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Acrobacias / Élmer Cocom Noh

 

 
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Justina se despertó debido al frío de la madrugada y miró, con extrañeza, que su marido no se encontraba a su lado. No le dio mayor importancia al hecho, pensó que había salido a orinar, por lo que se levantó a buscar un chal para cubrirse y, somnolienta, regresó a la hamaca. No se dio cuenta a qué hora regresó, pues cuando abrió los ojos al día siguiente él estaba acostado junto a ella.

Durante el desayuno, no hizo ningún comentario, pues el asunto le pareció de lo más natural. A su juicio había cosas más importantes en qué pensar.

Pasado unos días, volvió a notar su ausencia y esta vez salió de la casa para ver de qué se trataba, pero no lo encontró. Era la segunda vez. Y hubo una tercera.

Las salidas nocturnas de su marido ya no le estaban gustando; una espinita se le había clavado en el pecho. Decidida a conocer su secreto decidió cazarlo, es decir, agarrarlo con las manos en la masa. Para tal efecto fingiría dormir.

Bajo esta consigna, esperó pacientemente a que se presentara la ocasión. Así fue. En una de ellas, pasada la media noche, sintió cómo se tambaleaba levemente la hamaca y cómo el cuerpo de su marido dejaba de ocupar su espacio. Fingió no enterarse de nada. Él, creyéndola dormida, se encaminó hacia un rincón de la casa donde tenía una mesita de madera.

Justina, discretamente, miró a través de la red de hilos cada uno de sus pasos. Su marido, bajo quien sabe qué conjuro, pronunciando palabras en el maya antiguo, que ni ella misma entendió, a pesar de hablar esta lengua materna, se arrancó la cabeza y la asentó sobre la mesita. Haciendo gala de acrobacia, dio nueve volantines en dirección opuesta a donde sale el sol y para asombro de ella... el cuerpo de su marido cambió de forma.

Sin saberse observado, como en otras ocasiones, aquél salió de la casa dando brincos, convertido en chivo; se perdió en la espesura del monte.

Impávida, Justina permaneció por largo rato recostada en la hamaca, sin poder articular palabra alguna. Pasada la impresión se sentó. De sus labios brotaron Aves Marías y se persignó tres veces, para exorcizar cualquier energía negativa, que estuviera rondando en el ambiente casi en penumbras de su casa.

Con los sentimientos derrumbados en su interior, se puso a llorar, de miedo o de decepción. Para librar su cuerpo de tensión, del espasmo, bebió agua con sal. Después, con serenidad, pensó en lo acontecido. Le dio mucha pesadumbre conocer el secreto de su marido, que era un Huay Chivo.

Decepcionada de sí misma, por haberse casado con ese hombre, el que ahora le daba miedo, decidió actuar para remediar el asunto.

Esperó con mucha paciencia la próxima fecha de su transformación. Dejó que realizara todo el ritual acostumbrado. Luego se levantó con mucha cautela y se aproximó a la mesita de madera. Venciendo sus temores, tomó de la rústica superficie, la cabeza ensangrentada de su marido y le untó harta sal en toda la base, como si en esta acción se le fuera la vida; lo único que le importaba era hacer pagar caro su engaño.

Cuando el marido regresó, casi al amanecer, dio como de costumbre sus nueve volantines inversos para retornar a su forma humana, pero esa noche a diferencia de las demás no pudo colocarse su cabeza, ya que estaba curada.

Descubierto por su mujer, al marido-brujo no le quedó más remedio que salir huyendo de su casa en forma animal y se internó en el monte para vivir bajo esa naturaleza, que no le era desconocida.

 
 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.