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Crónica de un autorretrato / Élmer Cocom Noh

 
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Ese día, mientras caminaba en el Jardín de los Poetas, Vicent tuvo una visión. Se veía así mismo en medio de un coso abarrotado de gentes que gritaban, aplaudían y lo miraban expectantes. Estaba en una tierra desconocida, pues la vestimenta de la gente era diferente al que usaban en su pueblo. Estaba parado en medio de una plaza de toros, vestido con su traje de luces.

Todo estaba claro, se encontraba en un coso taurino, pero ignoraba qué hacía ahí. Pronto lo supo cuando se abrió una puertecilla y por él, abruptamente, se asomó “Tulipán”, el primer burel de la tarde. Fue entonces cuando se dio cuenta que en su mano llevaba un capote. La bestia se aproximó a él a toda velocidad.

Su fin estaba cerca, lo presentía; cerró los ojos para enfrentar su fatal destino de 400 kg, pero en un acto mecánico sus manos atrajeron al animal, con el capote, en una elegantísima verónica. El público le aplaudió esta primera suerte. Poco a poco, fue dominando el miedo y sin saber cómo, le hizo la faena a “Tulipán”.

Después de una agotadora tarde, llegó el momento culminante. El público permaneció a la expectativa. Él, con firmeza, empuñó la espada y flexionando una rodilla clavó su mirada en el toro. Luego, en el momento preciso, clavó la espada en su lomo. Ésta no entró del todo, pero bastó para que el astado, en pocos minutos, se desplomara en la arena.

La gente, conmovida, sacó sus pañuelos blancos y los agitó al grito de ¡torero, torero! Vincent estaba seguro de que había tenido una tarde memorable, para ser su primera alternativa. Esperó la decisión de los jueces. Por el sonido local anunciaron que era merecedor de una oreja.

El momento fue tan emotivo que estalló en llanto. Se llevó las manos al rostro para enjugar sus lágrimas, mientras a su alrededor el público estallaba en aplausos.

Por el estruendo de la multitud, por un momento perdió el vértigo y cayó de rodillas. No estaba acostumbrado al gentío. Cuando se levantó, todo estaba en paz nuevamente. El murmullo del viento, que pasaba entre lo árboles, lo hizo volver a la realidad. Se encontraba nuevamente en el Jardín de los Poetas.

Caía la tarde cuando regresó a su estudio. Venía pensativo por la calle Saintes Marie de la Mer acerca de lo “vivido” en la mañana. Esa visión marcaría su vida para siempre.

A su llegada preparó un lienzo. Mientras ordenaba sus ideas, encendió una pipa y se asomó por la ventana. Por un momento se quedó pensativo con la mirada puesta en la calle. Algo no concordaba. Cruzó de lado a lado su estudio y llegó hasta una mesa de madera. Tomó entre sus manos una tijera.

El leve resplandor del metal lo envolvió nuevamente en la atmósfera de la visión. Podía escuchar con claridad cómo la gente demandaba que le dieran una oreja.

Poco a poco, los gritos se apagaron, así como la vela que estaba sobre la mesita y el cuarto quedó en completa penumbra. Sólo las tijeras eran visibles. Para salvar el vacío que sentía, dejó que ella cumpliera el veredicto de los jueces.

Dos gotas de sangre chocaron contra el piso de cemento. Entonces, sólo hasta entonces, en señal de júbilo levantó la oreja que tenía en su mano.

Aunque ésta no era de la bestia lo celebró de igual manera. Le daba igual, al fin y al cabo era una oreja; lo justo para su primera tarde taurina.

Después del éxtasis se vendó la oreja. Con la certeza y la visión de un genio, Vincent Van Gogh se paró frente al lienzo y trazó el boceto de lo que sería su “Autorretrato con pipa y una oreja vendada”.

 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.