Narrativa

El día en que rebosó un pozo / Andrés Jesús González Kantún

 

Desde muy pequeña aprendí el oficio propio de una mujer hecha y derecha, pero no lo aprendí con la dulzura de mando de la voz maternal, sino a punta de escobazos y pescozones, chichones que todavía adornan mi estropeada mollera. Las circunstancias en mi contra favorecieron mi incursión anticipada a un campo no propio de mi edad, pues era la primogénita entre tres varones.

La rutina de mi vida transcurría entre ollas tiznadas, ropa sucia y maloliente, aseo de la casa, acarreo de agua de pozo (no se contaba aún con el agua potable), cuidado de mis hermanitos, hechura de sombreros de jipi, y de pilón armarme de paciencia para soportar los gritos estridentes de mi madre que no perdía la oportunidad de lastimar mi autoestima y para asegurarse del cumplimiento de esas obligaciones (así lo había dispuesto ella, no obstante mi edad) me recetaba una tanda de secos coscorrones.

Nunca me dio la oportunidad de desenvolverme como niña, pues no tuve el privilegio de compartir con los vecinitos de mi barrio de aquellos juegos comunes a esa edad, ya sea en los simulacros de papá y mamá, en donde una muñeca de palo se le sueña como a una hija o en los pleitos de escupitajos y arañazos; en fin, no disfruté de ninguna de estas distracciones. Tampoco recibí apapachos como toda niña normal, pues es bien sabido que el amor dado a tiempo es la clave para fortalecer el futuro carácter de cualquier persona para enfrentar la vida con serenidad. Ni menos, me fue permitido concluir la primaria, apenas terminé el segundo grado, a diferencia de mis hermanos, aunque no la supieron aprovechar porque han corcoveado en el transcurso de su existencia.

Al observar la preferencia de mi madre por ellos le reclamaba constantemente y ella los justifica diciendo:

-¡Hija, ni me calientes la cabeza, tus hermanos son como las piedras de la calle, asentadas sin responsabilidad de nada, ruedan y ruedan sin rumbo fijo, en cambio tú naciste marcada con la insignia del trabajo, te guste o no.

A pesar de mi corta edad, no aceptaba la filosofía practicada por mi madre, pues iba en perjuicio de mi integridad de mujer. Tampoco lograba entender el porqué de esa actitud arisca en contra mía, si yo la amaba mucho y hartas veces se lo había demostrado, aunque no se entregaba a fondo debido a su fuerte carácter o quizá por algún rezago del mal trato recibido de sus predecesores que lo reflejaba en mí de manera inconsciente. "Los hijos educados con esa estrategia la repiten en sus descendientes".

"El amor es como el hambre cuando cala es necesario satisfacerlo".

Entre las labores domésticas más entretenidas para mí era traer agua de pozo, dulce y pura, pues me daba la oportunidad de relacionarme con los amiguitos del barrio, despejar mi mente de la rutina de un hogar áspero y asfixiante, aunque fuera por breves momentos, ya que tenía el tiempo medido. Si me ganaba la distracción, mi madre se encargaba de volverme a la realidad con sus agudos gritos poniéndome automáticamente en acción. Con bastante esfuerzo subía mi cantarito tepakanense y me lo acomodaba en mi frágil cadera. Entre tropezones y malabarismos iba rumbo a casa a depositar el líquido, si era para tomar, en la tinaja semienterrada en la cocina para conservarla fresca, o si era para el lavado en las cubetas predispuestas para ello.

Era una época de un trajín agotador en donde la mujer se sobaba el lomo en el cumplimiento de sus faenas hogareñas, especialmente en la traída del agua que se conseguía desde lejos, pues era muy costosa la construcción de uno personal, por eso se recurría a los vecinos o al de la calle (pozo comunal).

Era el tiempo en que a nadie se le negaba el agua de pozo; nunca imaginé que en tiempos venideros el agua sería un producto comerciable, y si acaso no se le niega a alguien, poquito falta.

Fue en esa rutina de traer agua de pozo artesiano la que me convirtió en la población en la comida verbal de un hecho inédito de Semana Santa.

Fue un Viernes Santo en que, según la creencia católica, ese día se le reserva a Dios para celebrar su vía crucis, por tanto, era necesario acudir al lugar en donde se le rindiera culto. Sin embargo, no me fue posible cumplir con mis obligaciones espirituales, debido a que faltaba agua en casa y era urgente traerla. A pesar de ser un día especial, mi madre me obligó a cumplir.

Por primera vez en mi vida no quise obedecerla; primeramente, porque era una fecha en que no se debía trabajar, y en segundo lugar, a que mi ánimo se encontraba alterado por un extraño escozor de algo inexplicable que me producía temor y se lo comenté como justificación a mi negativa; pero de nada valió, lo único que salí ganando fue una sarta de pescozones que no pude evitar y un escobazo que libré a tiempo si no corría.

Con el semblante descompuesto tomé mi cántaro y me encaminé al pozo de mi vecino, que en esos momentos reflejaba una misteriosa desolación. Sin nadie con quien conversar mis desventuras, ni siquiera se escuchaba el acostumbrado canto de las aves de corral. En un día normal ese mismo entorno luciría alegre y vistoso: mis amigos departiendo conmigo y los animales revoloteando a mi alrededor. Luego reflexioné, era obvio que mis amigos en esos momentos estarían en la iglesia fortaleciendo su espíritu y no perdiendo el tiempo en tareas que pudieran cumplirse en fechas apropiadas; en cambio yo... yo...

El sol quemaba a rajatabla; desde arriba me miraba furioso en su cenit bañando con su luz la moneda del agua. Sobre el brocal del pozo sirviéndome de escalón una piedra, enhilé la cuerda de henequén en el carrillo y bajé de dos brincos hasta el piso dispuesta a deslizar la cubeta dentro del hoyo. El nudo me señalaría la proximidad del final del recorrido hasta el manantial.

La soga empezó a deslizarse suavemente dentro del hueco hecho con mis manos; sólo debía sentir o escuchar el golpetazo del cubo sobre el agua para levantarlo una, dos, tres veces para dejarlo caer nuevamente con fuerza para que se sumergiera de canto en el agua. Una vez comprobado su llenado debería jalarlo hasta la boca del pozo. Pero presentía que algo no andaba bien. El cubo seguía chocando, pero me sobraba cuerda, más y más, es decir, no alcanzaba la marca del nudo. Intentaba nuevamente los movimientos y los resultados eran peores, la cuerda se alargaba, se alargaba. Un escalofrío me fue envolviendo poco a poco todo el cuerpo hasta dejármelo entumecido. Miré a mi alrededor para comentar con alguien mi inusitada experiencia, pero no se asomaba nadie. Ni siquiera aquellos animales domésticos que solían beber del agua desparramada sobre el piso.

Parecía anunciarse un evento insólito. Mi miedo arreció; quería soltar la cuerda, largarme, gritar, pero mi cerebro no daba las órdenes necesarias; estaba engarrotada como si alguien me detuviera con fuerza. Al fin, pude librarme de mis captores y tuve el atrevimiento, antes de correr, de acechar a los demonios que venían saliendo del pozo sí es que no había una explicación lógica de lo que estaba ocurriendo. Solté la cuerda y me encaramé sobre el brocal para mirar lo que estaba pasando adentro. Mi curiosidad había sido más fuerte que mi temor.

¡Dios Santo!, esto es lo que vi:

El agua venía subiendo hacia el exterior, en un principio lentamente, luego vertiginosamente, acompañado ahora de un ruido estremecedor, brotó centellante buscando las alturas en cuya cresta llevaba el travesaño de madera, el recaudador de agua y una cauda de soga enmarañada. Apenas me dio tiempo para hacerme en lado y en un brinco alcancé el piso y quién sabe en cuántos otros, la reja de entrada del patio del vecino de donde pude observar, mientras destrababa la tranca, cómo el agua convertida en una cascada caía con toda su fuerza en las entrañas del pozo con otro ruido potente. Cubeta, soga y fragmentos de madera fueron tragados en un instante. Me había salvado de puro milagro, había roto el maleficio de aquel pozo de que cada año tenía que alimentar sus profundidades.

El solar antes desierto ahora rebosaba de cristianos. ¿Cómo fue que llegaron en un santiamén? Seguramente el espectáculo del torrente de agua expulsado hacia arriba fue visto por algunas personas, quienes se encargaron de multiplicar en cadena la noticia.

También el evento había producido en mi vida otro milagro; mi madre por primera vez en mi vida estaba junto a mí, llenándome de caricias y de consuelo, asegurándome que desde ese momento iba a cambiar de manera de ser, en lugar de darme sinsabores, ahora me prodigaría las delicias del amor maternal. Y así cumplió, pues se convirtió en la más amorosa madre del mundo.

Los comentarios posteriores acerca del suceso giraban en torno a supersticiones y fantasías, ninguno apegado a explicaciones científicas.

La gente en su natural idiosincrasia es afecta a creer en sucesos inexplicables y goza en darles una respuesta ajena a la realidad.

Si el pozo, como decía la mayoría de los presentes, acostumbraba a cobrar víctimas infantiles durante determinado tiempo, yo no sé si sea cierto, lo único que le puedo asegurar, mi estimado lector, es que me produjo un susto mayúsculo que hasta ahora no he podido olvidar, solamente después de mi muerte.

 
 
Fuente: Texto porporcionado por Andrés Jesús González Kantún, en noviembre de 2006.