Como
todas las tardes, padre e hijo fraternalmente acostumbraban
a ver la televisión en la sala de estar.
Cierto
día
llamaron a la puerta y el papá fue
a abrir seguido del pequeño. Su sorpresa no tenía
límites; era un contemporáneo de estudios.
—¡Hola,
Gato! ¡Cuánta alegría me da
verte! ¡Adelante! ¡Ésta
es tu casa! ¡Qué esperas, pasa!
Días
después se repitió la visita, pero
en esta ocasión fue el niño quien abrió.
De
la manera más natural saludó al recién
llegado:
—Amigo
mío, bienvenido, Gato, Gatito, pásale.
Esta es tu casa.
Cuando
quedaron solos, el padre recomendó al
pequeño:
—En
la próxima ocasión en que regrese mi amigo debes
llamarlo por su nombre, el cual es Juan. Si yo le llamo
con ese apodo es porque nos llevamos muy bien cuando éramos
estudiantes. En cambio tú,
apenas lo conoces, y además eres un niño. No lo
olvides, debes guardarle respeto y llamarlo por su nombre, ¿de
acuerdo?
—De
acuerdo, papá.
Más
temprano que tarde se suscitó otro
encuentro.
El
pequeño, al advertir la presencia del amigo,
quiso seguir las recomendaciones de su progenitor, pero se le
había
olvidado el verdadero nombre.
Y
estuvo pensativo durante un buen rato, hasta que reaccionó,
dibujándose en su rostro una picaresca sonrisa y de
manera correcta, según él, invitó:
—Hola
don Gato. Pásele, don Gato. Esta es su casa. Pásele.
El
papá no pudo contener una explosiva carcajada por la
salida tan ingeniosa y llena de ingenuidad de su hijo. |