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El comerciante / Élmer Cocom Noh

 

 
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Hace muchos años, vivió en Calkiní un señor cuyo oficio era la compraventa de cerdos. Una noche que cruzaba por el atrio de la iglesia, tuvo la ocurrencia de amarrar sus animales en un roble cercano, para descansar un momento. Disminuido por la fatigosa caminata, que realizara desde temprano, se durmió en este lóbrego lugar.

Entre sueños escuchó murmullos y despertó. Aguzando los oídos, advirtió que los murmullos eran en realidad cánticos, salmos y rezos. Una procesión de frailes avanzó pausadamente por donde se encontraba recostado. Al pasar cerca de él, uno de los religiosos abandonó el grupo y fue a su encuentro.

-¿Hermano, nos acompañas? -dijo una voz amistosa-. Ven con nosotros a escuchar misa.

-No puedo, es que estoy llevando a vender estos animales -contestó el comerciante, señalando hacia donde estaba erguido un viejo roble.

-Yo te los pago –replicó el fraile, y de entre su sotana extrajo una taleguita de oro que le entregó para convencerlo e insistió:

-Vamos... para que oigas la música del coro.

Ante la insistencia, no le quedó más remedio que incorporarse y acompañarlo. Desviándose de la vereda, entraron detrás del templo, por un túnel que nunca imaginó que existiera. Escaleras y más escaleras fueron bajando hasta llegar a otro túnel casi en penumbras. Al final del camino, y tras atravesar una inmensa puerta, quedó pasmado por la luminosidad de aquel sitio.

Ante él se encontraba una iglesia de oro. En el interior de ésta, un cristo grande adornaba el retablo; era una réplica de la iglesia a la que iba todos los domingos.

El fraile, observando el espasmo de su invitado, aseveró:

-Nadie conoce esta iglesia.

Pero aquél permaneció silente y absorto, sin dar crédito de lo que sus ojos eran testigos.

¿Qué hacía en este lugar subterráneo y relumbrante, escuchando misa que oficiaban unos frailes, a los que no les había visto el rostro? Poco importaba, al término de la celebración hizo saber a uno de los frailes que se encontraba a su costado, que él ya se iba.

-Está bien -dijo una voz adusta. Y acompañó al comerciante a la salida.
Estando afuera, le aseguró:

-Mañana voy por mis animales.

Antes de separarse acordaron verse en el mismo sitio del encuentro.

Entre bostezos, y atrapado por sus cavilaciones, el comerciante llegó a su casa.

Horas más tarde y sin haber dormido lo suficiente, esperó en vano a que fueran a recoger la mercancía. A ningún fraile vio venir en toda la mañana. Aburrido y triste, vio pasar las horas con la mirada divagando entre las piedras del templo. Entrada la tarde, nada había cambiado; sólo él y sus animales que dormían cobijados por el inmenso roble, al cual estaban amarrados.

Quienes esporádicamente pasaron por esta vereda y lo miraron, comentaron en voz baja.

-¿Qué le pasará a este señor? ¿A quién aguardará con tanto recelo?

No faltó quien con cierta curiosidad se acercara hasta donde se encontraba sentado.

-¿A quién esperas? -preguntó un vecino.

-A un fraile -respondió el comerciante, sin inmutarse.

-¿Qué fraile? -dijo extrañado el otro, sin entender.

-Pues un fraile que me dio esta taleguita de oro a cambio de mis animales -contestó con fastidio-. Anoche me invitó a conocer la iglesia de oro, que hay debajo de este otro templo.

-¡Estás loco, hermano! -exclamó desconcertado el vecino-; allí no hay nada, no hay ninguna iglesia de oro.
Ignorando los comentarios de su vecino, continuó hablando:

-Hay también un cristo inmenso en lo alto de la iglesia... Pero su vecino ya no siguió escuchando; se marchó. Iba entrando la noche.

Desde aquel instante, al comerciante le dio una fuerte calentura, que poco a poco fue minando su organismo, hasta causarle la muerte.

Nadie supo la causa real de su deceso. Tampoco nadie se dio cuenta que los animales ya no se encontraban amarrados al roble, ni de su paradero.

 
 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.