Maricela,
como todos los niños del poblado, amaba el
campo; el polvo y la maleza no le hacían ningún
daño; amaba las estrechas veredas que la conducían
al jacalón escolar lleno de toscos bancos de madera y
con una pizarra grande donde el maestro, cuando había,
escribía la lección. Disfrutaba el camino, especialmente
en la primavera, por la brisa, los pájaros y las flores.
Grandes manchones amarillos de tahonal o lluvia de oro; racimos
azulosos de campanillas; albarradas rebosantes de florecillas
rosadas de San Diego... Pero cuando llegaba la sequía
todo se hacía gris y polvoso y lleno de espinas; entonces
era una tortura avanzar con los pies desnudos sobre la tierra
caliente y erizada.
Pero
allá había nacido y amaba ese rincón
lo mismo cuando se prodigaba radiante y bello en la mágica
estación primaveral, que cuando era solo polvo, espino
y piedra calcinada.
Le
gustaba la escuela, especialmente cuando había profesor.
Nadie se quedaba, según había oído, porque
el poblado era feo, insalubre, incomunicado y miserable. Maricela
no entendía este juego tonto de palabras y todas las mañanas,
al tomar el sendero que la llevaba al jacalón se decía:
–Ay,
Diosito, que hoy si llegue el profesor.
Por
eso aquel día estaba llena de dicha. Ahora vivía
en la escuela una señorita profesora, joven y linda, sabia
y cariñosa. Y esta “Seño” había asegurado
que aquel era el más lindo poblado y que nunca se iría.
Y eso que era la época de secas, cuando todo estaba polvoso
y caliente...
De pronto, en medio de la tupida maleza, a cinco o seis metros
del sendero vio una roja flor con la hermosa corola abierta al
sol del amanecer.
–Es para la “Seño”, dijo Maricela, y se dio a la tarea
de hacerse un puente de piedras para atravesar la maleza espinosa.
Pero al acercar su mano a la flor, ésta le dijo:
–No me cortes, pequeña. Déjame aquí.
–¿Por qué? –Le respondió la niña.
Te llevaré como regalo a mi profesora que es la Seño
más bonita del mundo y la más buena. Ella te pondrá en
un vaso de color azul que tiene sobre su mesa y alegrarás
toda la clase con tu corola roja. Ya no estarás más
al sol, ni entre espinas. Además, eres tan bella que no
debes estar aquí.
–Al contrario. Dios ha querido abrir mi corola al sol para alegrar
este rincón seco y espinoso. Así debe de ser. Piensa
en tu querida Señorita, tan joven y tan linda, en este
poblado triste y olvidado. Ella, seguramente, no querrá que
me cortes.
Maricela
quedó un rato pensativa y luego, acariciando
a la flor suavemente, le dijo adiós.
–Adiós
linda flor.
–Adiós querida niña.
A
Maricela el corazón le saltaba de alegría.
Aquella flor era como su Seño, su querida Seño,
linda, buena y sabia y, como la flor, seguramente no iba
a dejar nunca el pueblo. Al fin el buen Dios la había
escuchado y había
mandado una Señorita-Flor para hacer felices a todos
los niños de aquel lugar que, no entendía por
qué,
decían que era un pueblo sucio, triste y olvidado. |