C u e n t o

Don Diablo / Nidia Esther Rosado*

 
 

Don Diablo andaba suelto. No tenía nada especial. Ningún trabajo extra. Era su día libre y quería pasarlo de la mejor manera. Se atuzó el bigote y se pasó la mano por la frente para ver si no le habían crecido los cuernos.

Se lanzó a la tierra y fue a caer en una granja. Don Diablo se asomó por la ventana para ver el interior de la casa. Luego se filtró por la pared y se detuvo a espaldas del niño que leía junto a la chimenea. Al instante, éste abandonó la lectura y se dirigió a la despensa. Forzó la cerradura y sacó un pedazo de pan. Para comerlo se escondió, pero tan bien, que ni don Diablo pudo encontrarlo y molesto se alejó del lugar.

El padre del muchacho terminaba la ordeña cuando don Diablo llegó al establo. Era un hombre honrado pero en aquel momento sintió del deseo de completar con agua la poca leche que le dieron las vacas. Don Diablo tomó nota y siguió su gira de buena voluntad.

¡PAF! ¡Apareció en el corral! La mujer del granjero recogía los huevos. Sus gallinas eran blancas y muchos compraban huevos para empollar. Con una mueca de picardía, se desprendió el alfiler que llevaba al cuello y uno por uno fue pinchando los huevos. Estaba segura de que así no darían pollos.

Don Diablo se dirigió a las caballerizas. Los animales se alebrestaron, relincharon y nada más. Al fin y al cabo eran caballos.

Decidió dar una vuelta por el mercado y llegó a la hora de los impuestos. Su presencia contribuyó a que todos pagaran el doble.

El inspector de carnes olvidó sus escrúpulos y por debajo de la mesa recibió el dinero que el abastecedor le dio. La carne descompuesta pasó desapercibida.

El tendero deslizó una patata podrida entre la compra de un vecino. Otro le había pagado ya con una moneda falsa.

Don Diablo se metió al expendio de café. En el tostadero los hombres removían las semillas. Se aproximó para verlas mejor. Le parecieron demasiado redondas. Se colocó los anteojos y al verlas nuevamente exclamó:

-¡Diantre! ¡Garbanzos de la peor calidad!

Estaba decepcionado. Los hombres ya no necesitaban de él. Se alejó taciturno y al ver una escuela se dijo para consolarse:

-Ahí están, Satanás, leña verde arde mejor.

Entró al salón de clases en el momento en que la maestra le daba a un chico, un fuerte tirón de orejas. Don Diablo se agarró la suya porque sintió el dolor.

-¡Diablo de maestra! -exclamó.

Pero la venganza estaba planeada. Cuando la pobre mujer trató de sentarse, dio un salto y un refunfuño sobándose las posaderas.

Don Diablo se alejó de la escuela riendo a carcajadas. Más adelante se encontró en el interior de una botica. Siguió paso a paso al boticario que preparaba una fórmula. Le vio echar agua y jarabe simple en el recipiente, menear la mezcla, pagar la etiqueta y entregar la botella al cliente.

Don Diablo comenzaba a fastidiarse cuando divisó una iglesia. Se coló por la sacristía y encontró a su amigo Sérvulo. ¡Siempre tan cumplidor! Tocando las campanas, encendiendo y apagando cirios, recogiendo la limosna durante la misa. Ahora mismo venía con el cepillo repleto. Don Diablo sonrió satisfecho.

-Sérvulo -dijo con voz tentadora- no seas tímido, toma lo que te pertenece que bien lo has ganado.

Dócilmente extrajo Sérvulo la mitad del dinero y lo echó en su bolsillo.

-Apaga las velas, Sérvulo, ya todos los fieles se han ido y nadie te verá. Puedes fundirlas y hacer otras para la venta de mañana.

En la casa cural, don Policarpo discutía con su conciencia. Iba y venía a lo largo de su cuarto rozando los muebles con su sotana. Estaba indeciso. Hablar con una mujer era una tentación y el señor cura temía a los infiernos. Eduviges era joven y jamás la hubiera aceptado a su servicio a no ser porque la vieja Petra había caído enferma pero su presencia en la casa lo hacía sentirse inquieto.

Don Diablo pensó que la ocasión había llegado. Empujó al cura hacia el ropero, lo hizo sacar la botella que allí guardaba y protegido por la puerta del estante, don Policarpo empinó el codo.

-¡Valor, Policarpo! -se dijo a sí mismo el párroco y entrando a la cocina de puntillas, dijo al oído de la muchacha que se encontraba de espaldas:

-Eduviges, por favor, sírveme el desayuno que son las doce y tengo un hambre atroz.

Don Diablo se tiró de los cuernos exclamando:

¡Cura del diablo! Estuve a punto de creer que...

Don Policarpo hizo la señal de la cruz y don Diablo salió disparado.

 
 

* Escritora de Yucatán, México. / Fuente: Cuando la feria acabe. Nidia Eshter Rosado. Prólogo de Ermilo Abreu Gómez. Mérida, Yucatán, 1984. 72 pp.