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La fiesta / Élmer Cocom Noh

 
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Cuando en el pueblo no había llegado la luz eléctrica y los alrededores de la iglesia eran monte, vivió un singular muchacho, cuya afición era reunirse en las tardes con sus amigos del rumbo para ir a dar la vuelta, en plan de vacilar a las muchachas de este provinciano lugar; eso sí, con la encomienda de sus padres de regresar temprano.

Para alumbrarse el camino, Juan y compañía se ayudaban con unos focos de batería, que más bien parecían cocuyos entre aquella solemnidad de sombras.

Cierta noche en que cruzaban por el atrio de la iglesia, Juan se detuvo intempestivamente y, cambiando de trayectoria, caminó hacia una persona arrodillada y rezando en la puerta del templo. Se detuvo detrás de este extraño joven de levita y bombín, lo suficiente para tocarle uno de sus hombros. Sin saber por qué, dijo:

−Oye, te invito a mi casa.

El gachupín, sin inmutarse, contestó que sí.

−Yo vivo al final de esta vereda −agregó Juan, señalando con su dedo índice la dirección−. Es la primera casa de la esquina; es una casa de hermosos postigos.

−Está bien, −contestó nuevamente el joven de negro, sin cambiar de postura.
A unos metros de ahí, los amigos de Juan esperaban impacientes.

−Juan, ya vamos −le gritaron enojados porque no comprendían la actitud de su compañero de andanzas.

−¡Espérenme! −contestó con enfado−. No ven que estoy conversando.

−¿Con quién? −replicaron−; no vemos a nadie. Y en realidad ellos no veían a nadie; apenas vislumbraron a su amigo por la camisa blanca que llevaba puesta.
Pero Juan, ignorándolos, continuó con la conversación interrumpida.

−Te espero en mi casa, para que pruebes el chocolate que prepara mi madre.

−Juan, apúrate −gritaron nuevamente sus amigos, por la tardanza.

Fue tanta la insistencia de éstos que lograron que se les uniera de nuevo. Apresuraron el paso, pues ya se iba haciendo tarde. Sabiendo del regaño que les esperaba, se despidieron en la esquina.

Juan entró a su casa y, sin comentarle nada a su familia, se acostó en la hamaca que se encontraba guindada al fondo. Mientras tanto, su mamá y su hermana empaquetaban el chocolate que venderían en el mercado al día siguiente.

Tan compenetradas estaban en su labor que apenas escucharon el repicar de las campanas de la iglesia, que indicaban la media noche. Casi enseguida llamaron a su puerta.

−¿Quién podrá ser? −comentaron entre sí las mujeres−. Nadie había venido a la casa a esta hora y menos a comprarnos chocolate.

Dejando a un lado su extrañeza, la hermana de Juan se dirigió a la puerta; abrió con cierto temor. Ante ella, un joven elegante y con porte gallardo, preguntó por Juan, explicándole el motivo de su visita. La muchacha, naturalmente, lo invitó a pasar y le dio asiento, mientras iba por su hermano.
Juan, aliñándose el cabello, se levantó de la hamaca y le pidió a su mamá que preparara el chocolate, porque tenían un invitado.

Los tres integrantes de la familia departían el chocolate con el joven invitado y, con gusto, veían cómo éste lo saboreaba acompañado de una pieza de pan. Luego de un rato de charla, el joven de negro se despidió, no sin antes invitar a Juan a un convite que se realizaría en el atrio de la iglesia, la próxima noche, a las doce.

A la mañana siguiente, Juan platicó de la fiesta con sus amigos, pero éstos se negaron a acompañarlo.

−Yo no voy  −dijo uno.

−Yo menos −contestó otro.

−Conmigo no cuentes −agregó otro más.

Pero Juan los convenció para que al menos lo acompañaran en el camino; y que lo esperaran cerca de donde se iba a realizar la fiesta.

Y así, en la noche, puntualmente, fue este muchacho con su “palomilla”, alegre por asistir a una fiesta.

Al ir subiendo por la vereda y conforme se acercaban a la iglesia, Juan les describía lo que veía:

−Miren las luces, allí es la fiesta.

−¿Cuáles luces? −dijeron los amigos−, nosotros no vemos nada.

Pensaron que tal vez su amigo estaba borracho y le siguieron la corriente. Antes de separarse del grupo les dijo:

−Vengan a buscarme dentro de tres horas. Pero los amigos no estuvieron de acuerdo.

−Que sean dos horas −dijo Juan finalmente−. Si dentro de dos horas no vengo me vienen a buscar. Y se alejó.

Al cabo de dos horas Juan no regresó, por lo que sus compañeros fueron a buscarlo, tal como habían quedado.

Lo encontraron tirado en la puerta de la iglesia, sin el menor indicio de vida, sin el menor indicio de que en este lugar se hubiera realizado alguna fiesta.

Entre todos, cargaron con el cuerpo inerte de Juan; tristes y acongojados, lo llevaron a la casa de su madre. Por el camino venían pensando qué razón le darían a la señora. Pero nada se les ocurrió. No entendieron que había sucedido.

Desde ese día, los amigos no asistieron a ninguna fiesta. Cada quien tomó un camino diferente y jamás volvieron a reunirse. Pasado el tiempo, ninguno de ellos platicó con su familia de este siniestro episodio. Nadie quiso acordarse. Era mejor dejar las cosas como estaban

 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.