¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet!
La
voz cascada del abuelo trataba de imitar extraños ruidos que semejaban
huesos chocando en una lenta marcha. Los niños con sus caritas
asustadas y los ojos muy abiertos, apretujándose unos contra
los otros, escuchaban con atención al abuelo, quien continuaba su
relato: Pues bien, desde el barrio de Chulhá donde comienza el río,
hasta el campo de aviación, se escuchaban estos ruidos: Dicen que
noche a noche, pasando las doce, ya no se encontraba ni una persona
por la calle, temerosos de encontrar al espanto al que llamaban
Lilinbaquet, quien atravesaba el pueblo, hasta perderse en sus
orillas y en la negrura de la noche.
¿Por
qué ya no se escucha ahora, abuelo?
Cuentan
que una noche, Don Eulalio decidió descubrir la causa de los
extraños ruidos y así caminó hasta el comienzo del río y vio
llegar a cierta dama del pueblo, quien bajo un árbol inició una macabra
ceremonia.
-Bájate
carne. Y la carne bajaba de su cabeza.
-Bájate
carne. Y la carne bajaba de su tronco y brazos.
-Bájate
carne. Y la carne bajaba de sus piernas dejando un horrible esqueleto
que iniciaba su lenta marcha por el pueblo, ¡Clan-quet! ¡Clan-quet!
¡Clan-quet!...
Al
sentir un fuerte rayo de sol sobre su rostro, nuestro valiente
amigo despertó sobresaltado, dándose cuenta que se había desmayado
del susto; varias noches estuvo cavilando hasta que una de ellas,
persignándose y encomendándose a todos los santos, tomó un frasco
de sal y se encaminó al lugar de los hechos. Cuando el Lilinbaquet
inició su macabro ritual ¡Bájate carne!, él temblando de pies a cabeza
y santiguándose repetidas veces esperó hasta que toda la carne
quedó en el suelo y el esqueleto inició su recorrido por la población:
¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet! Armándose de valor, tomó
el frasco de sal y lo vació sobre la carne que al sentir su contacto
se retorcía como si tuviera vida propia; después corrió a su
casa, se metió a la cama: Fuertes escalofríos lo sacudían.
Al
regresar el esqueleto a recuperar sus partes blandas, ordenó:
¡Súbete carne! ¡Súbete carne!, pero ésta quemada por la sal,
no obedeció a su mandato; el esqueleto desesperado huyó lejos, antes
que la luz del día lo sorprendiera.
Todos
los habitantes de la población se sorprendieron de no volver a escuchar
aquellos ruidos que tanto los asustaban y como coincidencia la Tomasa,
damita de la población, desapareció misteriosamente. Comentaban que
tal vez se había ido con algún hombre, ya que era muy coqueta...
A Don Eulalio le agarraron fuertes calenturas, y nadie dio con
la causa de su mal, hasta que falleció, los pobladores dijeron
que probablemente lo había asustado el Lilinbaquet.
El
abuelo concluyó su relato bostezando.
La
noche había enfriado y los niños más apretados unos contra otros
guardaban hermético silencio; de pronto, los perros comenzaron
a emitir fuertes ladridos y un vientecillo helado los envolvió; escuchándose
ruidos extraños en el bosquecito cercano:
¡Clan-quet!
¡Clan-quet! ¡Clan-quet!... |