Don
Diablo andaba suelto. No tenía nada especial. Ningún
trabajo extra. Era su día libre y quería pasarlo de la
mejor manera. Se atuzó el bigote y se pasó la mano por
la frente para ver si no le habían crecido los cuernos.
Se
lanzó a la tierra y fue a caer en una granja. Don Diablo
se asomó por la ventana para ver el interior de la casa.
Luego se filtró por la pared y se detuvo a espaldas del
niño que leía junto a la chimenea. Al instante, éste
abandonó la lectura y se dirigió a la despensa. Forzó
la cerradura y sacó un pedazo de pan. Para comerlo se
escondió, pero tan bien, que ni don Diablo pudo encontrarlo
y molesto se alejó del lugar.
El
padre del muchacho terminaba la ordeña cuando don Diablo
llegó al establo. Era un hombre honrado pero en aquel
momento sintió del deseo de completar con agua la poca
leche que le dieron las vacas. Don Diablo tomó nota y
siguió su gira de buena voluntad.
¡PAF!
¡Apareció en el corral! La mujer del granjero recogía
los huevos. Sus gallinas eran blancas y muchos compraban
huevos para empollar. Con una mueca de picardía, se desprendió
el alfiler que llevaba al cuello y uno por uno fue pinchando
los huevos. Estaba segura de que así no darían pollos.
Don
Diablo se dirigió a las caballerizas. Los animales se
alebrestaron, relincharon y nada más. Al fin y al cabo
eran caballos.
Decidió
dar una vuelta por el mercado y llegó a la hora de los
impuestos. Su presencia contribuyó a que todos pagaran
el doble.
El
inspector de carnes olvidó sus escrúpulos y por debajo
de la mesa recibió el dinero que el abastecedor le dio.
La carne descompuesta pasó desapercibida.
El
tendero deslizó una patata podrida entre la compra de
un vecino. Otro le había pagado ya con una moneda falsa.
Don
Diablo se metió al expendio de café. En el tostadero
los hombres removían las semillas. Se aproximó para verlas
mejor. Le parecieron demasiado redondas. Se colocó los
anteojos y al verlas nuevamente exclamó:
-¡Diantre!
¡Garbanzos de la peor calidad!
Estaba
decepcionado. Los hombres ya no necesitaban de él.
Se alejó taciturno y al ver una escuela se dijo para
consolarse:
-Ahí
están, Satanás, leña verde arde mejor.
Entró
al salón de clases en el momento en que la maestra le
daba a un chico, un fuerte tirón de orejas. Don Diablo
se agarró la suya porque sintió el dolor.
-¡Diablo
de maestra! -exclamó.
Pero
la venganza estaba planeada. Cuando la pobre mujer trató
de sentarse, dio un salto y un refunfuño sobándose las
posaderas.
Don
Diablo se alejó de la escuela riendo a carcajadas. Más
adelante se encontró en el interior de una botica. Siguió
paso a paso al boticario que preparaba una fórmula. Le
vio echar agua y jarabe simple en el recipiente, menear
la mezcla, pagar la etiqueta y entregar la botella al
cliente.
Don
Diablo comenzaba a fastidiarse cuando divisó una iglesia.
Se coló por la sacristía y encontró a su amigo Sérvulo.
¡Siempre tan cumplidor! Tocando las campanas, encendiendo
y apagando cirios, recogiendo la limosna durante la misa.
Ahora mismo venía con el cepillo repleto. Don Diablo
sonrió satisfecho.
-Sérvulo
-dijo con voz tentadora- no seas tímido, toma lo que
te pertenece que bien lo has ganado.
Dócilmente
extrajo Sérvulo la mitad del dinero y lo echó en su bolsillo.
-Apaga
las velas, Sérvulo, ya todos los fieles se han ido y
nadie te verá. Puedes fundirlas y hacer otras para la
venta de mañana.
En
la casa cural, don Policarpo discutía con su conciencia.
Iba y venía a lo largo de su cuarto rozando los muebles
con su sotana. Estaba indeciso. Hablar con una mujer
era una tentación y el señor cura temía a los infiernos.
Eduviges era joven y jamás la hubiera aceptado a su servicio
a no ser porque la vieja Petra había caído enferma pero
su presencia en la casa lo hacía sentirse inquieto.
Don
Diablo pensó que la ocasión había llegado. Empujó al
cura hacia el ropero, lo hizo sacar la botella que allí
guardaba y protegido por la puerta del estante, don Policarpo
empinó el codo.
-¡Valor,
Policarpo! -se dijo a sí mismo el párroco
y entrando a la cocina de puntillas, dijo al oído de
la muchacha que se encontraba de espaldas:
-Eduviges,
por favor, sírveme el desayuno que son las doce y tengo
un hambre atroz.
Don
Diablo se tiró de los cuernos exclamando:
¡Cura
del diablo! Estuve a punto de creer que...
Don
Policarpo hizo la señal de la cruz y don Diablo salió
disparado.
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