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Dos amigos/ - Élmer Cocom Noh

 
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Neto y Licho son de esos típicos niños que se pasan la vida compitiendo y apostando por todo lo que les pasa en mente, según les caliente el sol. Sus apuestas cotidianas consistían en ver quién llegaba primero a la esquina de sus casas, quién se subía primero a un árbol, quién juntaba más canicas, quién le robaba un beso a x niña. Y cuando todo se volvía rutinario, buscaban nuevas formas de competir.

En una ocasión, apostaron a ver quién se atrevía a cruzar caminando el cementerio a media noche. La idea, en un principio pareció descabellado, pero para satisfacer la adrenalina que bullía en el interior de los pequeñuelos, hacía falta eso y mucho más. A través de un volado, sortearon quién realizaría la proeza. Neto, como siempre, sacó ventaja de su astucia y de la ingenuidad de su amigo, quien de todos modos aceptó “gustosamente” el reto. Esa noche Licho pondría a prueba su valor y sagacidad.

Neto prometió esperarlo en las afueras del recinto; era parte del trato, así como también que el perdedor llevara un machete, por si fuera necesario.

A las doce en punto, tal como habían acordado, los dos se reunieron en un pequeño parque cercano al cementerio. Luego de unas palabras de aliento entre los dos, se acercaron hasta la reja principal del lugar. Cada quien se dispuso a cumplir con su parte. Neto señaló el lugar donde lo esperaría, debajo de un viejo roble; Licho, se despidió de su amigo y se fue brincando las albarradas de un terreno baldío que se encontraba a un costado, para ir hasta el fondo.

Neto, tan pronto como vio desaparecer a su amigo por entre la maleza del solar, se sentó en una enorme piedra labrada. Licho en ese momento había llegado hasta el fondo del cementerio y se dispuso a cumplir el reto. Todavía titubeante, vaciló en iniciar la travesía. Se quedó unos minutos pensativo, buscando la manera de cómo distraer sus pensamientos y no dejar que lo impresionara el ambiente sombrío de aquel lugar. Empezó a caminar, lentamente, como si temiera despertar a los residentes.

El resplandor de la luna apenas le ayudaba a visualizar el corredor. Le costó trabajo levantar los pies para dar un paso, y otro y otro. Sus pies se habían tornado en pesadas losas. Lo desesperaba no avanzar. El vértigo se apoderó de su cuerpo; estaba empapado de sudor como si se hubiera bañado en la lluvia; temblaba y no era por el aire gélido.

A cada paso, y al menor ruido, escudriñó minuciosamente cada rincón. Estaba seguro que alguien lo observaba detrás de una estatua, una lápida, un esquelético árbol. ¿Funesta presencia?

Para sentirse más seguro, se llevaba con frecuencia la mano al cinto, para asegurarse que todavía estaba el machete en su poder. Aún así, su cuerpo se le hacía carne de gallina. Su angustia crecía con el tiempo, porque a pesar de apretar el paso no avanzaba.

A punto estaba de salir corriendo y de olvidarse de la apuesta, cuando sintió que alguien lo detuvo del pantalón. Tan enmarañado estaba en sus pensamientos que por inercia entumió el cuerpo. Pensó que la mano de un muerto lo agarraba.

Estático, como los ángeles de mármol que tenía enfrente, y tragando saliva, contuvo la respiración; sus pulmones eran globos a punto de estallar. Mientras tanto, pensaba en alguna estrategia para escapar de aquella trampa nocturna. Resoplaba con la mayor discreción que podía. Por nada pasó en su mente la idea de volver la cabeza. En esa postura permaneció por varias horas hasta que perdió la noción de tiempo.

Afuera, Neto se había impacientado por su tardanza. Fue más grande la tentación del sueño que el compromiso contraído y optó por regresar a casa.

Ya iba amaneciendo cuando Licho, cansado de la incómoda postura en que se encontraba, y animado por la luz que se extendió por todo el lugar, se armó de valor y volteó, no sin antes llevarse la mano a la cintura.

De frente a su captor, se dio cuenta que una mísera rama de roble lo mantuvo así toda la noche, pues se había atorado en una de las bolsas raídas de su pantalón. Enojado por el incidente y avergonzado de sí mismo, desenfundó el machete y aventó tajos a diestra y siniestra.

-Así que era una rama, pues la corto -dijo encolerizado-. Y si hubiera sido la mano de un muerto, la corto también.

Tan pronto como pudo alcanzó la salida y se alejó del cementerio, sin reparar en la ausencia de su inseparable “amigo” de aventuras.

 
 

Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.