Hace
muchos años, como hasta ahora, ir al
cine era la única distracción de fin de semana
para los jóvenes y, en general, para la gente del pueblo.
Por eso nosotros fuimos aficionados a las funciones del sábado
en el cinema “Carvajal”.
Fue
grande nuestra afición
que nunca nos perdimos una película.
Bueno, sólo una, cuando nos enfermamos de gripe. Adrián
fue el único que no se enfermó, por eso él
si fue aquel sábado.
Aquella
vez pasaron “El gran
jefe”, de Bruce Lee. Fue
la única ocasión que no lo acompañamos.
Por eso, cuando terminó la función, se levantó de
su silla como un rayo y se encaminó a la salida. Desde
las escalinatas del Palacio Municipal, veía desfilar a
la gente. Estaba atento de los que salían de la sala,
esperaba que alguien fuera por su rumbo. Pero salieron todos
y nada. No tuvo más remedio que regresar solo a casa.
Venía
por la calle principal, caminando más
rápido de lo normal. Silbaba para distraerse un poco.
De vez en vez volteaba; pero iba solo. No le agradaba para nada
el silencio imperante. Tan desértica estaba la noche,
que venía
caminando en medio de la carretera. Fue así como distinguió a
lo lejos una multitud. Por la forma en que vestían y por
el murmullo apenas perceptible de los cánticos que entonaban,
pensó que se trataba de una peregrinación.
No
le tomó importancia, por lo que continuó con su
habitual paso; de pronto, le asaltó la duda:
—¿Una
procesión a las doce de la noche? —dijo extrañado.
Recordó las palabras de la abuela, que de niño
le había contado mucho acerca de los malos vientos,
que precisamente a esa hora rondan por las calles del pueblo,
en forma de toro, de cochino, de chivo, de procesión
con gentes vestidas de blanco y con velas.
—¿Procesión? —reaccionó con
sobresalto—. ¡Claro,
es una procesión de ánimas! Su cuerpo fue adquiriendo
una heladez mortuoria.
Siguiendo
con los consejos de la abuela, brincó la albarrada
del solar más cercano y se guardó entre las piedras,
tendido bocabajo sobre la maleza, a expensas de ser picado
por alguna culebra o animal ponzoñoso. Cualquier cosa
era preferible a tener que enfrentarse con seres fantasmagóricos,
a ser agarrado por un viento malo, pues podría ser fatal.
Apenas
transcurrieron algunos minutos, pero a él le parecieron
siglos. Sudaba copiosamente, su cuerpo se había hecho
carne de gallina.
La
procesión se fue acercando hasta donde
estaba. Con más
razón se tapó los oídos, no sea que los
rezos lo encantaran y lo hicieran salir de su escondite, para
llevarlo al... tan sólo de pensar en el lugar se persignó tres
veces antes de volver a la postura anterior.
Fue
tal vez su corazón
aventurero que lo llevó a
dominar el miedo, o la imprudencia que lo llevó a mirar
por entre los resquicios de las piedras del muro. No hubo encantamiento.
Pudo escuchar con claridad los cánticos. Una señora
cargaba entre sus brazos a un niño. Las demás personas
la seguían. Todos cantaban con fervor y alegría.
Hasta
ese momento, nuestro amigo comprendió que se trataba
de una procesión, sí, pero del Niño Dios.
Avergonzado por el incidente, esperó a que se alejaran.
Luego se incorporó y saltó la albarrada. En el
camino venía ordenando sus ideas.
−¡Qué tonto! −dijo
para sí−. Pero si estamos en enero. Y se rió de
sí mismo, de su torpeza. Luego, el silencio volvió a
reinar en la calle. Se olvidó de silbar, pero lo que
no se le olvidaría es de salir acompañado.
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