Qué
placer otorga la palabra muelle,
su humedad,
su neblina de pájaros igual que jóvenes marinos
que desnudan de silencios al aire.
Su textura de madera cubierta de salitre
y el parloteo de capitana furiosa capaz de virar el rumbo
de los hombres con un timonazo.
El bullicio de viajantes que enterraron a Circe
en la memoria de los lugares comunes.
Aquellos
muchachos
que se enredan entre sí como serpientes hermafroditas,
aprovechan la complicidad
de playas donde el agua es recámara con pabellones
de hotel antiguo.
Las
niñas hijas de marinos
que ven en su rayuela un avión que se detiene en
10 aeropuertos
antes de estrellarse contra la superficie del océano.
Qué
placer, ante todo,
el sazón a sudor de la palabra muelle,
su aroma de polvo humedecido por una llovizna,
su voz de colmenar agitado y su tacto de brisa
que silba y seduce sin dejar huella.
Por
eso escribo un poco de barcos en la orilla,
una pincelada de neblina que disimule el descenso
de cuerpos ansiosos por tocar suelo firme
después de tanto tiempo en altamar.
Dibujo
siluetas de mujeres y niños, de hombres
y tantos personajes que inventarán su propia historia.
Soplo
al interior de este discurso
para que tome la forma del deseo que lo invoque.
Abro
una ventana, cierro el cuaderno y apago la luz
para que esta madrugada siga su travesía.