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S I N O R I L L A S
Llega hasta la ventana ese Duero, algún
trozo de España.
Va penetrando el cielo, pájaros invisibles
se adueñan pacientes de puertas y de espejos.
Hay una claridad impaciente y perversa
que traspasa la lluvia, ese curso del agua
transparente y poético. Queda un olor despierto
del campo y de la tarde, las orillas y el sueño.
No hay fronteras, gendarmes, purgatorios o cárceles.
Pero existen murallas, nidos de golondrinas,
los vientos infantiles de la piedra y el monte,
las perfectas ruinas hoy siendo soledades,
los futuros pletóricos del olivo y la salvia,
un castillo perdido entre musgos y flores,
Alguien edificó una iglesia imponente
donde gritan campanas desoladas..
Con sonidos callados va existiendo la tarde
siendo aún primavera en los tranquilos pasos.
Amanecidas aves vuelan siempre nerviosas
descubriendo el silencio que cubre el horizonte,
esperando el mensaje de tambores y gaitas.
Sube el Duero pacífico y ventanas abiertas
atrapan primaveras entre dos geografías
inventando una historia sin orillas ni aduanas.
Miranda
do Douro, 1.5.2004.
SUCULENTO
DESCANSO
Cruzo el río magnífico. La Catedral reposa
de su dolor de piedra y de tantos inviernos.
Aparecen muchachas cerca del horizonte
Esperando el amor, la rutina o la música.
Las aguas temblorosas aceleran su paso
por los puentes antiguos, históricas orillas,
remansos impacientes, alamedas hermosas.
El sol dora la tarde aunque nubes cercanas
presienten un final de lluvias insolentes.
He cruzado trigales, unos campos incógnitos,
pretenciosos embalses, poblaciones de encinas;
he encontrado vencejos, aburridos halcones,
vigilantes cigüeñas en sus nidos dorados,
alguna soledad en los pueblos de torre,
esos campos abiertos a amapolas y trigo,
un domingo de mayo lejano de los barcos.
Pero siempre en silencio, en la tierra sin nadie.
Y aquí sigo, descanso, junto al Duero impaciente
que culmina los días recorriendo insaciable
territorios y aldeas para alcanzar por fín
su horizonte mas pleno, su Atlántico anhelado.
Zamora,
2.5.2004.
COLEGIATA
DE TORO
Sigue el aire tranquilo y el horizonte largo.
Las iglesias, las piedras milenarias, el paisaje
reconstruyen pausadas tardes de sol y rosas.
Así voy contemplando los desolados campos,
esos raudos vencejos que vuelan a las torres
intensas y amarillas con su olor a relojes,
como quietas estatuas con sólo la dulzura
de una silente brisa envolviendo la tarde.
Los siglos van pasando, calladamente
a solas reflejando la vida inacabada.
Porque cerca tenemos un Duero furibundo,
con
ruido de turbinas bajo el puente de piedra.
Hay gorriones, jilgueros, entre los matorrales;
y la ancha Castilla ofrece prados, huertas,
alamedas pausadas, la ermita rigurosa
(Cristo de las Batallas), las sofocadas horas.
Pero la tarde sigue con su sol arrogante
que un vitral introduce en esta Colegiata.
Toro,
2-5-2004.
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