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La peregrinación / Élmer Cocom Noh

 

 
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Por la carretera que va a Nunkiní, hace mucho tiempo vivió una señora, cuya peculiar forma de ser no era bien vista por los vecinos del rumbo, ya  que como se dice popularmente era  “chismosa.” Estaba pendiente de lo que uno hacía o dejaba de hacer. Al menor indicio de ruido o de murmullo se asomaba a la ventana o salía  presurosa a la calle a ver de qué se trataba. A veces, escudriñaba el callejón que estaba a pocos metros de su casa. Típica señora que de todo se entera.

Mucha gente le había advertido que para estas fechas de “finados” se abstuviera de su mala costumbre, porque podría llevarse un susto. Pero no hizo caso de las advertencias; no podía evitar vivir en y con el chisme, que departía como si fuera pan caliente, con el primero que pasara por su puerta. Y tengan por seguro, que esta señora no entraba a dormir hasta no tener algo que contar al día siguiente, como si el chisme fuera oxígeno para sus pulmones.

Cierta noche que tejía guano en la puerta de su casa, vio venir a lo lejos una multitud; todos vestían de blanco.  Se le hizo extraño que todos vistieran de ese modo. <<Es una peregrinación. Voy a esperar a que pasen>>, pensó; y así lo hizo.

Mientras se acercaba la multitud, siguió tejiendo, sentada sobre una enorme piedra labrada, que su marido trajo del terreno hace años. Fiel a su costumbre, cuando iban pasando por su puerta no evitó la curiosidad de interrogarlos.

−¿A dónde van?

−Vamos a un rezo −le contestó una de las peregrinas, mientras se dirigía a ella.

−¿Quieres acompañarnos? −acentuó.

−No, ya es muy tarde y además no tengo vela −justificó la señora.

−No es problema, yo te doy una.

−No, de veras, ya es muy tarde −remarcó, dejando entrever que no quería acompañarlas.

−Bueno −dijo la otra−, al menos, hazme el favor de guardar este mazo de velas. Mañana pasaré a recogerlo.

−Está bien −contestó la señora, que además de ociosa era confianzuda.

La procesión siguió su marcha y ella entró a dormir. Esa noche tuvo dificultades para conciliar el sueño y cuando al fin lo hizo, tuvo extrañas pesadillas. Amaneció hirviendo de calentura; aún así no se quedó en su hamaca. En la primera oportunidad que tuvo le contó su experiencia nocturnal a su vecina de enfrente. Ésta, al concluir el relato de la señora, exclamó atemorizada:

−¡Ay, vecina, lo que tú viste anoche no eran personas, eran ánimas! ¿A que te dieron a guardar algo? −le preguntó, para confirmar un mal presagio que tenía.

−Sí, −contestó intrigada−; me dieron un mazo de vela.

Dicho lo anterior fueron al cuarto donde lo tenía guardado. Ésta abrió el cofre. Pero para su sorpresa, en lugar del mazo de velas había un manojo de huesos.

−Vecina, en qué problemas te has metido −le dijo la otra−; con las ánimas no se juega. Si no haces nada para romper el maleficio, de seguro esta noche cuando entregues “el encargo”  se llevarán tu alma.

−¿Qué hago ahora? −preguntó asustada la señora chismosa. Su vecina, mayor que ella, conocía por herencia de sus abuelos, la manera de romper el embrujo y le aconsejó:

−Primero que nada, consigue un recién nacido. Esta noche cuando veas pasar la multitud y veas que se acerque la persona que te dio el mazo de velas, pellizcas fuerte al bebé para que llore y entonces haces que el bebé entregue los huesos. De este modo te salvarás y no llevarán tu alma.

−Esta es “la contra”. Hazlo al pie de la letra −le dijo antes de despedirse.

Fue así como esa noche, una de las más frías del mes de noviembre, esperó impaciente en su ventana. A cada rato miraba en la lejanía de la calle por dónde vendría la peregrinación. El bebé ya se había dormido.

El tañido de las campanas de la iglesia, que indicaban la hora nona, se confundía con los latidos de su corazón a punto de reventarle el pecho, quizás presintiendo lo que le deparaba el destino y con la incertidumbre del efecto de la “contra”. La adrenalina aumentaba el ritmo de su corazón, que acompasaba con el castañeo de sus dientes. Ni el café que tomaba logró tranquilizarla. Esa noche deseó que todo fuera una amarga pesadilla; pero era real. El viento, el gélido viento que chiflaba como animal herido, hacía más fúnebre el ambiente. Después reinó otra vez el silencio.

Como la noche anterior, divisó a lo lejos la multitud. Cientos de velas acuchilleaban la oscuridad de la calle. La espera duró una eternidad; pero, al fin, pasaban por su casa. La peregrina de la vez anterior fue a su encuentro. 

No supo de dónde sacó fuerza, pero el llanto del bebé rasgó el monótono silencio. Al momento, lo acercó a la ventana para que entregara los huesos. La peregrina le espetó:

−No, tú tienes que entregarme el mazo de huesos. El niño no tiene la culpa, él es inocente  −replicó.

Pero la señora, aferrada a su existencia, se negó. Estuvieron discutiendo por largo rato hasta que la peregrina, con cierto desenfado, la miro fijamente a los ojos.

−Por esta vez aceptaré el mazo de huesos −le dijo−, que te sirva esta experiencia para que aprendas que hay cosas que no debes ver.

Con parsimonia se alejó de ahí, integrándose a la procesión, que continuó su marcha con dirección al cementerio que estaba a poco más de cien metros.

Cuentan los vecinos del rumbo que la señora  murió al día siguiente, con la satisfacción de haber salvado su alma, no así la vida.

 
 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.