Como
todos los días el viejo Carenzo se encontraba en
la tienda de las Cobos (denominada así popularmente,
por ser el apellido de sus dueñas), situada en la
esquina de la calle 57 con la 14. Ahí le servían
su chocolate con agua y ahí diariamente acompañándose
de una camelia, cenaba el anciano Carenzo. Se trataba de
un hombre mayor de los 70 años, de tez blanca, con
un rostro que aún guardaba los recuerdos de la belleza.
La frente amplia la surcaban arrugas tan profundas que sugerían
las huellas de un arado, el pelo cano por completo, otrora
rubio cual rayos de sol, escasamente repartido en su amplia
cabeza. Cejas espesas que guardaban los ojos más
azules que haya conocido y que despedían una ternura
inigualable. Vestía siempre traje de dril, costumbre
antigua de nuestra tierra, sucio y raído; se apoyaba
para caminar en un pequeño bastón rústico
de madera y era su costumbre pedir cigarrillos y dinero
utilizando el denominativo de "pariente" a quien
tuviera enfrente. El grupo de chiquillos lo rodeábamos
y él siempre paciente soportaba estoico nuestras
burlas y bromas, como sabiendo y comprendiendo que la crueldad
del niño no es nada más que ignorancia de
la vida. Todos continuábamos molestándolo
hasta que al fín perdiendo la paciencia, la emprendía
contra el grupo amenazándonos con su bastón
pero sin llegar jamás a dañarnos. Corríamos
todos y le gritábamos al unísono: "Carenzo,
Carenzo, viejo loco come caca" lo que repetíamos
en una cantinela obsesiva. El nos contestaba gritando también:
-La
caca la come tu abuela.
Todo
terminaba cuando alguna de las vecinas salía a regañarnos
para que dejáramos en paz al viejo.
Nadie
sabía a ciencia cierta de dónde provenía
este anciano. Existían cuentos de todos los tipos
sobre su incierto origen. Unos decían que era español,
otros más que "guach" (calificativo a los
del D.F.) y algunos otros que italiano; en fin, que nadie
sabía la verdad. Contaba que había vivido
en Cuba por algún tiempo y para demostrarlo bailaba
la mejor rumba del mundo. Entre las ocupaciones que desempeñó,
según relataba, estaba la de platero (porque lavaba
platos).
Poco
a poco fue haciéndose una fama de loco, especialmente
porque contaba que en la bolsa de su viejo saco llevaba
puños de estrellas y cuando se molestaba, amenazaba
a la gente con seguir robándoselas de la noche hasta
que no quedara ninguna.
Así
era este anciano, a nadie mal le hacía y continuaba
su sueño de tener estrellas en la bolsa. Su edad
no era conocida. Recuerdo que en mi infancia él ya
era un anciano de paso difícil, pero aún con
una lucidez mental que asombraba. Cuando no le gritábamos
y molestábamos, nos llamaba para contarnos aventuras
-reales según decía- de todos los tipos, las
que nos hacían soñar y muchas veces no dormir
por miedo a los espantos y aparecidos de piratas en la puerta
de tierra (situada muy cerca de nuestra calle) que agarraban
a los niños que se aventuraban ahí por las
noches y que desaparecían para siempre.
No
faltaba una noche y no faltaba tampoco nuestra gritería
para molestarlo (aunque ahora creo que él gozaba
con nuestras maldades) y al final todo terminara como hacía
años; con la amenaza de robar otra estrella de nuestra
noche en la vieja bolsa de su viejo saco de dril.
Recuerdo
como si fuera ayer, cuando lo hallamos muerto en los escalones
de la tienda. Al principio pensamos que se trataba de otra
de sus bromas, pero al ver que no respondía, corrimos
gritando a los vecinos que algo pasaba. Pronto supimos que
el viejo Carenzo había muerto.
Es
noche en la cuadra de la calle 57 no hubo gritos ni amenazas
de robarse otra estrella de la noche. Esa noche el dulce
viejo Carenzo cerró para siempre sus bellísimos
ojos azules y se reunió con sus seres amados. Hasta
entonces comprendimos lo mucho que lo llegamos a querer,
que como todo en la vida, hasta que lo perdemos podemos
aquilatar su real valor.
Y
podrán pensar que sólo fue un sueño
de niño angustiado, pero esa noche las estrellas
de nuestro cielo, siempre tan numerosas, no brillaron. ¡El
viejo Carenzo se las había llevado en la vieja bolsa
de su viejo saco de dril!
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