Hace
muchos años, vivió en Calkiní un señor
cuyo oficio era la compraventa de cerdos. Una noche que cruzaba
por el atrio de la iglesia, tuvo la ocurrencia de amarrar sus
animales en un roble cercano, para descansar un momento. Disminuido
por la fatigosa caminata, que realizara desde temprano, se durmió
en este lóbrego lugar.
Entre
sueños escuchó murmullos y despertó. Aguzando
los oídos, advirtió que los murmullos eran en realidad
cánticos, salmos y rezos. Una procesión de frailes
avanzó pausadamente por donde se encontraba recostado.
Al pasar cerca de él, uno de los religiosos abandonó
el grupo y fue a su encuentro.
-¿Hermano,
nos acompañas? -dijo una voz amistosa-. Ven con nosotros
a escuchar misa.
-No
puedo, es que estoy llevando a vender estos animales -contestó
el comerciante, señalando hacia donde estaba erguido un
viejo roble.
-Yo
te los pago –replicó el fraile, y de entre su sotana extrajo
una taleguita de oro que le entregó para convencerlo e
insistió:
-Vamos...
para que oigas la música del coro.
Ante
la insistencia, no le quedó más remedio que incorporarse
y acompañarlo. Desviándose de la vereda, entraron
detrás del templo, por un túnel que nunca imaginó
que existiera. Escaleras y más escaleras fueron bajando
hasta llegar a otro túnel casi en penumbras. Al final del
camino, y tras atravesar una inmensa puerta, quedó pasmado
por la luminosidad de aquel sitio.
Ante
él se encontraba una iglesia de oro. En el interior de
ésta, un cristo grande adornaba el retablo; era una réplica
de la iglesia a la que iba todos los domingos.
El
fraile, observando el espasmo de su invitado, aseveró:
-Nadie
conoce esta iglesia.
Pero
aquél permaneció silente y absorto, sin dar crédito
de lo que sus ojos eran testigos.
¿Qué
hacía en este lugar subterráneo y relumbrante, escuchando
misa que oficiaban unos frailes, a los que no les había
visto el rostro? Poco importaba, al término de la celebración
hizo saber a uno de los frailes que se encontraba a su costado,
que él ya se iba.
-Está
bien -dijo una voz adusta. Y acompañó al comerciante
a la salida.
Estando afuera, le aseguró:
-Mañana
voy por mis animales.
Antes
de separarse acordaron verse en el mismo sitio del encuentro.
Entre
bostezos, y atrapado por sus cavilaciones, el comerciante llegó
a su casa.
Horas
más tarde y sin haber dormido lo suficiente, esperó
en vano a que fueran a recoger la mercancía. A ningún
fraile vio venir en toda la mañana. Aburrido y triste,
vio pasar las horas con la mirada divagando entre las piedras
del templo. Entrada la tarde, nada había cambiado; sólo
él y sus animales que dormían cobijados por el inmenso
roble, al cual estaban amarrados.
Quienes
esporádicamente pasaron por esta vereda y lo miraron, comentaron
en voz baja.
-¿Qué
le pasará a este señor? ¿A quién aguardará
con tanto recelo?
No
faltó quien con cierta curiosidad se acercara hasta donde
se encontraba sentado.
-¿A
quién esperas? -preguntó un vecino.
-A
un fraile -respondió el comerciante, sin inmutarse.
-¿Qué
fraile? -dijo extrañado el otro, sin entender.
-Pues
un fraile que me dio esta taleguita de oro a cambio de mis animales
-contestó con fastidio-. Anoche me invitó a conocer
la iglesia de oro, que hay debajo de este otro templo.
-¡Estás
loco, hermano! -exclamó desconcertado el vecino-; allí
no hay nada, no hay ninguna iglesia de oro.
Ignorando los comentarios de su vecino, continuó hablando:
-Hay
también un cristo inmenso en lo alto de la iglesia... Pero
su vecino ya no siguió escuchando; se marchó. Iba
entrando la noche.
Desde
aquel instante, al comerciante le dio una fuerte calentura, que
poco a poco fue minando su organismo, hasta causarle la muerte.
Nadie
supo la causa real de su deceso. Tampoco nadie se dio cuenta que
los animales ya no se encontraban amarrados al roble, ni de su
paradero.
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