C u e n t o

"Doblaje" / Adalberto Muñoz Ávila

 
 

Avanzó con paso más o menos lento, por el angosto pasillo a cuyos lados las puertas de los departamentos permanecían inmóviles, como impertéritos y aplastados guardianes. Aquello era como caminar por las entrañas de un monstruo en reposo; tal cosa parecía la inmensa mole del soberbio edificio, que entre los otros muchos de la gran ciudad se distinguía por la simplicidad de su arquitectura.

La puerta de su departamento lo detuvo, se enfrentó a ella, introdujo la llave en el cerrojo, y la hizo a un lado, sin soberbia, diríase que casi ignorando que un segundo antes se le había interpuesto al frente. Dos pasos breves hacia adelante, y luego, sin voltear, la lanzó hacia atrás con inconsciente desprecio. La estancia quedó cerrada nuevamente. Después, aún de pie, hizo una breve pausa para descansar de la pequeña fatiga que le había causado el caminar de la puerta del elevador hasta ahí. Pero en vez de reconfortarse, sintió que a partir de ese momento el cansancio se hacía más denso. Así llegó hasta la cama. Y una vez ya vestido con la ropa de dormir, se dispuso a ello. Más antes de tenderse en el lecho, decidió sentarse a reposar un rato. Con los codos sobre los muslos y las palmas de las manos cubriéndose la cara, permaneció meditando.

El ruido de unos pasos de alguein que indudablemente se acercaba, se percibió con claridad. Los pasos cesaron. Sonó la cerradura. La puerta se abrió. Roberto, aún sentado a la orilla del lecho, levantó la cara, estupefacto. Sólo él poseía las llaves de su departamento. Miró al individuo, aún presa del estupor, reflexionó un instante; no, no le cupo duda alguna: las facciones, la estatura, sus movimientos, inclusive la ropa que vestía el recién llegado, todo era idéntico, era él. Era como su gemelo perfecto.

El segundo huésped, ignorando llanamente la presencia del primero, repitió los mismos movimientos que momentos antes éste había ejecutado. Pero aún fué más lejos: luego de sentarse por unos momentos a la orilla de la cama, se tendió en el lecho, atropellando casi a quien víctima de la más aguda crisis de incertidumbre y mutismo, permanecía aún inmóvil, perplejo.

Cuando Roberto al fin reaccionó y decidido quiso enfrentarse al recién llegado para poner en claro aquella situación, volvió a encontrarse nuevamente sólo en su departamento. No había explicación.

Más es el caso que aquello se repitió innumerables ocasiones; hasta que un día, momentos antes de morir Roberto, vio que aquel extraño personaje yacía ante él, ya sin vida.

 
 

Fuente: Escritores campechanos contemporáneos. Cuentos. Vol. 1. Publicaciones del Gobierno del Estado. Campeche, Camp., 1978. 100 p.