Neto
y Licho son de esos típicos niños que se pasan la
vida compitiendo y apostando por todo lo que les pasa en mente,
según les caliente el sol. Sus apuestas cotidianas consistían
en ver quién llegaba primero a la esquina de sus casas,
quién se subía primero a un árbol, quién
juntaba más canicas, quién le robaba un beso a x
niña. Y cuando todo se volvía rutinario, buscaban
nuevas formas de competir.
En
una ocasión, apostaron a ver quién se atrevía
a cruzar caminando el cementerio a media noche. La idea, en un
principio pareció descabellado, pero para satisfacer la
adrenalina que bullía en el interior de los pequeñuelos,
hacía falta eso y mucho más. A través de
un volado, sortearon quién realizaría la proeza.
Neto, como siempre, sacó ventaja de su astucia y de la
ingenuidad de su amigo, quien de todos modos aceptó “gustosamente”
el reto. Esa noche Licho pondría a prueba su valor y sagacidad.
Neto
prometió esperarlo en las afueras del recinto; era parte
del trato, así como también que el perdedor llevara
un machete, por si fuera necesario.
A
las doce en punto, tal como habían acordado, los dos se
reunieron en un pequeño parque cercano al cementerio. Luego
de unas palabras de aliento entre los dos, se acercaron hasta
la reja principal del lugar. Cada quien se dispuso a cumplir con
su parte. Neto señaló el lugar donde lo esperaría,
debajo de un viejo roble; Licho, se despidió de su amigo
y se fue brincando las albarradas de un terreno baldío
que se encontraba a un costado, para ir hasta el fondo.
Neto,
tan pronto como vio desaparecer a su amigo por entre la maleza
del solar, se sentó en una enorme piedra labrada. Licho
en ese momento había llegado hasta el fondo del cementerio
y se dispuso a cumplir el reto. Todavía titubeante, vaciló
en iniciar la travesía. Se quedó unos minutos pensativo,
buscando la manera de cómo distraer sus pensamientos y
no dejar que lo impresionara el ambiente sombrío de aquel
lugar. Empezó a caminar, lentamente, como si temiera despertar
a los residentes.
El
resplandor de la luna apenas le ayudaba a visualizar el corredor.
Le costó trabajo levantar los pies para dar un paso, y
otro y otro. Sus pies se habían tornado en pesadas losas.
Lo desesperaba no avanzar. El vértigo se apoderó
de su cuerpo; estaba empapado de sudor como si se hubiera bañado
en la lluvia; temblaba y no era por el aire gélido.
A
cada paso, y al menor ruido, escudriñó minuciosamente
cada rincón. Estaba seguro que alguien lo observaba detrás
de una estatua, una lápida, un esquelético árbol.
¿Funesta presencia?
Para
sentirse más seguro, se llevaba con frecuencia la mano
al cinto, para asegurarse que todavía estaba el machete
en su poder. Aún así, su cuerpo se le hacía
carne de gallina. Su angustia crecía con el tiempo, porque
a pesar de apretar el paso no avanzaba.
A
punto estaba de salir corriendo y de olvidarse de la apuesta,
cuando sintió que alguien lo detuvo del pantalón.
Tan enmarañado estaba en sus pensamientos que por inercia
entumió el cuerpo. Pensó que la mano de un muerto
lo agarraba.
Estático,
como los ángeles de mármol que tenía enfrente,
y tragando saliva, contuvo la respiración; sus pulmones
eran globos a punto de estallar. Mientras tanto, pensaba en alguna
estrategia para escapar de aquella trampa nocturna. Resoplaba
con la mayor discreción que podía. Por nada pasó
en su mente la idea de volver la cabeza. En esa postura permaneció
por varias horas hasta que perdió la noción de tiempo.
Afuera,
Neto se había impacientado por su tardanza. Fue más
grande la tentación del sueño que el compromiso
contraído y optó por regresar a casa.
Ya
iba amaneciendo cuando Licho, cansado de la incómoda postura
en que se encontraba, y animado por la luz que se extendió
por todo el lugar, se armó de valor y volteó, no
sin antes llevarse la mano a la cintura.
De
frente a su captor, se dio cuenta que una mísera rama de
roble lo mantuvo así toda la noche, pues se había
atorado en una de las bolsas raídas de su pantalón.
Enojado por el incidente y avergonzado de sí mismo, desenfundó
el machete y aventó tajos a diestra y siniestra.
-Así
que era una rama, pues la corto -dijo encolerizado-. Y si hubiera
sido la mano de un muerto, la corto también.
Tan
pronto como pudo alcanzó la salida y se alejó del
cementerio, sin reparar en la ausencia de su inseparable “amigo”
de aventuras.
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