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Destruida la belleza, se marchita la vida
 

Marchitada la belleza de la creación,
nos queda sólo seguir penando
con los ojos ahogados de lágrimas.

Destruida la gracia del asombro,
se echa por tierra lo que el cielo engrandece,
las maravillas siderales,
el bosque de las grandezas,
el sueño de los poetas,
la oración del aire, el canto de las delicias.

Este mundo ya no es el mundo del verso,
obra de Dios y que por Dios vive,
hay que retomar el pulso santo
y tomar la vida unidos por el verbo,
antes de que la noche
nos siegue la vida para siempre,
y como las telas de araña
se nos rompa el hilo de tanto tensarlo.

Mortecina historia la del ser humano
deshumanizándose,
familias contra familias,
la explosión de la ordinariez
en carne viva,
destronando el orden que rige el universo.

Somos de un desorden mayúsculo
en el minúsculo espacio,
el desentono que todo lo desentona
al par de la envidia y el egoísmo,
la mentira en un cristal virgen,
el espejo de la apariencia,
el rey de las brutalidades,
el gobierno de la ambición,
el último refugio del fracaso
de una ciudadanía sin conciencia,
en pugna de mordiscos contra sí.

Se han perdido las sonrisas del alma,
porque el mal avanza destruyendo la belleza,
esparciendo las semillas del odio
en una creación engreída y recluida.

Alejados del Creador seremos soledad
de fuego, llama que envenena
las rosas que fueron rosas
sobre los caminos de la existencia.

Pensamos que la vida es más vida con poder,
y el poder es una escalera de deberes,
donde el deber primero es amar el amor,
el primer paso en la pirámide de la existencia.

 
Por quién doblan las campanas: doblan por mí, mañana será por ti y pasado por él
 

Creemos que la vida es un beso interminable
que nos merecemos, y, cuando nos damos cuenta,
se nos ha ido la vida sin haber dado ni las gracias.

Atrapados en los labios de la nada de un todo,
el tiempo circunscribe e inscribe nuestros andares.

Un tiempo que descubre la verdad de lo que somos,
los recuerdos vividos en el bosque de las esencias,
esencias que dieron luz al libro de la conciencia.

Sobre el cielo negro de la muerte,
soledad nos mira, el silencio reposa el desespero,
el preludio de un sueño nos espera,
la eternidad nos aguarda, aunque la tierra nos olvide.

Por ello, cuando la expiración nos llegue,
ya dormidos, abrazándonos al Padre,
nuestro cuerpo labial dejará de hablar
este lenguaje de tronos endemoniados
y de lenguas a imperios anclados;
pero la inmortal alma, ya purificada,
seguirá hablando al mundo
por los poros de la poesía y por los ojos del cielo.

 
Fuente: Poemas enviado por Víctor Corcoba Herrero: corcoba@telefónica.net. Septiembre de 2007.