Narrativa

El Lilinbaquet / Cordelia Vázquez*

 

¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet!

La voz cascada del abuelo trataba de imitar extraños ruidos que semejaban huesos chocando en una lenta marcha. Los niños con sus caritas asustadas y los ojos muy abiertos, apretujándose unos contra los otros, escuchaban con atención al abuelo, quien continuaba su relato: Pues bien, desde el barrio de Chulhá donde comienza el río, hasta el campo de aviación, se escuchaban estos ruidos: Dicen que noche a noche, pasando las doce, ya no se encontraba ni una persona por la calle, temerosos de encontrar al espanto al que llamaban Lilinbaquet, quien atravesaba el pueblo, hasta perderse en sus orillas y en la negrura de la noche.

¿Por qué ya no se escucha ahora, abuelo?

Cuentan que una noche, Don Eulalio decidió descubrir la causa de los extraños ruidos y así caminó hasta el comienzo del río y vio llegar a cierta dama del pueblo, quien bajo un árbol inició una macabra ceremonia.

-Bájate carne. Y la carne bajaba de su cabeza.

-Bájate carne. Y la carne bajaba de su tronco y brazos.

-Bájate carne. Y la carne bajaba de sus piernas dejando un horrible esqueleto que iniciaba su lenta marcha por el pueblo, ¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet!...

Al sentir un fuerte rayo de sol sobre su rostro, nuestro valiente amigo despertó sobresaltado, dándose cuenta que se había desmayado del susto; varias noches estuvo cavilando hasta que una de ellas, persignándose y encomendándose a todos los santos, tomó un frasco de sal y se encaminó al lugar de los hechos. Cuando el Lilinbaquet inició su macabro ritual ¡Bájate carne!, él temblando de pies a cabeza y santiguándose repetidas veces esperó hasta que toda la carne quedó en el suelo y el esqueleto inició su recorrido por la población: ¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet! Armándose de valor, tomó el frasco de sal y lo vació sobre la carne que al sentir su contacto se retorcía como si tuviera vida propia; después corrió a su casa, se metió a la cama: Fuertes escalofríos lo sacudían.

Al regresar el esqueleto a recuperar sus partes blandas, ordenó: ¡Súbete carne! ¡Súbete carne!, pero ésta quemada por la sal, no obedeció a su mandato; el esqueleto desesperado huyó lejos, antes que la luz del día lo sorprendiera.

Todos los habitantes de la población se sorprendieron de no volver a escuchar aquellos ruidos que tanto los asustaban y como coincidencia la Tomasa, damita de la población, desapareció misteriosamente. Comentaban que tal vez se había ido con algún hombre, ya que era muy coqueta... A Don Eulalio le agarraron fuertes calenturas, y nadie dio con la causa de su mal, hasta que falleció, los pobladores dijeron que probablemente lo había asustado el Lilinbaquet.

El abuelo concluyó su relato bostezando.

La noche había enfriado y los niños más apretados unos contra otros guardaban hermético silencio; de pronto, los perros comenzaron a emitir fuertes ladridos y un vientecillo helado los envolvió; escuchándose ruidos extraños en el bosquecito cercano:

¡Clan-quet! ¡Clan-quet! ¡Clan-quet!...

 
* Escritora nacida en Yajalón, Chiapas. / Fuente: Akabal-Nhá (Casa de la noche). Cordelia Vázquez. Colegio de Bachilleres. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1997. 34 pp.