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Nabat/ - Élmer Cocom Noh

 
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Dormía tranquilamente en el interior de una cueva, cuando el ruido de un motor me despertó. Hace mucho tiempo que no escucho sonidos diferentes a los de aquí abajo; por eso sentí curiosidad de ir a la superficie; nadé con ligereza y emergí del agua con sigilo. Me encontraba a una distancia prudente para que nadie notara mi presencia. Observé con beneplácito a los que iban a bordo de una lancha. Encontrarse con los humanos no es cosa de todos los días. Disfruto de su compañía. Aunque ellos no lo saben.

Una pena oprime mi corazón. Estoy condenada a vivir en un ambiente al que no termino de acostumbrarme, pues soy una criatura de dual naturaleza. Además, por si fuera poco, tenía prohibido mostrarme a los humanos. A esa conclusión llegué después de muchas lunas. En el raciocinio de ellos, los de mi especie, no son más que un mito, alucinaciones de algún marino “viejo lobo de mar”, que en su decadente vida aseguraba ser testigo de la existencia de las criaturas más raras y exóticas. Pero de eso, a que la gente creyera en la veracidad de sus palabras, anotadas en una bitácora, era otra cosa.

Estaba resignada a vivir de manera anónima. Dada mi naturaleza, sólo en una fecha particular se me permitía ir a la superficie para gozar de la belleza exterior. Fecha en la que los seres humanos por lo general no se echan a la mar, de acuerdo con sus creencias y tradiciones.

Siempre existen incautos que, pese a las advertencias de sus padres, no respetan esta fecha y vienen al mar, a bañarse o a pescar. En todo caso, quedan a su suerte: si es una persona de corazón limpio, no hay lodo en su alma, puede tener la fortuna de encontrarse mar adentro conmigo o con alguien más de mi especie. Digo afortunado, porque entonces sus ojos podrán comprobar que sí existimos, para su satisfacción personal y nada más. Porque de contárselo a otra persona puede uno ser tachado de loco. En todo caso, deben ser personas preparadas mentalmente, ya que la impresión puede ser mayúscula, y las habladurías de la gente tendrían su razón de ser, al escucharlos hablar solos o al verlos divagar por el pueblo con la mira abstraída.

Los más, aunque lo deseen, nunca tendrán esa dicha, pero en cambio pueden pagar caro su osadía, como me sucedió a mí por no escuchar consejos.

-Nabat, no te vayas a bañar al mar -me dijo mi madre-. Hazme caso, es malo hacerlo para estas fechas (Semana Santa). No seas una muchacha terca.

Pero yo, pese a la advertencia, un día me fui al mar. Esta vez mis amigas no me acompañaron.

La verdad, nunca creí en las cosas que decía mi madre. Con el afán de divertirme, daba rienda suelta a mi necedad.

Ese día, empujada por el calor, sin preámbulos me metí al agua. Estuve jugando con las olas un buen rato. Me alejé de la playa para bucear como a mí me gusta y para convivir con los pececillos de colores que pasaban ante mis ojos. Fue entonces cuando sentí estremecer mi cuerpo; sentía una rara sensación, especialmente de la cintura para abajo. Mis piernas experimentaron internamente una agitación fuera de lo normal, se contorsionaban, un hormigueo incesante las invadía. Al cabo de unos minutos la agitación cesó.

Fue entonces que me dispuse a investigar el motivo de esta sensación. Lo primero que se me ocurrió fue meter las manos por debajo del agua para tocarme las piernas, pero me desconcertó sentir en ellas una textura áspera. Qué me sucedió, dije asustada. Para corroborar el presentimiento de mis manos, saqué mis piernas fuera del agua y lo que miré me dejó pasmada, no tenía mis piernas, en su lugar una aleta de pescado chapoteaba entre las olas. ¡Noooo, no puee...de ser veerdad esto!, dije balbuceando. ¡Esto no son mis piernas! Casi enloquecí de la impresión. La realidad no mentía. Mis extremidades inferiores formaban una unidad, la mitad de mi cuerpo estaba revestida de escamas verde esmeralda que brillaban con el sol.

Todavía consternada, nadé con dirección a la playa para que alguien me dijera que esto no estaba pasando, pero el mar ejerció una rara atracción sobre mí y desistí en el intento. Hasta ese momento me di cuenta de mi desgracia.

Ajena a la realidad, como si fuera un mal sueño, me atreví a pensar <<mañana que amanezca regreso a mi casa; esto que me pasa es una broma de mal gusto, bajo esta condición no puedo, me da pena salir del agua>>. Ignoraba que a partir de ese día ya no lo haría más. Desde entonces perdí contacto con mi familia.

Al recordar este episodio de mi vida, no pude evitar derramar un par de lágrimas, que bajaron de mi rostro como tímidas gaviotas y que al contacto con el agua del mar se tornaron perlas; las sostuve por un momento en una de mis palmas y luego se las ofrecí al viento, como pago por mi karma.

El ruido del motor, que se ponía en marcha, me hizo volver a la realidad. Una tormenta se avecinaba. Decidí que era el momento de regresar. Me zambullí como otras veces y me alejé de la superficie.

 
 

Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.