Era
casi la media noche cuando Juvencio decidió regresar a
su casa. Se levantó con dificultad, y sin despedirse de
sus amigos, que se encontraban dormidos, tomó la senda
por la que vino. Vacilaba al caminar, como si alguien le moviera
el piso; venía cantando.
A
pesar de su estado, sintió el peso de una mirada a sus
espaldas. Volvió trabajosamente la cabeza hacia donde se
encontraba erguida una gran ceiba. Levantó las pesadas
losas de sus párpados y escudriñó el lugar.
Debajo de este árbol milenario se encontraba una joven,
la más hermosa que en su mísera vida hubiera contemplado,
de ojos negros, piel morena y larga cabellera que caía
más allá de su cintura. Su indumentaria era un huipil,
por lo que pensó que se trataba de una muchacha de esos
rumbos.
El
mirar esos enigmáticos ojos le produjo una fascinación.
Estaba ante la venus del mayab. Un olor a flores extravagantes
invadía el ambiente. Juvencio quedó embelesado de
tanta belleza. Sin ser dueño de su voluntad, a una seña
de ella la fue siguiendo por vericuetos en completa penumbra.
Nada
a su alrededor existía, excepto la imagen perfecta de la
mujer que cualquier hombre del pueblo envidiaría. Y bajo
este precepto, no dudó en ningún momento en seguirle
los pasos. No se dio cuenta que cada vez se iba alejando de su
pueblo.
Aún
bajo los efectos del alcohol, una vocecita interna le pedía
que hiciera uso de su lógica y raciocinio; fue entonces
que despertó del sueño en que se encontraba. Observó
con detenimiento a la joven que seguía y se dio cuenta
que ésta no apoyaba sus pies -más bien patas de
gallo y chivo- sobre la tierra; caminaba en el aire. Un escalofrío
invadió su cuerpo.
La
descripción de la joven poco a poco fue encajando en su
cabeza, con la descripción que sus abuelos le hicieran
de la Xtabay, mujer de la que todo el pueblo hablaba, pero que
pocos habían visto. Sí, estaba seguro, era ella.
Ahora cómo deshacerse de ella, cuando no contaba con fuerza
de voluntad. Su presencia maléfica le puso los pelos de
punta.
Juvencio
estaba tan asustado, que hasta la borrachera se le bajó
en menos de lo que canta un gallo. En esta nueva condición,
buscó entre sus ropas el cuchillo que llevaba al cinto.
Sin pensarlo, le asestó al incubo, a la altura del pulmón,
un par de cuchilladas y salió despavorido del lugar. No
se detuvo hasta empujar la puerta de su casa. Se tumbó
en su hamaca, pero no concilió el sueño.
Tan
pronto como amaneció se lo contó a su mujer y a
sus amigos. No podían creer lo que les había relatado.
A pesar de haber chupado una naranja con sal, el susto no se le
bajó. Sin embargo, hizo un esfuerzo por controlar sus emociones.
Pidió a sus amigos que lo acompañaron hasta la entrada
de la cueva, donde todo había sucedido.
Al
llegar al escenario de los hechos, para el asombro de los presentes,
en la entrada de la cueva no había ningún cuerpo,
en su lugar un nopal de mediano tamaño tenía clavado
el cuchillo.
Sus
amigos se miraron con preocupación, pero no dijeron nada.
Juvencio recobró su herramienta de trabajo. Regresaron
al pueblo, sin mediar palabra durante el camino. No se dieron
cuenta que a sus espaldas la hoja del nopal donde estuvo clavada
el arma blanca, goteaba sangre.
Por
la noche, a Juvencio lo agarró una fuerte calentura, tan
fuerte que pese a los esfuerzos de su mujer, amigos y vecinos,
no lograron aplacársela. No alcanzó a contemplar
el nuevo día.
Por
extraño que parezca, durante su sepelio, desapareció
el cuchillo que se encontraba en el interior de su ataúd;
algunas personas dijeron haber visto rondando cerca de allí
a la joven hermosa, cuyo nombre nadie se atrevió a pronunciar
durante largo tiempo.
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