Tal
parece que el tiempo se había detenido en ella y se le
veía fragante y ágil en lo físico y chispa
en el pensamiento, características que cautivaban a todos
aquellos que la llegaron a conocer.
Su
diaria rutina de pedigüeña la obligaba a un ejercicio
constante, incluso le había aguzado formidablemente los
sentidos.
Tenía
la costumbre de acudir cronométricamente, cada fin de quincena,
a una oficina del gobierno municipal para solicitar apoyo, el
cual se le daba puntualmente, acto que le hacía creer de
que era un derecho implícito adquirido como ciudadana calkiniense,
aunque en realidad una ayuda de quien viniese es una decisión
de voluntad propia, no una obligación.
Una
mañana, como siempre, llegó presurosa a la oficina
de un funcionario de puertas abiertas para solicitar la consabida
ayuda, pero el buen samaritano no contaba en ese momento con dinero
fraccionado, sino billetes de gran denominación, así
que le comunicó, a la anciana que volviera más tarde.
Pero ésta, desconfiada por la edad, le propuso una magnífica
solución:
-Señor,
no se preocupe, si usted quiere ayudarme déme aquel billete
y le aseguro que no le molestaré en lo que resta del año
(cuatro meses); ¿qué le parece?
la
respuesta del aludido fue una amplia sonrisa, provocada a raíz
de aquella salida dada por la anciana, y en pago a su ingeniosidad
se le entregó el billete, aunque ella no cumplió
con lo convenido.
Y
a la siguiente quincena, más exacto que el calendario maya,
ya estaba de vuelta en la oficina del burócrata.
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