Cuando
en el pueblo no había llegado la
luz eléctrica y los alrededores de la iglesia eran monte,
vivió un singular muchacho, cuya afición era reunirse
en las tardes con sus amigos del rumbo para ir a dar la vuelta,
en plan de vacilar a las muchachas de este provinciano lugar;
eso sí, con la encomienda de sus padres de regresar temprano.
Para
alumbrarse el camino, Juan y compañía se ayudaban
con unos focos de batería, que más bien parecían
cocuyos entre aquella solemnidad de sombras.
Cierta
noche en que cruzaban por el atrio de la iglesia, Juan se detuvo
intempestivamente y, cambiando de trayectoria, caminó hacia
una persona arrodillada y rezando en la puerta del templo. Se
detuvo detrás de este extraño
joven de levita y bombín, lo suficiente para tocarle uno
de sus hombros. Sin saber por qué, dijo:
−Oye,
te invito a mi casa.
El
gachupín, sin inmutarse, contestó que
sí.
−Yo vivo al final de esta vereda −agregó Juan, señalando
con su dedo índice la dirección−. Es la primera casa de
la esquina; es una casa de hermosos postigos.
−Está bien, −contestó nuevamente el joven de negro,
sin cambiar de postura.
A unos metros de ahí, los amigos de Juan esperaban impacientes.
−Juan, ya vamos −le gritaron enojados porque no comprendían
la actitud de su compañero de andanzas.
−¡Espérenme! −contestó con enfado−.
No ven que estoy conversando.
−¿Con quién? −replicaron−; no vemos a nadie.
Y en realidad ellos no veían a nadie; apenas vislumbraron
a su amigo por la camisa blanca que llevaba puesta.
Pero Juan, ignorándolos, continuó con la conversación
interrumpida.
−Te espero en mi casa, para que pruebes el chocolate que prepara mi madre.
−Juan,
apúrate −gritaron nuevamente sus amigos, por
la tardanza.
Fue
tanta la insistencia de éstos que lograron
que se les uniera de nuevo. Apresuraron el paso, pues ya se
iba haciendo tarde. Sabiendo del regaño que les esperaba,
se despidieron en la esquina.
Juan
entró a su casa y, sin
comentarle nada a su familia, se acostó en la hamaca que
se encontraba guindada al fondo. Mientras tanto, su mamá y
su hermana empaquetaban el chocolate que venderían en
el mercado al día siguiente.
Tan
compenetradas estaban en su labor que apenas escucharon el repicar
de las campanas de la iglesia, que indicaban la media noche.
Casi enseguida llamaron a su puerta.
−¿Quién
podrá ser? −comentaron entre sí las
mujeres−. Nadie había venido a la casa a esta hora
y menos a comprarnos chocolate.
Dejando
a un lado su extrañeza,
la hermana de Juan se dirigió a la puerta; abrió con
cierto temor. Ante ella, un joven elegante y con porte gallardo,
preguntó por
Juan, explicándole el motivo de su visita. La muchacha,
naturalmente, lo invitó a pasar y le dio asiento, mientras
iba por su hermano.
Juan, aliñándose el cabello, se levantó de
la hamaca y le pidió a su mamá que preparara el
chocolate, porque tenían un invitado.
Los
tres integrantes de la familia departían el chocolate
con el joven invitado y, con gusto, veían cómo éste
lo saboreaba acompañado de una pieza de pan. Luego de
un rato de charla, el joven de negro se despidió, no sin
antes invitar a Juan a un convite que se realizaría en
el atrio de la iglesia, la próxima noche, a las doce.
A
la mañana siguiente, Juan platicó de la fiesta
con sus amigos, pero éstos se negaron a acompañarlo.
−Yo no voy −dijo uno.
−Yo menos −contestó otro.
−Conmigo
no cuentes −agregó otro más.
Pero
Juan los convenció para que al menos lo acompañaran
en el camino; y que lo esperaran cerca de donde se iba a realizar
la fiesta.
Y
así, en la noche, puntualmente, fue este muchacho
con su “palomilla”, alegre por asistir a una fiesta.
Al
ir subiendo por la vereda y conforme se acercaban a la iglesia,
Juan les describía lo que veía:
−Miren las luces, allí es la fiesta.
−¿Cuáles
luces? −dijeron los amigos−, nosotros
no vemos nada.
Pensaron
que tal vez su amigo estaba borracho y le siguieron la corriente.
Antes de separarse del grupo les dijo:
−Vengan
a buscarme dentro de tres horas. Pero los amigos no estuvieron
de acuerdo.
−Que
sean dos horas −dijo Juan finalmente−. Si dentro
de dos horas no vengo me vienen a buscar. Y se alejó.
Al
cabo de dos horas Juan no regresó, por lo que sus compañeros
fueron a buscarlo, tal como habían quedado.
Lo
encontraron tirado en la puerta de la iglesia, sin el menor
indicio de vida, sin el menor indicio de que en este lugar
se hubiera realizado alguna fiesta.
Entre
todos, cargaron con el cuerpo inerte de Juan; tristes y acongojados,
lo llevaron a la casa de su madre. Por el camino venían pensando
qué razón le darían
a la señora. Pero nada se les ocurrió. No entendieron
que había sucedido.
Desde
ese día, los amigos no asistieron a ninguna fiesta.
Cada quien tomó un camino diferente y jamás volvieron
a reunirse. Pasado el tiempo, ninguno de ellos platicó con
su familia de este siniestro episodio. Nadie quiso acordarse.
Era mejor dejar las cosas como estaban
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