Narrativa

La señorita flor / Margarita P. de Hernández*

 

Maricela, como todos los niños del poblado, amaba el campo; el polvo y la maleza no le hacían ningún daño; amaba las estrechas veredas que la conducían al jacalón escolar lleno de toscos bancos de madera y con una pizarra grande donde el maestro, cuando había, escribía la lección. Disfrutaba el camino, especialmente en la primavera, por la brisa, los pájaros y las flores. Grandes manchones amarillos de tahonal o lluvia de oro; racimos azulosos de campanillas; albarradas rebosantes de florecillas rosadas de San Diego... Pero cuando llegaba la sequía todo se hacía gris y polvoso y lleno de espinas; entonces era una tortura avanzar con los pies desnudos sobre la tierra caliente y erizada.

Pero allá había nacido y amaba ese rincón lo mismo cuando se prodigaba radiante y bello en la mágica estación primaveral, que cuando era solo polvo, espino y piedra calcinada.

Le gustaba la escuela, especialmente cuando había profesor. Nadie se quedaba, según había oído, porque el poblado era feo, insalubre, incomunicado y miserable. Maricela no entendía este juego tonto de palabras y todas las mañanas, al tomar el sendero que la llevaba al jacalón se decía:

–Ay, Diosito, que hoy si llegue el profesor.

Por eso aquel día estaba llena de dicha. Ahora vivía en la escuela una señorita profesora, joven y linda, sabia y cariñosa. Y esta “Seño” había asegurado que aquel era el más lindo poblado y que nunca se iría. Y eso que era la época de secas, cuando todo estaba polvoso y caliente...

De pronto, en medio de la tupida maleza, a cinco o seis metros del sendero vio una roja flor con la hermosa corola abierta al sol del amanecer.

–Es para la “Seño”, dijo Maricela, y se dio a la tarea de hacerse un puente de piedras para atravesar la maleza espinosa. Pero al acercar su mano a la flor, ésta le dijo:

–No me cortes, pequeña. Déjame aquí.

–¿Por qué? –Le respondió la niña. Te llevaré como regalo a mi profesora que es la Seño más bonita del mundo y la más buena. Ella te pondrá en un vaso de color azul que tiene sobre su mesa y alegrarás toda la clase con tu corola roja. Ya no estarás más al sol, ni entre espinas. Además, eres tan bella que no debes estar aquí.

–Al contrario. Dios ha querido abrir mi corola al sol para alegrar este rincón seco y espinoso. Así debe de ser. Piensa en tu querida Señorita, tan joven y tan linda, en este poblado triste y olvidado. Ella, seguramente, no querrá que me cortes.

Maricela quedó un rato pensativa y luego, acariciando a la flor suavemente, le dijo adiós.

–Adiós linda flor.

–Adiós querida niña.

A Maricela el corazón le saltaba de alegría. Aquella flor era como su Seño, su querida Seño, linda, buena y sabia y, como la flor, seguramente no iba a dejar nunca el pueblo. Al fin el buen Dios la había escuchado y había mandado una Señorita-Flor para hacer felices a todos los niños de aquel lugar que, no entendía por qué, decían que era un pueblo sucio, triste y olvidado.

 

*Escritora quintanarroense. / Fuente: En el mágico mundo de las letras. Margarita P. de Hernández; ilus. Miguel Ángel Coello Lugo. Ediciones del Ayuntamiento de Mérida 1979/1981. Primera edición, Mérida, Yucatán, 1980. 26 p.