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La venus del mayab / Élmer Cocom Noh

 

 
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Era casi la media noche cuando Juvencio decidió regresar a su casa. Se levantó con dificultad, y sin despedirse de sus amigos, que se encontraban dormidos, tomó la senda por la que vino. Vacilaba al caminar, como si alguien le moviera el piso; venía cantando.

A pesar de su estado, sintió el peso de una mirada a sus espaldas. Volvió trabajosamente la cabeza hacia donde se encontraba erguida una gran ceiba. Levantó las pesadas losas de sus párpados y escudriñó el lugar. Debajo de este árbol milenario se encontraba una joven, la más hermosa que en su mísera vida hubiera contemplado, de ojos negros, piel morena y larga cabellera que caía más allá de su cintura. Su indumentaria era un huipil, por lo que pensó que se trataba de una muchacha de esos rumbos.

El mirar esos enigmáticos ojos le produjo una fascinación. Estaba ante la venus del mayab. Un olor a flores extravagantes invadía el ambiente. Juvencio quedó embelesado de tanta belleza. Sin ser dueño de su voluntad, a una seña de ella la fue siguiendo por vericuetos en completa penumbra.

Nada a su alrededor existía, excepto la imagen perfecta de la mujer que cualquier hombre del pueblo envidiaría. Y bajo este precepto, no dudó en ningún momento en seguirle los pasos. No se dio cuenta que cada vez se iba alejando de su pueblo.

Aún bajo los efectos del alcohol, una vocecita interna le pedía que hiciera uso de su lógica y raciocinio; fue entonces que despertó del sueño en que se encontraba. Observó con detenimiento a la joven que seguía y se dio cuenta que ésta no apoyaba sus pies -más bien patas de gallo y chivo- sobre la tierra; caminaba en el aire. Un escalofrío invadió su cuerpo.

La descripción de la joven poco a poco fue encajando en su cabeza, con la descripción que sus abuelos le hicieran de la Xtabay, mujer de la que todo el pueblo hablaba, pero que pocos habían visto. Sí, estaba seguro, era ella. Ahora cómo deshacerse de ella, cuando no contaba con fuerza de voluntad. Su presencia maléfica le puso los pelos de punta.

Juvencio estaba tan asustado, que hasta la borrachera se le bajó en menos de lo que canta un gallo. En esta nueva condición, buscó entre sus ropas el cuchillo que llevaba al cinto. Sin pensarlo, le asestó al incubo, a la altura del pulmón, un par de cuchilladas y salió despavorido del lugar. No se detuvo hasta empujar la puerta de su casa. Se tumbó en su hamaca, pero no concilió el sueño.

Tan pronto como amaneció se lo contó a su mujer y a sus amigos. No podían creer lo que les había relatado. A pesar de haber chupado una naranja con sal, el susto no se le bajó. Sin embargo, hizo un esfuerzo por controlar sus emociones. Pidió a sus amigos que lo acompañaron hasta la entrada de la cueva, donde todo había sucedido.

Al llegar al escenario de los hechos, para el asombro de los presentes, en la entrada de la cueva no había ningún cuerpo, en su lugar un nopal de mediano tamaño tenía clavado el cuchillo.

Sus amigos se miraron con preocupación, pero no dijeron nada. Juvencio recobró su herramienta de trabajo. Regresaron al pueblo, sin mediar palabra durante el camino. No se dieron cuenta que a sus espaldas la hoja del nopal donde estuvo clavada el arma blanca, goteaba sangre.

Por la noche, a Juvencio lo agarró una fuerte calentura, tan fuerte que pese a los esfuerzos de su mujer, amigos y vecinos, no lograron aplacársela. No alcanzó a contemplar el nuevo día.

Por extraño que parezca, durante su sepelio, desapareció el cuchillo que se encontraba en el interior de su ataúd; algunas personas dijeron haber visto rondando cerca de allí a la joven hermosa, cuyo nombre nadie se atrevió a pronunciar durante largo tiempo.

 
 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.