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Todos podemos ser viajeros del asombro / Ramón Iván Suárez Caamal

 

DESDE que la décima fue creada por el poeta español Vicente Espinel (1560-1624), su estrofa se enraizó tanto en la poesía culta como en la versificación popular hispana. Estructura barroca, no se concibe en una fácil factura, pero encuentra éxito debido a su fluidez, a su alta musicalidad.

La décima le concede a la creación literaria ese aire de diálogo y música que acerca a los hombres a través del arte. Se manifiesta en el canto y es la forma elegida para los textos de géneros musicales como el punto cubano, el seis de Puerto Rico, el son jarocho de Veracruz y el galerón de Venezuela.

En su escritura cultura, variante donde se incluye Viajero del asombro, ha sido usada por autores prestigiados como Nicolás Guillén, Eugenio Florit y Eliseo Diego con versos que propician la expresión de las emociones más íntimas, la recreación del paisaje y aun temas de tinte social desde la tesitura del sentimiento.

Agustín Labrada, escritor cubano que se dio a conocer en México luego de haber ganado en 1989 una mención honorífica en el Premio Internacional de Poesía de la revista Plural, es un hábil decimista que trae en su vena lírica el gusto por la métrica tradicional aunado a su amplio dominio del verso libre.

En estas décimas, Agustín nos sumerge en la nostalgia por su niñez, los primeros encuentros nunca olvidados con las mujeres que han dejado huella en su existencia, pasajes de la música (María Teresa Vera) y el cine (Calle Mayor), y el amor (temática primordial) en un erotismo de fina hechura y singulares sensaciones.

En cuanto al estilo, en este poemario aparecen ecos de la poesía del Siglo de Oro Español y trasuntos del neopopularismo de la connotada mente unida a la espiritualidad y la música popular que identifica a Cuba en cualquier rincón del mundo.

Según el periodista, poeta e investigador histórico mexicano Jorge González Durán: "Es un libro de una sostenida coherencia verbal que nos descubre zonas poco exploradas o quizá definitivamente olvidadas del alma humana. Su hondura poética nace de su transparencia formal, de su trabajada sencillez.

"Su arquitectura tiene raíces aéreas. Su voz se hinca en la tierra y nos habla de lo que sucede de una manera cotidiana en los recodos de la soledad, en la contemplación de uno mismo y en la vida que pasa; de la emoción incierta ante la duda de si nuestros recuerdos son frutos de lo soñado o de lo vivido.

"Agustín Labrada nos ofrece en estos poemas la depurada resonancia de su pasión por la palabra. Leer Viajero del asombro es conocer los filones de una sensibilidad que recorre con fruición los senderos del espíritu e incursiona sin temor, con alevosía diríamos, en los laberintos del sentimiento para retornar airosa.

"El poema transgrede la forma, subvierte moldes, esquemas preconcebidos y certezas a pesar de que sigue siendo fiel a una tradición y a las voces que lo desbordan y asedian. Así Labrada nos guía por los pasadizos de esa magnífica casa que ha ido construyendo palabra tras palabras con los acentos universales de su formación."

Pero lograrlo significa recorrer un largo camino. Todos hemos sentido alguna vez la presencia exaltada del arte en ese algo indefinible que los románticos llamaron "inspiración". Algo de esa presencia queda en la pintura, en la pieza musical y en este libro donde todos podemos ser viajeros del asombro.

 

Fuente: Sonarte. Volumen 10. Revista bimestral del Taller Literario Syan Caan. Bacalar, Quintana Roo, 1998. 60 p.