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Avanzó
con paso más o menos lento, por el angosto pasillo
a cuyos lados las puertas de los departamentos permanecían
inmóviles, como impertéritos y aplastados
guardianes. Aquello era como caminar por las entrañas
de un monstruo en reposo; tal cosa parecía la inmensa
mole del soberbio edificio, que entre los otros muchos de
la gran ciudad se distinguía por la simplicidad de
su arquitectura.
La
puerta de su departamento lo detuvo, se enfrentó
a ella, introdujo la llave en el cerrojo, y la hizo a un
lado, sin soberbia, diríase que casi ignorando que
un segundo antes se le había interpuesto al frente.
Dos pasos breves hacia adelante, y luego, sin voltear, la
lanzó hacia atrás con inconsciente desprecio.
La estancia quedó cerrada nuevamente. Después,
aún de pie, hizo una breve pausa para descansar de
la pequeña fatiga que le había causado el
caminar de la puerta del elevador hasta ahí. Pero
en vez de reconfortarse, sintió que a partir de ese
momento el cansancio se hacía más denso. Así
llegó hasta la cama. Y una vez ya vestido con la
ropa de dormir, se dispuso a ello. Más antes de tenderse
en el lecho, decidió sentarse a reposar un rato.
Con los codos sobre los muslos y las palmas de las manos
cubriéndose la cara, permaneció meditando.
El
ruido de unos pasos de alguein que indudablemente se acercaba,
se percibió con claridad. Los pasos cesaron. Sonó
la cerradura. La puerta se abrió. Roberto, aún
sentado a la orilla del lecho, levantó la cara, estupefacto.
Sólo él poseía las llaves de su departamento.
Miró al individuo, aún presa del estupor,
reflexionó un instante; no, no le cupo duda alguna:
las facciones, la estatura, sus movimientos, inclusive la
ropa que vestía el recién llegado, todo era
idéntico, era él. Era como su gemelo perfecto.
El
segundo huésped, ignorando llanamente la presencia
del primero, repitió los mismos movimientos que momentos
antes éste había ejecutado. Pero aún
fué más lejos: luego de sentarse por unos
momentos a la orilla de la cama, se tendió en el
lecho, atropellando casi a quien víctima de la más
aguda crisis de incertidumbre y mutismo, permanecía
aún inmóvil, perplejo.
Cuando
Roberto al fin reaccionó y decidido quiso enfrentarse
al recién llegado para poner en claro aquella situación,
volvió a encontrarse nuevamente sólo en su
departamento. No había explicación.
Más
es el caso que aquello se repitió innumerables ocasiones;
hasta que un día, momentos antes de morir Roberto,
vio que aquel extraño personaje yacía ante
él, ya sin vida.
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