Uno de los episodios más trágicos de la historia
mexicana, es sin duda, la matanza de estudiantes y civiles, perpetrada
el 2 de octubre de 1968, bajo el comando de las fuerzas armadas;
una represión militar, organizada por el gobierno mexicano,
desde Palacio Nacional, por el entonces Presidente Díaz
Ordaz, bajo el silencio y la complicidad de Luis Echeverría
y otros funcionarios civiles y militares de alto rango; incluyendo,
a funcionarios de la confianza absoluta del Ejecutivo, entre ellos,
el Secretario de la Defensa, Director Federal de Seguridad y el
Jefe del Distrito Federal.
La
masacre ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas de la capital
mexicana, hace 39 años, hasta hoy, continúa siendo
un crimen impune. Si bien, es cierto que el movimiento estudiantil,
fue todo un suceso circunstancial a los eventos internacionales,
matizados por el contexto de represiones políticas; las
manifestaciones de protesta y las movilizaciones populares, eran
una realidad consecuente de las injusticias, corrupción,
impunidad, trato inequitativo y violación a las garantías
constitucionales, tanto de personas, como de grupos sociales e
instituciones, cuya particularidad, era poseer una ideología
diferente a la cúpula del gobierno federal, en cualquiera
de sus tres poderes: Ejecutivo, Judicial y Legislativo; apoyadas
por el monopolio del Partido Revolucionario Institucional y la
imposición de criterios anárquicos, en la administración
pública.
Seguramente
el ambiente socio-político de finales de los 60’, era altamente
peligroso –y no por los niveles superiores de contaminación
de la ciudad – sino, por el atraso de la democracia en la República
Mexicana. Se ponía en evidencia, la fragilidad del gobierno
en el control de todos los sectores sociales; la imprudencia de
los cuerpos de seguridad, desde la policía capitalina,
hasta los batallones militares, incluyendo, desde luego, a la
policía federal, incapaces de brindar un trato sin violencia
a la sociedad, situaciones que generaron el mayor caos social,
después de la Revolución Mexicana.
Ante
un clima de tal naturaleza, el silencio se apoderó durante
décadas de la voz de la ciudadanía; los derechos
universales del hombre – al menos- para el gobierno en turno,
no existían para los mexicanos: prohibiciones por doquier,
represiones agresivas y castigos severos; mano dura, persecuciones
constantes a quienes pensaban, opinaban y actuaban, en forma diferente,
a los criterios y principios del gobierno.
¡Qué
contradicción! Mientras, el país preparaba la recepción
de las delegaciones deportivas, participantes en los Juegos Olímpicos,
bajo los principios de paz, solidaridad y hermandad; el propio
gabinete federal, bajo la dirección del nada agradable
Díaz Ordaz, ordenaba a los jefes del grupo de granaderos
fuertemente armados, autorizaba brigadas de “halcones”, grupos
de maleantes, ex - presidiarios “protegidos” , civiles “disfrazados
de federales” y soldados sin patriotismo, a bordo de coches blindados
o vehículos de combate, bajo la batuta de comandantes inconcientes,
a estar listos para agredir, reprimir las movilizaciones; esas
escenas, eran el paisaje del centro histórico de la ciudad
de México. Por semanas, las principales avenidas y calles
de la capital, se convirtieron en sitios de concentración
estudiantil, civil y militar; desde Paseo de Reforma, el Campus
Universitario, edificios coloniales - como el casco de Santo Tomás-,
perdieron el encanto de la arquitectura colonial; cientos de vehículos,
fueron desplazados por millares de personas, entre estudiantes,
empleados, amas de casa, padres de familia, mujeres, ancianos,
jóvenes, niños, mendigos y profesionistas, un caudal
de gente solidaria que demandaba ser escuchada y apoyaba el pliego
petitorio del Consejo General de Huelga.
Los
protagonistas y actores secundarios de ese gran movimiento social,
seguramente, sufrieron en carne propia, el salvajismo y la violencia
de manos agresoras de los pseudoguardianes del orden. Es difícil
precisar la cantidad de personas muertas, desaparecidas o encarceladas;
sin embargo, su lucha sigue siendo ejemplo de valentía.
No tengo palabras, para describir las emociones y sentimientos
de las familias afectadas; ni las frases precisas para definir
la impotencia y frustración de los catedráticos,
investigadores o empleados de la UNAM, el IPN y demás escuelas
hermanas, unidas a ese gran movimiento, por la democracia y la
libertad.
La
matanza de Tlateloloco del 68 y la del año 1521, fueron
dos atentados con alevosía a mexicanos sedientos de libertad
e independencia; históricamente, son considerados sucesos
detestables y de burla a los derechos civiles; ambos fueron asesinatos
sanguinarios, hechos con furia y sin compasión; en donde,
los poderosos sí tenían armas y los agredidos, sólo
voces de reclamo y fuerza para el despertar de nuestro México.
Segura
estoy, que mis palabras, pueden evocar momentos de desesperación,
coraje e impotencia, en las personas que vivieron directa o indirectamente
esas historias desagradables; quizá, algún profesionista
de esa generación, recuerde claramente, los amaneceres,
las reuniones estudiantiles, las guardias, el “boteo”, los gases
lacrimógenos, la entrega de volantes o las marchas por
las calles de la ciudad. Incluso, algunos padres –ahora ancianos-
con el brillo en los ojos y la tristeza silenciosa, todavía
conserven las cartas, imágenes de la televisión
o fotografías publicadas por la prensa.
La
matanza del 68, sigue siendo tema pendiente para las autoridades
judiciales, ojalá se castigue a los ex – funcionarios responsables
del genocidio, a los autores intelectuales y materiales; aunque
los culpables estén vivos o libres, el remordimiento habita
en su memoria, vigila sus sueños, acecha a su conciencia
y si todavía no purgan la condena por sus actos, cada 2
de octubre, escenas de sangre y dolor renacen en sus pensamientos.
Han
pasado 39 años de aquella crueldad impune, cada año,
sale a la luz pública, algún dato nuevo de aquel
nefasto día; pero no importa, que los años pasen,
los mexicanos no olvidamos la actuación sin escrúpulos
del hombre elegido “Presidente de los Estados Unidos Mexicanos”,
a la cabeza de los militares, en la masacre orquestada en contra
de estudiantes, civiles y vecinos de la unidad habitacional Tlatelolco.
El
nacimiento del movimiento estudiantil del 68 cumple 39 años;
la historia y el tiempo, se han encargado de mantener vivos esos
pasajes; la investigación, el periodismo, la literatura
y el cine, han sido constantes en la recreación del pasado:
la película “Rojo amanecer”, los libros “La noche de Tlatelolco”
, “La noche de Santo Tomás”, las novelas “Los días
y los años” y “Regina”, han despejado la niebla del silencio.
Los
ciudadanos hacemos votos, para exhortar a las autoridades a la
cordura, tolerancia, respeto y vida democrática; en donde
las garantías individuales y el respeto a los derechos
humanos, sean el principal capital del gobierno mexicano, y no
se repitan, los sucesos de tan fatídico día de 1968.
México
recuerda el 2 de octubre.
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