C u e n t o

Carenzo / Manuel Gantús Castro*

 
 

Como todos los días el viejo Carenzo se encontraba en la tienda de las Cobos (denominada así popularmente, por ser el apellido de sus dueñas), situada en la esquina de la calle 57 con la 14. Ahí le servían su chocolate con agua y ahí diariamente acompañándose de una camelia, cenaba el anciano Carenzo. Se trataba de un hombre mayor de los 70 años, de tez blanca, con un rostro que aún guardaba los recuerdos de la belleza. La frente amplia la surcaban arrugas tan profundas que sugerían las huellas de un arado, el pelo cano por completo, otrora rubio cual rayos de sol, escasamente repartido en su amplia cabeza. Cejas espesas que guardaban los ojos más azules que haya conocido y que despedían una ternura inigualable. Vestía siempre traje de dril, costumbre antigua de nuestra tierra, sucio y raído; se apoyaba para caminar en un pequeño bastón rústico de madera y era su costumbre pedir cigarrillos y dinero utilizando el denominativo de "pariente" a quien tuviera enfrente. El grupo de chiquillos lo rodeábamos y él siempre paciente soportaba estoico nuestras burlas y bromas, como sabiendo y comprendiendo que la crueldad del niño no es nada más que ignorancia de la vida. Todos continuábamos molestándolo hasta que al fín perdiendo la paciencia, la emprendía contra el grupo amenazándonos con su bastón pero sin llegar jamás a dañarnos. Corríamos todos y le gritábamos al unísono: "Carenzo, Carenzo, viejo loco come caca" lo que repetíamos en una cantinela obsesiva. El nos contestaba gritando también:

-La caca la come tu abuela.

Todo terminaba cuando alguna de las vecinas salía a regañarnos para que dejáramos en paz al viejo.

Nadie sabía a ciencia cierta de dónde provenía este anciano. Existían cuentos de todos los tipos sobre su incierto origen. Unos decían que era español, otros más que "guach" (calificativo a los del D.F.) y algunos otros que italiano; en fin, que nadie sabía la verdad. Contaba que había vivido en Cuba por algún tiempo y para demostrarlo bailaba la mejor rumba del mundo. Entre las ocupaciones que desempeñó, según relataba, estaba la de platero (porque lavaba platos).

Poco a poco fue haciéndose una fama de loco, especialmente porque contaba que en la bolsa de su viejo saco llevaba puños de estrellas y cuando se molestaba, amenazaba a la gente con seguir robándoselas de la noche hasta que no quedara ninguna.

Así era este anciano, a nadie mal le hacía y continuaba su sueño de tener estrellas en la bolsa. Su edad no era conocida. Recuerdo que en mi infancia él ya era un anciano de paso difícil, pero aún con una lucidez mental que asombraba. Cuando no le gritábamos y molestábamos, nos llamaba para contarnos aventuras -reales según decía- de todos los tipos, las que nos hacían soñar y muchas veces no dormir por miedo a los espantos y aparecidos de piratas en la puerta de tierra (situada muy cerca de nuestra calle) que agarraban a los niños que se aventuraban ahí por las noches y que desaparecían para siempre.

No faltaba una noche y no faltaba tampoco nuestra gritería para molestarlo (aunque ahora creo que él gozaba con nuestras maldades) y al final todo terminara como hacía años; con la amenaza de robar otra estrella de nuestra noche en la vieja bolsa de su viejo saco de dril.

Recuerdo como si fuera ayer, cuando lo hallamos muerto en los escalones de la tienda. Al principio pensamos que se trataba de otra de sus bromas, pero al ver que no respondía, corrimos gritando a los vecinos que algo pasaba. Pronto supimos que el viejo Carenzo había muerto.

Es noche en la cuadra de la calle 57 no hubo gritos ni amenazas de robarse otra estrella de la noche. Esa noche el dulce viejo Carenzo cerró para siempre sus bellísimos ojos azules y se reunió con sus seres amados. Hasta entonces comprendimos lo mucho que lo llegamos a querer, que como todo en la vida, hasta que lo perdemos podemos aquilatar su real valor.

Y podrán pensar que sólo fue un sueño de niño angustiado, pero esa noche las estrellas de nuestro cielo, siempre tan numerosas, no brillaron. ¡El viejo Carenzo se las había llevado en la vieja bolsa de su viejo saco de dril!

 
 

*Escritor de Campeche, México. / Fuente: El viejo y el niño. Cuentos. Dr. Manuel R. Gantús Castro. Campeche, Camp. 56 pp.