IV
El
cuerpo se acostumbra a sus llagas.
Ni el oro de la arena
ni la sal
lo hacen volverse.
La tela ya no cubre estos pellejos,
se han marchado las moscas;
sólo el mar pudo regalar ciudades a sus ojos.
Si
sube la marea,
si sube a horcajadas,
con los ojos abiertos
gozará la plenitud del ahogado.
V
A
la luz de una vela
naces en una caja de cerillos.
Nunca saliste de viaje;
atado a tu cama,
sueñas con países diminutos
y tú mismo empequeñeces
para navegar por tu caligrafía.
Tu
cuaderno de viajes
se llena con notas
que van del asombro
a otras islas
donde naufraga tu brazo entumecido.
Gulliver,
para qué abriste los ojos;
tus remordimientos
no te dejan izar velas:
no asesinaste a tu hermano,
están llenos los cofres de tu casa;
para morder el mendrugo
al que tus pasiones se humillan
el deseo soltó soltó sus bestezuelas;
bestia también tú,
el rey de los dedales monta tu albedrío.
|