VIII
No me considero hombre
ya que me bautizaron
con el nombre de «leopardo»
con minúscula.
No
es mi arreogancia
como la del cuchillo orgulloso de su punta.
De ella sé que, a veces,
me lleva al borde de abismos insondables
donde el arpa eternamente polvorienta
espera los dedos que la hagan vibrar.
Recibo
cada día,
como mensaje de la vida,
la nieve goteando en rocío
sobre mi cristal ya casi opaco.
Mi
piel manchada
es la imagen de mi ser,
aunque no soy dama que se ensortije
para deslumbrar al que admira
sin desentrañar.
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