban dos serpientes peleándose -con el sonido agudo de sus cascabeles hicieron que el caballo perdiera el control de la carreta-. Por querer bordearlas y pasar por un extremo del cerro, una de las serpientes dio un giro inesperado y se lanzó hacia al animal, dándole una mordida mortal, provocando de manera instantánea que la carreta se volcara y que el niño saliese disparado hacia la parte baja del cerro, lo que provocó que aquél cayera en un sueño profundo del cual nunca despertaría.

El cuerpo inerte quedó a un costado del camino, junto a una enorme roca, donde se impactó al caer precipitadamente. Muchos campesinos aseguran que aún se puede escuchar el llanto del infante en aquel cerro; la gente cree que el alma del niño vaga sin poder reunirse con su padre, y que las fuerzas malignas que habitan en el interior del monte se adueñaron de esa alma en pena, alma pura que se convirtió en un aliado del mal, transformándola en un ente maligno llamado Nauyaco.

Los campesinos aseguran que este mal existe y ronda por el monte, buscando saciar su sed de venganza; son muy pocas las personas que han podido mirar los ojos de esta exorbitante bestia.

Olegario conocía la leyenda del Nauyaco, pero no le dio importancia y -aún más- se reía de sus amigos y compañeros cuando le decían que esta leyenda es tan real como la vida misma; por eso, los campesinos se encomendaban a la cruz y a sus oraciones y ritos.

En Calkiní se preparaban para el comienzo de la Semana Santa; para ello, la madre de María la había invitado para que fuesen a pasar unos días a su casa. María tenía pensado que su hijo ya había alcanzado la edad para que recibiera el sagrado sacramento del bautismo. Olegario no era un gran creyente de las doctrinas cristianas, y no le había permitido a su esposa que llevara a cabo el bautismo de su hijo cuando aún contaba con un año de vida. Los años habían transcurrido y el pequeño Juan ya contaba con siete años de edad. María creyó que ya era tiempo de que su hijo formase parte de la fe cristiana. El bautismo se haría en la iglesia del pueblo.

Al comentarle María sobre los planes que tenía pensado hacer, sobre la invitación de su madre, y del futuro bautismo de su infante, Olegario se disgustó por un instante; las facciones de su cara se tornaron lucidas y pasó a retirarse. Viendo ver que su marido había tomado la noticia con disgusto, María se quedó callada por unos instantes.

Después de unas horas, Olegario volvió a su casa más tranquilo y relajado; le hizo saber a su esposa de que tenía su anuencia para ir al pueblo con su hijo y realizar sus planes. Entonces, María le sugirió que fuesen juntos; Olegario -con una voz fuerte e imperativa- le hizo saber que “no”, porque se quedaría a cuidar las pocas pertenencias y criar a sus animales.

Pasaron los días, María partía hacia la casa de su madre. Al llegar al poblado, se impregnó del júbilo y la alegría de la Semana Santa que se aproximaba. Al llegar a casa de su madre, fue recibida por una de sus hermanitas; de igual forma por sus sobrinos y, en especial, por su madre, que para la ocasión sacrificó uno de sus pavos para hacer la merienda y celebrar la visita.

Allí pasaron toda la semana, asistiendo a las actividades religiosas que se efectuaban cada día; de igual forma, el día del bautismo de Juan, quien recibió los sacramentos de la Iglesia y se convirtió en un feligrés más del templo cristiano.

A la semana siguiente, María regresa a su hogar; al llegar, le narra a su esposo las cosas que realizaron durante su estancia en el pueblo. Olegario estaba un poco sentido con su esposa. Pasaron unos días y el enojo desapareció.

Un día después, Olegario volvió a su rutina de cada mañana, tomó su machete y comenzó a sacarle filo; de igual forma, a preparar las cosas que llevaría a la milpa.

María terminó de moler el pozole y lo preparó para su marido. Se dispuso a hacer la comida y se dio cuenta de que la leña se había agotado, por lo cual le dijo a Olegario que le hiciera el favor de salir a buscar más para la semana.

Olegario se encamina hacia su milpa; al llegar, comienza a trabajar, limpiando sus maizales cubiertos de maleza. Transcurren las horas, sin darse cuenta que los rayos del sol estan por ocultarse; así que se apura a recolectar la leña que le pidió su esposa para la cocina, pero el tiempo se fue tan rápido como el cantar de las aves.

Después de trozar las ramas de un árbol, que había cortado cuando inicio su cosecha, y convertirlas en pequeños pedazos para que pudiese cargarlas con facilidad, se percató de que la noche estaba a punto de caer, así que juntó la leña y, sujetándola con una soga, la puso sobre su espalda y comenzó la marcha hacia su casa.

Durante el recorrido, podía sentir cómo la negra noche caía sobre el monte y más aún con el frío que se dejaba sentir por la humedad de las ramas de los árboles. Estos factores comenzaron a incomodar el viaje de Olegario, haciendo que redoblara el paso hacia su hogar. En medio del angosto camino se encontraban dos serpientes peleándose y las cascabeles que repicaban, como si interpretaran una canción infernal; esto le produjo un terrible miedo, por lo cual rodeó el camino hacia el otro extremo.

Olegario sintió por primera vez una desesperación por llegar a su casa, ya que nunca esperaba que le cayera la noche dentro del monte; con la carga que llevaba se le hacía difícil caminar, sin embargo trataba de llegar lo antes posible.

Las veredas se iluminaban con la luz de luna; sin ella, el monte se quedaría en completo estado de oscuridad. El canto de un pájaro rompió el silencio; su canto se escuchaba de un lado a otro. Olegario tuvo más miedo; por primera vez sentía esa sensación fuera de lo normal, su cuerpo sudoroso comenzaba a temblar cuando se detenía a descansar y tomar aliento para proseguir su marcha. El viento comenzaba a soplar fuerte como si se precipitara una tormenta; el cielo se tornaba más oscuro y la luz de la luna se extinguía con el negro manto de la noche.

Durante su caminata, Olegario comenzó a escuchar una voz que provenía de lejos; cada vez que él se iba acercando, la voz se tornaba más aguda; el simple temor lo mataba de nervios; el palpitar de su corazón se aceleraba más y más rápido de lo común y su respiración cada vez era mayor...

La inquietud de saber de dónde provenía ese sonido, lo llevó a seguir más adelante. De repente, la voz comenzó a escucharse atrás de él; no podía creer lo que estaba pasando. Dio un giro, pero no pudo ver nada; y siguió su camino con más prisa. Minutos después, volvió a escuchar ese sonido semejante a una voz infantil; esta vez provenía de la maleza.

De pronto, detuvo su marcha y, empuñando su machete, comenzó a cortar las hierbas por donde provenía ese sonido aterrador. Para su sorpresa no pudo encontrar nada. Sintiendo que corría peligro, decidió abandonar la carga de leña que llevaba, la cual le impedía ser más ligero.

Sus oídos volvieron a oír esa voz y detuvo su marcha; esta vez, estaba dispuesto a descubrir lo que pasaba; con fuerte voz, exclamó: ¡quién anda ahí!, ¡salga ahora, o no responderé por lo que pueda pasar!

Sus gritos fueron en vano, no obtuvo respuesta; simplemente el canto de un ave rompió con la escena tétrica. Empuñando de nuevo su machete, se echó a correr desesperadamente, hasta llegar al cerro del “Kimen Pal”. En su angustia, comenzó a bajar estrepitosamente el cerro, no importándole lastimar sus pies con piedras que parecían navajas.

Para su fortuna, la luz de luna había vuelto a salir de aquellas negras nubes, que tapaban su resplandor. Cuando estaba a punto de llegar al suelo firme, se dio cuenta que a un lado del cerro se encontraba una figura semejante a un niño. Para sacarse la duda decidió ir a donde estaba el infante. Cuando llegó, vio que el pequeño estaba sentando encima de una enorme piedra. Olegario le preguntó: -¿Qué haces aquí?, ¿estás perdido? o ¿estás esperando a alguien? El pequeño, con una mirada lucida y flácida contestó: sí, ¡a ti te estaba esperando!

Olegario, con voz chillona, contestó: ¿a mí? Y exclamó: ¡si yo no te conozco! Entonces, el niño estalló en llanto, un llanto amargo que conmovió a Olegario. Con lágrimas en los ojos, el niño preguntó: ¿por qué no me llevas a tu casa?; ando perdido y no encuentro a mi papá. Olegario guardó silencio y, después de pensarlo, le dijo que sí. Entonces, los dos se encaminaron hacia la casa.

Mientras caminaban, Olegario le dijo que cuando los rayos del sol salieran por completo lo llevaría a su casa. Le comentó al niño sobre los ruidos y sonidos que escuchó cuando venía de su milpa. Luego de caminar arduamente estaban a punto de llegar hacia la santa cruz, que simbolizaba el comienzo del pueblo y de su casa.

El niño, al escuchar a Olegario decir que estaban cerca de la cruz, dijo con tierna voz: ¡yo conozco un atajo para llegar más rápido a tu casa! Sígueme -exclamó el niño-.

Olegario, cansado por la fatiga de tanto caminar y cargar la leña, decidió hacerle caso; su cuerpo ya mermado buscaba descansar. Su vista comenzaba a nublarse como si fuera a desmayarse y, sin darse cuenta, se había desviado mucho del camino hacia su casa y de la santa cruz. Llegaron a un camino tupido por enormes árboles y una brecha se abría paso en medio de éstos; era el atajo que el niño había comentado.

Los dos se internaron en aquel camino, en donde la claridad de la luna se hacía cada vez menos por los enormes arboles que tapaban el manto estelar. Comenzaron a caminar apresuradamente, para poder llegar al final.

Cuando estaban a punto de llegar, y la luz de la luna volvía a iluminar aquel sendero, el niño comenzó a sufrir una metamorfosis; las extremidades de su cuerpo comenzaron a llenarse de un pelaje oscuro; sus piernas -al igual que sus manos- se alargaban al doble de su tamaño; sus uñas se tornaban en filosas púas mortales; su cabeza se hacía más grande; y su boca se tornó en una enorme mandíbula. Al finalizar, ya era una bestia sedienta de sangre.

Olegario no se había percatado de aquel maligno cambio; mientras seguía caminando, comenzó asentir un aliento caliente que provenía detrás de él y unos pasos muy extraños. Al llegar al final del camino, con la luz de luna pudo darse cuenta de una enorme sombra que lo pasaba al caminar; fue cuando descubrió que de aquel niño no quedaba nada, vio a una bestia que sus ojos jamás habían visto.

La bestia, al ver la claridad de la luna que reflejaba su maligna presencia, decidió arremeter a su víctima. Olegario, empuñando su machete y dándose la vuelta, logró incrustarlo en el cuerpo de aquel ser. Al sentir el frío y duro acero filoso del arma, la bestia emitió un aullido ensordecedor e hizo que Olegario perdiera la concentración por un instante. El animal, enfurecido, embistió la humanidad de su oponente; empezaba una batalla por la supervivencia.

Olegario reaccionó, tomó de  nuevo su machete y adoptó una postura defensiva; pero la bestia lo acometió con un enorme salto y lo esquivó rodando por el suelo. Viendo que la bestia había perdido el equilibrio, lo arremetió con una estocada certera, la cual le privó de una de sus extremidades e hirió profundamente a la bestia, haciéndole sangrar. Al verla mal herida, decidió darse a la fuga.

Fue un grave error no terminar con la vida de este ser maligno. El Nauyaco, al darse cuenta de que Olegario emprendía su huida, tomó con sus garras un tronco y lo aventó hacia la humanidad de su enemigo, al que le produjo unas heridas en las piernas. El instinto de supervivencia de Olegario lo llevó a que se arrastrara para seguir la huida de la bestia, que al ver tirado a su oponente prosiguió a insertar las enormes garras en su vientre, causándole un daño mortal a los órganos vitales de su presa.

Esto no bastó para terminar con la vida de Olegario, quien con las fuerzas que le quedaban, y un poco de fortuna, encontró un pedazo de madera puntiaguda y lo incrustó en uno de los ojos del Nauyaco, extirpándoselo por completo, por lo cual emitió un sonido desgarrador y, furioso, arremetió contra el cuerpo del moribundo. Con un zarpazo, le arrebató la vida y se dispuso a devorar el cuerpo. Pero la bestia tenía otros planes con la piel de Olegario; así que despellejándolo, poco a poco, hasta lograr terminarlo, se hizo pasar por él, para entrar en la casa y hogar de María, ya que su objetivo era el pequeño Juan.

Al encaminarse hacia la casa, la bestia se sentía mermada por la batalla que tuvo con Olegario, en donde perdió un ojo y el brazo derecho. Al llegar, María estaba afuera, esperándolo. Le dijo: ¿por qué llegas tan tarde?, ¿qué pasó con el encargo? El engendro no contestó; se dirigió hacia donde se encontraba la hamaca de Juan y, situándose enfrente de él, comenzó a mirarlo de una forma diabólica y espeluznante. María no sabía que aquella persona no era su marido, sino una máquina asesina que a su paso traía el hedor a muerte y desolación.

María comienza a preparar la cena y prende el fuego de su cocina con la leña que le queda. El Nauyaco no quita su vista hacia Juan, lo que asusta mucho a éste, que irrumpe en llanto. Su mamá lo abraza y comienza a cantar para que reconcilie el sueño; cuando el pequeño se queda dormido, vuelve a costarlo en su hamaca.

María le pregunta a “su marido” si quiere cenar. El Nauyaco no contesta; sintiéndose débil decide tomar un descanso, por lo cual busca una hamaca vacía, se acuesta y cae en un sueño profundo. María comienza a lavar los platos de la cena; al terminar se siente cansada y decide acostarse a descansar, lo hace justamente en donde el Nauyaco descansa.

Sin darse cuenta del peligro que ella corre, los cuerpos entran en contacto. La señora se prepara a dormir.

Después de varías horas de sueño, la bestia comenzó a tomar su forma diabólica. María sintió un pequeño cosquilleo en un brazo, pero no le dio importancia. Luego, sintió que sus piernas eran picadas con algo filoso y sintiendo su ropa húmeda y viscosa despertó.

El Nauyaco tomó su forma natural y las heridas causadas por Olegario comenzaron a sangrar de nuevo. María, sin hacer movimientos violentos, se levantó de la hamaca y pensó en qué le había pasado a su marido. Después, ideó cómo escapar de allí; ordenó sus ideas y decidió ir al pueblo en busca de ayuda; la luz del día estaba por salir.

Armándose de valor, y encomendándose a Dios, salió de su casa, sin que lo notara aquella bestia infernal. En el camino recordó que era la hora en que los campesinos pasaban para ir hacia la santa cruz y a sus milpas. Antes de quitarse de su casa, había tomado entre sus brazos a su hijo. Lo escondió en la cocina, lo colocó dentro del maíz que ellos guardaban y dejó que siguiera durmiendo. Corriendo por su vida, llegó hacia donde ellos se encontraban.

En el trayecto, comenzó a pensar en su marido y para no correr la misma suerte se apresuró a llegar hacia la santa cruz. Al llegar, rompió la concentración de los campesinos que oraban; éstos, al ver el amargo llanto de María, preguntaron lo que pasaba. Ella contestó poco a poco; les hizo saber que su marido había sido matado por una bestia; que su hijo estaba en casa durmiendo.

El grupo decidió ir en ayuda de Juan. Cerca de la casa de María vieron restos de Olegario; la sangre se conservaba fresca por las hierbas. A un lado del camino vieron el machete, manchado con la sangre del Nauyaco.

Uno de los campesinos recordó que el arma que hirió al Nauyaco, por primera vez, podría extinguir la vida del ser demoniaco; así que tomaron el machete. Al llegar, se detuvieron enfrente de la puerta y, caminando suavemente entre las hierbas, para no hacer ruido, rodearon la casa y uno de ellos fue hacia el escondite del niño.

La leyenda cuenta que solamente una persona con fe y corazón noble podría pelear con el Nauyaco; así que quien pudiera ver dónde estaba el machete sería la indicada para confrontar a las fuerzas del mal. El campesino que lo encontró se llamaba Gabriel, uno de los pocos amigos con que contaba Olegario, y que armándose de valor decidió luchar contra el maligno.

Justamente, cuando iba entrando, el Nauyaco despertó y sintiéndose en peligro comenzó a gruñir y hacer ruidos ensordecedores. Miró de un lado a otro, buscando al pequeño para devorarlo y terminar su vida de engendro del mal, ya que el tenía que consumir la sangre del niño para liberarse de la maldición del monte.

De un enorme salto llegó hasta la hamaca de Juan y de un zarpazo la rompió; para su sorpresa, no había nada, sólo una manta envuelta con hojas de maíz. Enfurecido, comenzó a lanzar las cosas que había adentro de la casa; los campesinos eran espectadores de aquel furioso ataque. Escuchando los ruidos fuertes de las cosas que caían, Juan salió de su escondite y viendo a la bestia enfrente de él comenzó a llorar.

El Nauyaco, levantado la vista, vio al niño y, acercándose hacia él para devorarlo, no se dio cuenta que el pequeño tenía en su garganta un crucifijo; así que cuando quiso sujetarlo del cuello, la cruz le quemó las garras y el Nauyaco emitió un grito ensordecedor que atemorizo más al pequeño.

El Nauyaco se quedo aturdido por un momento, por el dolor que le causó aquella fuerza que protegía al niño, al que uno de los campesinos tomó del brazo y lo sacó de aquella atmósfera espeluznante.

Mientras tanto, Gabriel, decidido, entró a la casa con el arma en la mano y se enfrentó en un duelo a muerte con el discípulo del mal. De repente, el cielo se vio rodeado de enormes nubes que bloqueaban los rayos del sol. El negro manto de la maldad se hacía presente en la batalla a punto de librar. Al sentir la oscuridad, el Nauyaco recobró sus fuerzas y empezó la pelea.

Los campesinos comenzaron a orar para que Gabriel saliese victorioso. María recordó que había traído agua bendita de la iglesia y fue por ella, en la cocina. Buscándolo desesperadamente, dio con el frasco. Tomándolo con la mano se dirigió hacia donde estaba la pelea entre el bien y el mal. Gabriel, al ver los ojos del Nauyaco comenzó a tener miedo y a dudar de su fe. Sin embargo, María se acercó a él y lo roseó con el agua sagrada, la cual produjo una especie de armadura invisible que repelía los taques de la bestia.

Gabriel, al ver que el agua surtía efecto, recobró confianza y valor. Entonces, con el machete en la mano, lo atacó con varios golpes mortales. La bestia, sintiendo de nuevo aquella filosa hoja de metal, comenzó a retroceder. El cielo comenzó a llorar, dejando caer un diluvio en aquella casa. El Nauyaco arremetió con un zarpazo al cuerpo de aquel hombre valeroso, que le produjo una herida; y, sintiendo la sangre fresca que  brotaba del cuerpo de Gabriel, continuó con más fuerza.

La lluvia torrencial hizo que el cuerpo de Gabriel perdiera el control de sus pies y cayó al suelo de rodillas. El Nauyaco, al verlo postrado, con unas de sus garras tomó un butaque y lo lanzó hacia la humanidad de Gabriel; éste lo esquivó, lanzándose hacia un lado; se paró de nuevo y con valentía se fue encima del Nauyaco y lo hirió entre las piernas. Al verla caída, empuñó el machete con dirección al cielo y lo incrustó en medio del corazón de la bestia.

El Nauyaco, al sentir el fuego de la hoja de metal que atravesaba su órgano vital, comenzó a perder sangre, pero sacando fuerzas de su moribunda vida se puso de pie. Todo fue en vano, porque el machete había causado una herida de muerte. El cielo se tornó de color normal, dejando ver los primeros rayos solares, presagiando el final de esta batalla.

Al ser tocado por los rayos del sol, aquel ente se convirtió en un enorme trozo de roble. Por fin, había terminado aquella pesadilla que sufrieron la familia de María y los campesinos; éstos tomaron el trozo de roble que contenía el alma del Nauyaco, lo llevaron a lo más profundo del monte, y lo colocaron en una caverna. Juntaron un montón de ramas secas y cubrieron la cueva con ellas; después prendieron fuego para terminar con aquel símbolo del mal.

Nadie sabe la ubicación real del lugar donde los campesinos prendieron el fuego. Se dice que algunos cazadores locales, que se adentran en el corazón del monte, ven aquella hoguera en donde se consumió la maldad del Nauyaco.

 
 

*José Santiago Dzib Tuyub nació en Calkiní, Campeche, el 22 de febrero de 1981. En el 2003, egresó como Licenciado en Historia, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Campeche. Fuente: Texto enviado por José Santiago Dzib Tuyub, en mayo de 2009.