Dormía tranquilamente en el interior de una cueva, cuando
el ruido de un motor me despertó. Hace mucho tiempo que
no escucho sonidos diferentes a los de aquí abajo; por
eso sentí curiosidad de ir a la superficie; nadé
con ligereza y emergí del agua con sigilo. Me encontraba
a una distancia prudente para que nadie notara mi presencia. Observé
con beneplácito a los que iban a bordo de una lancha. Encontrarse
con los humanos no es cosa de todos los días. Disfruto
de su compañía. Aunque ellos no lo saben.
Una
pena oprime mi corazón. Estoy condenada a vivir en un ambiente
al que no termino de acostumbrarme, pues soy una criatura de dual
naturaleza. Además, por si fuera poco, tenía prohibido
mostrarme a los humanos. A esa conclusión llegué
después de muchas lunas. En el raciocinio de ellos, los
de mi especie, no son más que un mito, alucinaciones de
algún marino “viejo lobo de mar”, que en su
decadente vida aseguraba ser testigo de la existencia de las criaturas
más raras y exóticas. Pero de eso, a que la gente
creyera en la veracidad de sus palabras, anotadas en una bitácora,
era otra cosa.
Estaba
resignada a vivir de manera anónima. Dada mi naturaleza,
sólo en una fecha particular se me permitía ir a
la superficie para gozar de la belleza exterior. Fecha en la que
los seres humanos por lo general no se echan a la mar, de acuerdo
con sus creencias y tradiciones.
Siempre
existen incautos que, pese a las advertencias de sus padres, no
respetan esta fecha y vienen al mar, a bañarse o a pescar.
En todo caso, quedan a su suerte: si es una persona de corazón
limpio, no hay lodo en su alma, puede tener la fortuna de encontrarse
mar adentro conmigo o con alguien más de mi especie. Digo
afortunado, porque entonces sus ojos podrán comprobar que
sí existimos, para su satisfacción personal y nada
más. Porque de contárselo a otra persona puede uno
ser tachado de loco. En todo caso, deben ser personas preparadas
mentalmente, ya que la impresión puede ser mayúscula,
y las habladurías de la gente tendrían su razón
de ser, al escucharlos hablar solos o al verlos divagar por el
pueblo con la mira abstraída.
Los
más, aunque lo deseen, nunca tendrán esa dicha,
pero en cambio pueden pagar caro su osadía, como me sucedió
a mí por no escuchar consejos.
-Nabat,
no te vayas a bañar al mar -me dijo mi madre-. Hazme caso,
es malo hacerlo para estas fechas (Semana Santa). No seas una
muchacha terca.
Pero
yo, pese a la advertencia, un día me fui al mar. Esta vez
mis amigas no me acompañaron.
La
verdad, nunca creí en las cosas que decía mi madre.
Con el afán de divertirme, daba rienda suelta a mi necedad.
Ese
día, empujada por el calor, sin preámbulos me metí
al agua. Estuve jugando con las olas un buen rato. Me alejé
de la playa para bucear como a mí me gusta y para convivir
con los pececillos de colores que pasaban ante mis ojos. Fue entonces
cuando sentí estremecer mi cuerpo; sentía una rara
sensación, especialmente de la cintura para abajo. Mis
piernas experimentaron internamente una agitación fuera
de lo normal, se contorsionaban, un hormigueo incesante las invadía.
Al cabo de unos minutos la agitación cesó.
Fue
entonces que me dispuse a investigar el motivo de esta sensación.
Lo primero que se me ocurrió fue meter las manos por debajo
del agua para tocarme las piernas, pero me desconcertó
sentir en ellas una textura áspera. Qué me sucedió,
dije asustada. Para corroborar el presentimiento de mis manos,
saqué mis piernas fuera del agua y lo que miré me
dejó pasmada, no tenía mis piernas, en su lugar
una aleta de pescado chapoteaba entre las olas. ¡Noooo,
no puee...de ser veerdad esto!, dije balbuceando. ¡Esto
no son mis piernas! Casi enloquecí de la impresión.
La realidad no mentía. Mis extremidades inferiores formaban
una unidad, la mitad de mi cuerpo estaba revestida de escamas
verde esmeralda que brillaban con el sol.
Todavía
consternada, nadé con dirección a la playa para
que alguien me dijera que esto no estaba pasando, pero el mar
ejerció una rara atracción sobre mí y desistí
en el intento. Hasta ese momento me di cuenta de mi desgracia.
Ajena
a la realidad, como si fuera un mal sueño, me atreví
a pensar <<mañana que amanezca regreso a mi casa;
esto que me pasa es una broma de mal gusto, bajo esta condición
no puedo, me da pena salir del agua>>. Ignoraba que a partir
de ese día ya no lo haría más. Desde entonces
perdí contacto con mi familia.
Al
recordar este episodio de mi vida, no pude evitar derramar un
par de lágrimas, que bajaron de mi rostro como tímidas
gaviotas y que al contacto con el agua del mar se tornaron perlas;
las sostuve por un momento en una de mis palmas y luego se las
ofrecí al viento, como pago por mi karma.
El
ruido del motor, que se ponía en marcha, me hizo volver
a la realidad. Una tormenta se avecinaba. Decidí que era
el momento de regresar. Me zambullí como otras veces y
me alejé de la superficie.
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